Cuando la naturaleza vende destinos y cancela viajes: desafíos para la gestión turística
El turismo siempre ha convivido con los fenómenos naturales. Lo que ha cambiado es la velocidad con la que estos eventos impactan en las decisiones de viaje. Hoy, la noticia de una erupción volcánica, un eclipse o un terremoto pueden recorrer el mundo en cuestión de minutos a través de redes sociales, generando nuevas oportunidades para algunos destinos y problemas para otros.
La reciente erupción del volcán Etna en Italia, el eclipse solar total visible en Europa el 12 de agosto, los terremotos que afectaron a Venezuela y Colombia entre junio y agosto de este año, y la preocupación por un posible episodio intenso de El Niño en Perú muestran una realidad que los gestores turísticos ya no pueden ignorar: la naturaleza puede ser simultáneamente un atractivo turístico y un factor de riesgo.
Para la industria, la pregunta ya no es si ocurrirán estos fenómenos, sino cómo prepararse para responder a ellos.
Cuando la naturaleza genera demanda
- El Etna: el turismo impulsado por la fascinación
Desde los primeros días de agosto de 2026, el volcán Etna, en Sicilia, entró en una nueva fase eruptiva caracterizada por emisiones de lava y cenizas que captaron la atención mundial. Mientras las imágenes del volcán inundaban redes sociales y medios de comunicación, miles de personas comenzaron a desplazarse hacia la zona con el objetivo específico de observar el fenómeno.
Los operadores turísticos especializados en excursiones nocturnas reportaron una demanda extraordinaria. Algunos guías recibieron alrededor de 300 solicitudes diarias, casi tres veces más de lo habitual, mientras que hasta 2000 personas llegaban cada noche a los senderos del volcán para contemplar la colada de lava.
Detrás de esta situación hay una tendencia cada vez más visible: los viajeros ya no buscan únicamente visitar un destino, sino vivir experiencias únicas que luego puedan compartir y recordar.
Sin embargo, la historia no termina ahí. El mismo fenómeno que generó demanda provocó también una importante crisis operativa. Entre el 8 y el 12 de agosto de 2026, las emisiones de ceniza obligaron al cierre temporal o a severas restricciones en el aeropuerto de Catania, provocando cancelaciones masivas, vuelos desviados hacia Palermo, Trapani y Comiso, y miles de pasajeros afectados en plena temporada alta europea.
Para quienes gestionan destinos turísticos, el caso del Etna deja una lección importante: atraer visitantes es solo una parte del desafío. También requiere gestionar la seguridad, la movilidad, la capacidad de carga y la continuidad operacional cuando la demanda aumenta precisamente porque existe una situación excepcional.
- El eclipse total: cuando el cielo se convierte en una experiencia turística
Si el Etna representó la fascinación por la fuerza de la naturaleza, el eclipse solar total del 12 de agosto mostró cómo un fenómeno astronómico puede convertirse en una poderosa plataforma de desarrollo turístico.
Durante meses, miles de viajeros planificaron desplazamientos hacia las zonas europeas con mejores condiciones de observación, especialmente en España. Las reservas hoteleras aumentaron hasta un 260% en algunas localidades ubicadas en las zonas con mejor visibilidad del eclipse y diversas estimaciones calcularon un impacto económico superior a los US$ 410 millones.
Más interesante aún fue el comportamiento del consumidor. El eclipse no solo impulsó la venta de alojamiento y transporte. También generó demanda de lentes certificados para observar el eclipse, excursiones temáticas, visitas guiadas, actividades científicas, eventos culturales y experiencias asociadas al creciente mercado del astroturismo.
El caso de Zaragoza resulta especialmente ilustrativo. Tras el eclipse del 12 de agosto, la ciudad reportó un impacto económico estimado de US$ 15.5 millones en apenas tres días. Las consultas en las oficinas de turismo se multiplicaron por ocho y las autoridades distribuyeron más de 50000 lentes certificados para observar el eclipse de manera segura.
Pero detrás de ese éxito hubo una compleja gestión de servicios: control de aforos, coordinación de la movilidad urbana, seguridad ciudadana, atención sanitaria, limpieza pública, protección civil y comunicación permanente con los visitantes.
La lección es clara. Los fenómenos naturales capaces de atraer grandes flujos turísticos requieren una planificación comparable a la de los grandes eventos deportivos o culturales. La oportunidad económica existe, pero solo puede materializarse cuando existe capacidad de gestión.
Cuando la naturaleza genera incertidumbre
- Los terremotos de Venezuela y Colombia: el peso de la percepción de riesgo
La otra cara de la relación entre turismo y fenómenos naturales quedó en evidencia con los recientes terremotos registrados en Venezuela y Colombia. A diferencia de eventos como el eclipse o la erupción del Etna, que despertaron interés y movilizaron viajeros, estos sismos activaron una reacción completamente distinta: incertidumbre, preocupación y dudas sobre la seguridad de los destinos.
El 24 de junio, Venezuela fue afectada por dos fuertes sismos de magnitudes aproximadas de 7.2 y 7.5 frente a su costa norte. Apenas seis semanas después, el 10 de agosto, Colombia sufrió un terremoto de magnitud 7.4 con epicentro profundo en el occidente del país, generando importantes daños en diversas ciudades e infraestructuras.
Las consecuencias para la industria turística son inmediatas: cancelaciones, modificación de itinerarios, dudas sobre la seguridad de los destinos y preocupación respecto al funcionamiento de aeropuertos, carreteras y servicios básicos. Algunos aeropuertos colombianos suspendieron temporalmente operaciones mientras se realizaban inspecciones estructurales y las aerolíneas activaron políticas especiales para pasajeros afectados.
El testimonio de turistas extranjeros que se encontraban en Colombia durante el sismo resulta particularmente revelador. Muchos evitaron acercarse a edificios, buscaron espacios abiertos y debieron replantear sus desplazamientos ante la incertidumbre sobre la operatividad de aeropuertos y otras infraestructuras críticas.
Desde la gestión de servicios, esto implica que la experiencia turística cambia radicalmente. El visitante deja de comportarse como consumidor de ocio para convertirse en un usuario que busca información confiable, asistencia, transporte alternativo y garantías de seguridad.
Por ello, la recuperación de un destino después de un desastre no depende exclusivamente de la reconstrucción física. También exige reconstruir la confianza.
La comunicación transparente, la actualización constante del estado de las operaciones y la capacidad de transmitir certidumbre se convierten en herramientas tan importantes como la infraestructura misma.
Los terremotos muestran cómo un fenómeno repentino puede alterar inmediatamente las decisiones de viaje. Sin embargo, existen otros eventos cuyos efectos se desarrollan gradualmente y pueden extenderse durante meses. Ese es precisamente el caso de El Niño.
- El Niño y el turismo peruano: un desafío estratégico
Para el Perú, el fenómeno natural con mayores implicancias para el turismo probablemente no sea un terremoto ni una erupción volcánica, sino El Niño.
Durante 2026, diversos análisis y proyecciones han advertido sobre la posibilidad de un episodio de alta intensidad hacia finales de este año e inicios de 2027, con potencial impacto sobre infraestructura, actividades económicas y poblaciones vulnerables.
La experiencia histórica demuestra que los eventos intensos de El Niño pueden provocar interrupciones en carreteras, puentes, aeropuertos y servicios básicos, además de afectar la accesibilidad a diversos destinos turísticos. Los antecedentes de 1982-1983, 1997-1998 y el Niño Costero de 2017 muestran que los daños en infraestructura y conectividad suelen convertirse en uno de los principales desafíos para la actividad económica y el turismo.
Sin embargo, el principal riesgo para el turismo podría no ser físico sino reputacional. En muchos mercados internacionales, la percepción del fenómeno suele ser más amplia que sus efectos reales. Un viajero extranjero puede asumir erróneamente que todo el país se encuentra afectado, incluso cuando las condiciones son normales en gran parte del territorio.
Por ello, la discusión sobre El Niño debería abordarse no solo desde la lógica de la emergencia, sino también desde la gestión estratégica. Los destinos necesitan fortalecer sus sistemas de monitoreo, desarrollar planes de continuidad operativa, mejorar la coordinación público-privada y diseñar estrategias de comunicación capaces de reducir la incertidumbre de los visitantes.
La resiliencia turística ya no es un tema reservado para los planes de contingencia. Hoy forma parte de la propuesta de valor de los destinos. La capacidad de responder, adaptarse y recuperar la confianza de los visitantes se está convirtiendo en una nueva ventaja competitiva.
Los casos del Etna, el eclipse, los terremotos de Colombia y Venezuela, y la amenaza de El Niño muestran que los fenómenos naturales están redefiniendo la manera en que se gestiona el turismo. Algunos generan fascinación y atraen viajeros. Otros provocan temor y reducen la demanda. Pero todos tienen algo en común: ponen a prueba la capacidad de respuesta de los destinos y de las empresas turísticas.
La verdadera ventaja competitiva ya no reside únicamente en los atractivos naturales o culturales que posee un destino. Reside en la capacidad de gestionar la experiencia del visitante en contextos de incertidumbre, coordinar múltiples actores, mantener la continuidad de los servicios y comunicar con eficacia cuando las condiciones cambian.
Porque en el turismo actual la naturaleza seguirá siendo una poderosa fuente de experiencias extraordinarias, pero también de desafíos cada vez más complejos. Y en ese escenario, la diferencia entre un destino resiliente y un destino vulnerable dependerá menos del fenómeno natural y más de la calidad de su gestión.

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