El gran sismo llegará: Lima debe ganar tiempo y reducir su vulnerabilidad
Por: Mary Mollo Medina. Profesora de la Maestría en Gestión Pública de ESAN y Secretaria Técnica de la Red RiesGIRD-ACC/Perú/LAC.
Los recientes terremotos ocurridos en Colombia y Venezuela deben servir al Perú no como anuncio de lo que ocurrirá, sino como una advertencia sobre lo que todavía estamos a tiempo de transformar. Un sismo en otro país no “activa” automáticamente un terremoto en el Perú, y la ciencia no puede establecer la fecha y la hora del próximo gran evento. Sin embargo, la experiencia regional vuelve a colocar frente a nosotros una pregunta decisiva: ¿qué Lima encontrará el próximo gran terremoto cuando finalmente ocurra?
La amenaza sísmica del Perú es permanente. Frente a la costa central existe una importante zona de acoplamiento entre las placas de Nazca y Sudamericana y los escenarios oficiales para Lima y Callao consideran la posibilidad de un terremoto de gran magnitud, acompañado además por peligro de tsunami. El desafío, por tanto, no consiste en preguntarnos si podemos impedir el terremoto. No podemos. Lo que sí podemos modificar es la vulnerabilidad que encontrará cuando ocurra.
Un terremoto se convierte en desastre cuando la amenaza encuentra viviendas precarias, infraestructura crítica vulnerable, suelos desfavorables, ocupación de zonas peligrosas, alta densidad urbana, desigualdad social y capacidades institucionales insuficientes. En Lima y Callao estas vulnerabilidades se han acumulado durante décadas. Mientras aumentaba nuestro conocimiento científico del riesgo, la ciudad continuó creciendo sobre laderas, quebradas y suelos inadecuados, y una parte importante de la política pública siguió concentrándose en preparación, respuesta, rehabilitación y reconstrucción.
Por ello necesitamos invertir la lógica. Cada año que transcurre sin el gran terremoto debe convertirse en un año ganado para reducir vulnerabilidad. El tiempo que tenemos antes del próximo gran sismo constituye un recurso estratégico para el país.
Propongo, en ese sentido, impulsar un Programa Lima Resiliente 2035-2040 como política de Estado de transformación urbana y reducción progresiva de la vulnerabilidad sísmica de Lima y Callao. No debería ser solamente un plan de preparación para la emergencia, sino un programa extraordinario, multisectorial y plurianual capaz de intervenir sobre vivienda, suelo, infraestructura, servicios esenciales, movilidad, salud, educación, logística, gobernanza y capacidades institucionales.
El 2035 debe constituir el primer gran horizonte de resultados. Para entonces el Estado debería poder demostrar, mediante indicadores públicos y verificables, cuántas viviendas críticas fueron reforzadas; cuánta población fue reasentada desde zonas de riesgo no mitigable; qué porcentaje de hospitales y establecimientos de salud permanecería operativo después de un gran terremoto; cuántos colegios han alcanzado condiciones adecuadas de seguridad; qué redes de agua, energía y telecomunicaciones cuentan con redundancia; cuánto se han reducido los tiempos de evacuación en las zonas expuestas a tsunami; y cuánto han disminuido la mortalidad y las pérdidas económicas esperadas.
El horizonte 2040 debe ser todavía más ambicioso: una Lima y Callao que hayan dejado de producir sistemáticamente nueva vulnerabilidad. Esto significa disponer de suelo urbano seguro, vivienda social articulada al transporte, planificación territorial vinculante, renovación de barrios precarios recuperables y reasentamiento de la población localizada en zonas de riesgo no mitigable. La secuencia histórica de la informalidad debe invertirse: primero planificar, estudiar el riesgo, habilitar el suelo, instalar servicios y construir; después habitar.
La infraestructura crítica requiere una transformación equivalente. Hospitales, colegios, reservorios, plantas de agua, puentes, subestaciones eléctricas, telecomunicaciones, puerto, aeropuerto y corredores logísticos no deberían evaluarse únicamente preguntando si cumplen la norma. La pregunta estratégica debe ser: ¿seguirán funcionando después de un terremoto de magnitud 8,8? La resiliencia de una metrópoli depende de la continuidad de sus sistemas esenciales.
Esta transformación requiere también organizar el conocimiento científico disponible. El Perú cuenta con instituciones técnico-científicas, universidades, investigadores, especialistas, escenarios de riesgo, microzonificación y normativa sismorresistente. La brecha está en convertir ese conocimiento en decisiones vinculantes, prioridades de inversión y reducción verificable del riesgo.
Por ello, el Programa Lima Resiliente 2035-2040 debería articularse con una Red Nacional de Ciencia para la Reducción del Riesgo Sísmico del Perú. Esta red no tendría que convertirse en una nueva estructura burocrática, sino integrar las capacidades existentes en sismología, geología, geodesia, ingeniería sísmica y estructural, arquitectura, urbanismo, planificación territorial, vivienda, salud pública, economía, ciencias sociales, derecho, gobernanza, logística, comunicaciones y gestión del riesgo de desastres.
Su misión sería ayudar al Estado a producir evidencia integrada, revisar escenarios, identificar vacíos de conocimiento, establecer prioridades de investigación aplicada y evaluar científicamente las políticas y las inversiones destinadas a reducir el riesgo. De esta manera se construiría una ruta institucional clara: ciencia, decisión pública, inversión y reducción medible de la vulnerabilidad.
El éxito del programa no debería medirse principalmente por el número de simulacros realizados ni por el porcentaje de presupuesto ejecutado. Debemos pasar de indicadores de actividad a indicadores de transformación territorial y reducción del riesgo. Cada cinco años el país debería poder responder públicamente una pregunta sencilla: ¿cuánto menos vulnerable es Lima que cinco años atrás?
No sabemos si el gran terremoto ocurrirá mañana, dentro de cinco, diez o más años. Precisamente por ello cada año disponible tiene un enorme valor. Ganarle tiempo al gran sismo significa transformar vulnerabilidad en resiliencia antes de que la naturaleza nos obligue a hacerlo mediante una catástrofe.
El Perú no puede evitar seguir siendo un país sísmico. Pero sí puede decidir cuánto daño permitirá que produzca el próximo gran terremoto. Esa decisión debe comenzar ahora y traducirse en metas visibles al 2035 y al 2040. Para discutir esta agenda te invitamos al Foro Internacional 2026 de GIRD-ACC a realizarse el 2 y 3 de septiembre en el Centro de Convenciones de la Universidad ESAN, te esperamos.

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