Perú y la cereza: ¿podrá el agro peruano entrar al negocio del “oro rojo”?
Por: Sandor Lukacs de Pereny, Ph.D. Profesor de ESAN Graduate School of Business
Durante la última década, el agro peruano ha evaluado sigilosamente una posibilidad que hasta hace poco parecía improbable: producir cerezas con potencial comercial. Ensayos agronómicos realizados en regiones altoandinas como Arequipa, Junín, Ayacucho, Huancayo, Cajamarca y Huaraz han permitido identificar variedades con menores requerimientos de horas de frío, mayor tolerancia a variaciones térmicas y fruta con calibre y firmeza compatibles con los estándares internacionales. En esta nota, echaremos un vistazo a los esfuerzos que se vienen realizando con la cereza. ¿Acaso seguirá los pasos de los arándanos?
El Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego (Midagri), junto con el INIA, Senasa y empresas agroexportadoras, estiman que el año 2026 marcaría el punto de inflexión, cuando podrían obtenerse las primeras cosechas con valor comercial. No obstante, la consolidación de una industria exportadora requeriría entre 7 y 10 años, dado el carácter altamente técnico y delicado del cultivo.
Ocurre que, a diferencia del arándano que permitió al Perú superar los US$ 1,880 millones anuales en exportaciones gracias a variedades adaptadas a climas cálidos, la cereza exige frío sostenido (entre 800 y 1,500 horas bajo 7 °C) y luego un periodo de calor definido para lograr color, dulzor y firmeza. Esta limitación explica por qué el cultivo no es viable en la costa peruana y concentra su potencial en valles interandinos de altura.
En ese contexto, y para monitorear el avance real del proyecto, los especialistas plantean indicadores clave: i) hectáreas experimentales instaladas, ii) rendimiento por hectárea, iii) porcentaje de variedades liberadas tras cuarentena fitosanitaria y iv) tiempo promedio de entrada en producción. Sin estos indicadores, advierten, el riesgo de sobredimensionar expectativas es alto.
China y Chancay: una ventana como oportunidad logística inédita
Es particularmente relevante indicar que el atractivo de la cereza está directamente ligado a China, que es el mayor importador mundial. Por ejemplo, solo en 2023, ese mercado movilizó cerca de US$ 3,000 millones, impulsado por la fuerte carga cultural de la fruta durante el Año Nuevo Lunar. Chile domina actualmente más del 90% de ese mercado, con exportaciones que entre enero y octubre de 2025 alcanzaron 463,565 toneladas por US$ 1,846 millones.
Sin embargo, el escenario global empieza a mostrar fisuras. Problemas climáticos en Turquía, Estados Unidos y Europa llevarían a una caída superior al 10% en la producción mundial para la campaña 2025/26, según el USDA. Ese escenario abre una ventana para nuevos proveedores, siempre que puedan ofrecer calidad y precisión logística.
Aquí aparece uno de los factores más relevantes para el Perú: el megapuerto de Chancay. Con su entrada en operación, el tiempo de tránsito marítimo hacia Asia podría reducirse de 33 a 40 días a solo 21 a 23 días, una diferencia crítica para una fruta altamente perecible. Esta ventaja permitiría al Perú apuntar a la llamada “ventana temprana” (septiembre e inicios de octubre), antes del ingreso masivo de fruta chilena.
En ese periodo, los precios en China pueden oscilar entre US$ 80 y US$ 120 por kilo, frente a los US$ 10 a 12 habituales en plena temporada. No obstante, competir en esa ventana exige precisión extrema. Los indicadores clave incluyen tiempo total de tránsito, porcentaje de fruta premium a destino, fecha promedio de cosecha, costo logístico por kilo y velocidad de apertura de protocolos fitosanitarios con China.
De consolidarse esta estrategia, asociaciones como AGAP estiman que la cereza podría igualar o incluso superar, entre 2028 y 2035, los ingresos que hoy genera el arándano peruano.
Impacto territorial, salud y sostenibilidad
Más allá del mercado internacional, la cereza podría convertirse en un motor de desarrollo rural en zonas altoandinas, donde las alternativas productivas son limitadas. La instalación de huertos demandaría empleo formal, riego tecnificado, infraestructura de frío, caminos rurales y formación técnica especializada, integrando a pequeños productores a cadenas de alto valor.
El impacto puede medirse a través de indicadores como empleos directos generados por región, hectáreas bajo riego tecnificado y porcentaje de pequeños agricultores integrados a la cadena exportadora. En un contexto donde la agricultura familiar sigue concentrando pobreza rural, este enfoque resulta especialmente relevante.
En paralelo, diversos estudios internacionales destacan los beneficios de la cereza para la salud: reducción de marcadores de inflamación, mejora de la presión arterial y alto contenido de antioxidantes como antocianinas, quercetina y melatonina.
Por otro lado, en un país con creciente prevalencia de obesidad e hipertensión, el cultivo también abre oportunidades para políticas de alimentación saludable, medibles mediante consumo per cápita, acceso a frutas ricas en antioxidantes e incidencia de enfermedades metabólicas.
Finalmente, el desafío de fondo será la sostenibilidad. El Perú tiene la ventaja de empezar desde cero, incorporando buenas prácticas desde el inicio. Indicadores como huella hídrica por kilo producido, áreas certificadas ambientalmente y uso de agroquímicos por hectárea serán determinantes para que la cereza peruana no solo sea competitiva, sino responsable.
La cereza del pastel (pero de largo aliento)
La cereza no será el próximo arándano en términos de velocidad ni volumen. Todo indica que será un cultivo de nicho, altamente técnico y selectivo, pero con retornos potencialmente elevados. La pregunta estratégica ya no es si el Perú puede producir cerezas, sino qué tipo de cereza quiere producir, en qué territorios y con qué nivel de exigencia.
Si el país logra articular investigación científica, logística moderna, desarrollo territorial y sostenibilidad, la cereza podría convertirse entre 2026 y 2035 en uno de los proyectos más sofisticados y estratégicos de la agricultura peruana moderna.

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