La universidad como motor de movilidad social
Por Jonathan Golergant, rector de la Universidad Tecnológica del Perú (UTP)
En un país marcado por profundas desigualdades, hablar de movilidad social es una necesidad. Para cientos de miles de jóvenes que son la primera generación de su familia en acceder a estudios superiores, la universidad representa la posibilidad concreta de cambiar su historia personal, de iniciar un ciclo de desarrollo en su historia familiar y de contribuir a la mejora de su entorno.
La evidencia es clara. En el Perú, completar estudios universitarios incrementa significativamente las oportunidades de empleo formal, los ingresos a lo largo de la vida y la capacidad de enfrentar contextos económicos adversos. Sin embargo, el acceso a la universidad no garantiza por sí solo ese cambio. La movilidad social ocurre cuando la educación superior combina acceso, calidad y pertinencia.
Durante años se pensó que el principal desafío era ampliar la cobertura. Hoy sabemos que ese es solo el primer paso. El verdadero impacto se produce cuando el estudiante no solo ingresa, sino que permanece, se desarrolla como futuro profesional y ciudadano, se gradúa y logra insertarse en el mercado laboral con herramientas que le permitan crecer. Sin embargo, para que esto ocurra, las instituciones educativas tienen que ser capaces de estar a la altura del desafío.
En la UTP hemos aprendido que muchos de nuestros estudiantes de primera generación no solo estudian, también trabajan para financiar sus estudios o sostener a sus familias. Por lo tanto, enfrentan trayectorias educativas interrumpidas y necesitan más apoyo que los estudiantes tradicionales. Entender esa realidad cambia la manera de gestionar una universidad. Significa, por ejemplo, diseñar horarios flexibles, ofrecer tutorías oportunas y usar la tecnología como aliada para formar comunidades de apoyo y personalizar el aprendizaje. Si la universidad no se rediseña a sí misma para enfrentar los desafíos, trunca la posibilidad de desarrollo de estos estudiantes; en la práctica les cierra la puerta y les grita “no perteneces”, “este lugar no es para ti”.
La movilidad social también se construye cuando la universidad dialoga activamente con el mundo del trabajo. Los estudiantes necesitan ver una relación clara entre lo que aprenden y lo que harán después. Prácticas preprofesionales, proyectos con empresas, docentes con experiencia profesional y carreras alineadas a sectores productivos emergentes son piezas fundamentales. Cuando un estudiante logra su primer empleo formal o cuando descubre que lo aprendido le sirve para seguir creciendo en su trabajo, la universidad cumple una de sus promesas más importantes.
Pero el impacto no se agota en el individuo. Cada egresado que mejora su situación económica genera un efecto multiplicador en su familia y su comunidad. Es muy emocionante ver el orgullo de padres y madres cuando ven a sus hijos culminar una carrera, o de hermanos menores que se animan a seguir el camino que sus hermanos mayores iniciaron. Más aún, eso que sucede a nivel individual, ocurre también en las regiones a las que llega la universidad por primera vez. La movilidad social es un proceso colectivo que se activa desde historias personales pero que transforma comunidades y propicia círculos virtuosos de aprendizaje y desarrollo.
Un ejemplo cotidiano lo vemos en muchos de nuestros campus. No pocos estudiantes llegan con dudas, con inseguridad académica o con la idea de que la universidad no es para ellos. Sin embargo, con el tiempo, gracias al acompañamiento y a una comunidad universitaria que entiende sus necesidades y cree en su potencial, no solo se gradúan, sino que regresan como mentores, docentes o investigadores con proyecto orientados a mejorar sus entornos.
En este contexto, la universidad privada que apuesta por la sostenibilidad de su propuesta cumple un rol clave ya que puede innovar con mayor rapidez, ampliar su escala y llegar a sectores históricamente excluidos, siempre que mantenga el foco en la calidad y en el impacto social. Se trata de medir el éxito por la capacidad de transformar vidas y comunidades para siempre.
Mirando hacia adelante, el desafío es no perder de vista este propósito. La educación superior enfrenta cambios tecnológicos, nuevas formas de aprender y expectativas distintas por parte de los estudiantes. Sin embargo, su razón de ser sigue siendo la misma. Abrir puertas, generar oportunidades y contribuir a un país donde el lugar de nacimiento no determine el destino.
La movilidad social no ocurre por azar. Es el resultado de decisiones institucionales, de políticas educativas coherentes y de universidades comprometidas con su entorno. Cada vez que un estudiante llega a un campus universitario con la expectativa de un futuro mejor, se renueva ese compromiso. Cientos de miles de estudiantes de primera generación depositan su esperanza en la universidad. Su esperanza es la de todos, es la de edificar una sociedad más justa, es la esperanza de poder construir juntos un Perú mejor.

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