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Lecciones del Silicon Wadi: la actitud startup


Hablemos de cuál es nuestra actitud ante el fracaso, frente al volver a empezar y creer que las cosas pueden reinventarse, aunque nadie esté dispuesto a apostar por nuestras ideas, señala el socio en el Estudio Muñiz, Daniel Jesús Palomino Seguín.
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Daniel Jesús Palomino Seguín
Socio en Estudio Muñiz


Hace unos días trascendió que el Perú había retrocedido tres ubicaciones en el Ránking Global de Competitividad 2018-2019 del Foro Económico Mundial, situándose en el puesto 63 de 140 economías.


A diferencia de reportes anteriores, en esta edición se integra la noción de la Cuarta Revolución Industrial en la definición de competitividad y se resalta la importancia de fomentar la innovación, no solo por ser motor de la productividad y creación de valor, sino por representar, para muchos países de bajos ingresos, a aquel vehículo distinto de la industrialización para alcanzar el desarrollo.


En esa línea, el informe arroja nuevas luces sobre los factores que impulsan la innovación, destacando como uno de ellos la actitud hacia el riesgo empresarial, factor en el que el Perú ocupa el puesto 66/140; e Israel, el país con mayor número de startups per cápita en el mundo, en el primer lugar.


Lo revelador de este último dato es la relación directa entre un factor tan intangible como la actitud frente al riesgo empresarial y el grado de emprendimiento de un país.


Leo con frecuencia artículos y opiniones acerca de la necesidad de adoptar medidas de diversa índole para crear un ecosistema emprendedor en el Perú que propicie el desarrollo de startups que aspiren a ser, algún día, el próximo Facebook, Airbnb o Uber.


Sin embargo, el análisis conductual no parece gozar de la misma relevancia en esta ecuación cuando, en realidad, es la actitud la variable que determina el carácter exponencial del resultado en este campo.


Hace casi un año, visité las oficinas de Weissbeerger, una startup israelí con sede en Tel Aviv que había desarrollado Beverage Analytics, una singular plataforma que, a través de un dispositivo instalado en los dispensadores de cerveza de diferentes bares y restaurantes, era capaz de monitorear y analizar las preferencias de sus consumidores.


Aplicando el internet de las cosas, Beverage Analytics reportaba información sobre la ubicación, volumen, calidad y horarios de consumo de la bebida dorada, lo cual significaba para sus usuarios tener una aproximación más exacta a los hábitos de consumo de sus clientes, ajustar el abastecimiento del producto para evitar pérdidas y comparar el performance de sus negocios en relación con los de sus competidores.


La idea era magnífica, pero para hacerla realidad debía convencerse a los propietarios acerca de los beneficios de la instalación de Beverage Analytics en sus establecimientos comerciales; y, por tanto, superar la gran barrera de la desconfianza y celo respecto de la información comercial a ser recolectada.


Sin suministro de información, no habría plataforma que ofrecer al mercado. ¿Por qué entonces apostar por un proyecto cuyo punto de partida era, per se, incierto?


Entre las opiniones y comentarios que iban y venían durante la reunión, surgió entonces la expresión: “¿láma lo?”. Tres meses más tarde, Anheuser-Busch InBev anunciaba la adquisición de Weissbeerger Turning drinks into data en $80 millones.


En hebreo, “¿láma lo?” significa ¿por qué no? Esta es, sin temor a equivocarme, una de las expresiones que mejor definen el carácter y la actitud del emprendedor israelí y una de las que más se escuchan en los diferentes ámbitos de la vida social en el Estado judío.


Ese constante cuestionamiento del statu quo, alimentado por el sentimiento de insatisfacción y la necesidad de pensar globalmente ante las distintas limitaciones de carácter geográfico, político y de recursos naturales en el país, es el motor de la innovación y el emprendimiento en Israel.


¿Y cuál es la expresión que mejor define la actitud frente al riesgo empresarial en el Perú? No nos refiramos a la brecha de infraestructura, la debilidad de nuestras instituciones, el tamaño del mercado, entre otros factores externos que condicionan nuestra competitividad como país y sobre los cuales, evidentemente, tenemos un margen de acción bastante reducido.


Hablemos de cuál es nuestra actitud ante el fracaso, frente al volver a empezar y creer que las cosas pueden reinventarse, aunque nadie esté dispuesto a apostar por nuestras ideas.


En una conferencia en la que conocí a Saul Singer, coautor de “Start-Up Nation, The Story of Israel´s Economic Miracle” y se discutía cuál sería “The Next Big Reinvention”, Singer anotó que los primeros países que reinventen la salud, la educación o las ciudades, se convertirán en los líderes del mundo en innovación; que tendríamos la tecnología para hacer todas estas cosas y solo estaría faltando liderazgo e imaginación; capacidades que, aunadas a una actitud positiva frente al temor a emprender, dependen sola y exclusivamente de nosotros.


Ciertamente, no hay una fórmula secreta para cambiar de actitud frente a los grandes riesgos que implica un emprendimiento, debido al componente cultural intrínseco en ella; sin embargo, el solo tomar consciencia de su importancia ya podría hacer grandes diferencias.


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