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Mirando los Negocios al Revés Jorge L. Boza Jorge L. Boza

Monaguillos, estatuas y lavado de ropa. El cómo crear nuevas y originales ideas evitándose un derrame cerebral en el intento. Autor: Yo (¿quién más, entonces, podría escribir tanta estupidez en tan poco espacio?).

Más católica que el mismísimo Papa, autoproclamada presidenta del club de fans de la Madonna del Soccorso y acérrima coleccionista de todo tipo de estampitas y rosarios, mi querida madre nunca perdió un solo día de la semana sin escuchar la Santa Misa. Una tarde de otoño, en un vano intento por contagiarme su espiritual entusiasmo y pensando que el apego a la Iglesia podría enderezarme y convertirme en un hombre de bien antes que yo cumpla los ocho años, me convenció para que postule al recientemente vacado cargo de monaguillo de la parroquia local, no sin antes darme su bendición y advertirme, en tres idiomas, que no cause ningún estropicio. ¡Santa ingenuidad la de mi madre!

Lamentablemente, con una innata hiperactividad que me brotaba por los poros y una incontrolable curiosidad, que de haber sido gato habría colgado los tenis hace ya mucho tiempo, yo distaba, en mucho, de ser un niño devoto y de conducta promedio. Fue así que, mi cuasi-hereje comportamiento pudo más que mi incipiente santidad y a solo una semana de haberme estrenado como acólito, el iracundo sacerdote ya estaba persiguiéndome a toda máquina y por toda la iglesia con non sanctas intensiones que incluían enviarme directo y sin escalas al Purgatorio (porque en el Cielo nadie me iba a recibir).

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  Mi uniforme de monaguillo, ni bien lo estrené y el cura no dejó que vuelva a usarlo en ceremonias oficiales aduciendo que yo era un pequeño hereje (sin embargo, lo utilicé una vez para Halloween y causó tanto furor entre los vecinos que hasta limosna me dieron). El traje no tiene una sola lavada. Para quienes estén interesados en iniciarse en la carrera eclesiástica les comunico que lo he puesto a la venta en ebay (acepto tarjetas de crédito).   

Por obra de la Divina Gracia y por obra de la divina grasa que su eminencia escondía bajo la sotana, en su prominente barriga, éste no pudo cumplir su celestial cometido y tuvo que conformarse con gritarme desde lejos y en perfecto latín, un par de conjuros anti-posesión extraídos del mismísimo Rituale Romanum. Acto seguido, terminó por condenarme al ostracismo, expulsándome de su congregación, de su iglesia y de su presencia por los siglos de los siglos (porque el cura no quiso volver a verme ni en año bisiesto, ni en Domingo de Pascua y ni en pintura[1]).

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  Este es el Ritual Romano cuyo Capítulo XII, dedicado al exorcismo, me lo recitó el padrecito con el mismo fervor con el que se recita una poesía por el Día de la Madre.

Por si semejante castigo no fuera suficiente, el diácono amenazó con arrojarme un par de litros de agua bendita ‘ on the rocks’ (bien fría) y enviarme como conejillo de indias a la fenecida Santa Inquisición si yo desobedecía su sacrosanta sentencia o me acercaba a menos de un kilómetro de distancia de los límites de su iglesia; y todo por haber partido en varios trozos la gigantesca y novísima réplica de mármol del Moisés de Miguel Ángel, recién traída de Roma, que cayó como árbol al piso mientras yo la escalaba en un intento por averiguar cómo se veía el altar mayor desde lo alto de su cabeza. Así fue como de un solo golpe (el que se dio Moisés contra el piso) terminó mi cortísima pero fructífera carrera eclesiástica, todo esto aún antes de haber recibido mi Primera Comunión…amén.

Aquella tarde dominguera, avergonzada y furiosa, mi madre no encontró mejor penitencia post-paliza que ponerme a lavar mi ropa y la de mis siete hermanos para lo cual solo atinó a enseñarme donde estaba el botón de encendido de la lavadora y a indicar la cantidad de detergente que debía echar dentro del mentado artefacto… ¡craso error!

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 La lavadora de nuestra historia, misma que recibió mi mamá de la suya (¡no de la de usted!, quise decir que la recibió de mi abuela) como regalo de matrimonio.  

Como supondrá el lector, técnicamente hablando, este castigo constituía un verdadero disparate porque para mí, que andaba embarrado de polvo, lodo y barro las 24 horas del día y en horario corrido, el verbo “lavar” y todas sus conjugaciones pretéritas significaban nada en lo absoluto. A manera de colofón, confesaré que, siguiendo a rajatabla la maternal orden, metí a la lavadora toda la ropa que encontré en el camino sin importar que tan limpia o sucia esté y haciendo caso omiso a las abrumadoras diferencias de color que existían entre una y otra prenda. Como resultado y por los meses que siguieron al luctuoso lavado, mis siete hermanos y yo tuvimos lucimos, en el vecindario, unas muy coquetas y femeninas prendas de color rosado.

Ahora bien, ¿por qué les conté esta anécdota? Reconozco que a estas alturas (y no me refiero a las que alcancé al treparme en la cabeza de la estatua de Moisés) aún no se me ha ocurrido como asociar mis destrozos infantiles al tema que hoy o mañana (dependiendo del día en el que usted lea este artículo) nos convoca: la creatividad. Entonces, solo me queda hacer mi mejor intento…

¿Alguna vez se ha sentido frustrado después de asistir a un taller de innovación [2] y ver que lo único que obtuvo al final del día fue un diploma? Pese a que fue sometido a una serie de técnicas “creativas”, sus anfitriones no lograron que usted produzca una sola idea de negocios 100% original. A lo sumo terminó siendo parte del grupo de entusiastas que empapelaron el aula, de pared a pared, con post-it de colores repletos de simples versiones mejoradas de otras ideas que ya existen. Si esto le ha sucedido, no se preocupe, usted no está solo.

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Bajo el lema “Si no hay post it pegados, no es innovador” los taller de creatividad han incrementado sustancialmente el valor financiero de 3 M (el fabricante de post it). En la foto un empapelado de pared utilizando el clásico estilo Rococó. Con la llegada de la transformación digital y el Internet de las Cosas, los talleres no se han quedado atrás y se han modernizado por completo. Hoy en día, por ejemplo, pueden encontrarse talleres en los que ya se empapelan los techos y ventanas cubriendo el aula en una envoltura tipo capullo. Además, para incrementar el número de ideas “creativas” los talleres han adicionado más colores a su tradicional post it amarillo patito. Por ejemplo, hoy ya existe el post it color fresa salvaje, el verde coliflor, el amarillo hepatitis y el gris resfriado (no me pregunten como es ese color porque me dan ganas de estornudar). 

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, define la ‘ creatividad‘ como la facultad de crear. Para esa misma fuente ‘crear‘ es el acto de

producir algo de la nada

. Esto significa literalmente que todo proceso creativo, sin excepción, debería tener como epílogo la

producción de algo que antes no existía

. En esta misma línea de pensamiento, ‘crear una idea ’ implica que la idea deba ser absolutamente nueva. Una idea creativa, por definición, nunca es una versión modificada de otra que ya existe. Una idea realmente nueva no admite ningún antecedente previo. Por esta razón, se le considera única e inédita.

Piénselo por un momento, ¿acaso tiene sentido que alguien reclame la autoría de La Mona Lisa de da Vinci por el solo hecho de haber pintado la mejor de las réplicas y haberle añadido un frondoso bigote y un par de anteojos al rostro de la Gioconda? De la misma manera, nadie puede pretender ser el autor del Moisés de Miguel Ángel (del verdadero, porque el otro lo rompí yo) por haber utilizado para esculpirlo, en lugar del mármol, algún otro material diferente del original. Una nueva idea no lo es por el hecho de cambiar el empaque, añadir más ingredientes o modificar los materiales de otra que ya existe.

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La Mona Lisa con bigotes y gafas. ¿No es una monada?

¡Qué interesante; a lo que en el mundo del arte se le llama plagio, en el mundo de los negocios se le llama mejora o novedad!

Ahora bien, los ‘expertos’ nos han convencido que la creatividad es un don que está en manos de unos pocos [3] o, lo que es peor, que a ésta se llega por un proceso aleatorio. ¡No!, ninguna de estas dos afirmaciones es cierta. De hecho, le hemos otorgado dotes mágicas a la lluvia de ideas (brainstorming) y la hemos convertido en la piedra angular de todo esfuerzo creativo. Pero con esta técnica, ni rezando cuarenta rosarios parado de cabeza, ni encomendándose a San Duchito, usted producirá el milagro de crear una sola idea radicalmente original.

Y, es que las diferentes técnicas creativas fracasan porque al iniciar el proceso de concepción de un nuevo concepto, ninguna de éstas es capaz de diferenciar entre las ideas de negocio que ya existen en el mercado de las que aún no existen. Esto significa que al final de la sesión de creatividad y con un 99% de probabilidades, usted habrá producido una idea que ya ha sido lanzado con anterioridad. No por eso, claro está, usted dejará de jurar por la Santa Biblia, que es el único padre de la Mona Lisa.

¡Aleluya!, pero no todo está perdido (es aquí donde entra a tallar la anécdota de mi profana infancia). De la misma forma en la que yo debí separar mi ropa y la de mis hermanos antes de meterla en la lavadora, todo proceso dirigido a crear una nueva idea debería de llevarnos, en primera instancia, a identificar y separar aquellas ideas que realmente no lo son para evitar la producción y proliferación de ideas repetidas y redundantes, de esas que pululan en el mercado.

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  De la misma forma en la que usted separa la ropa sucia de la limpia antes de iniciar el proceso de lavado, debería tomarse el tiempo para separar las ideas que ya existen en el mercado de aquellas que aún no existen.   

Esto significa que para crear una idea deberíamos de contar inicialmente con un inventario que incluya a todas las que ya existen en una industria o sector específico. Entonces, para obtener resultados verdaderamente ‘creativos’, bastaría enseguida con salirnos fuera de este inventario y… ¡Se hizo la luz! habrá nacido una inédita idea de negocios  ¡Y todo esto sin gastar un solo post it! (lo siento 3M…no es nada personal).

Si, entiendo su gran desconcierto (en esta parte es donde le da derrame a la mayoría de los lectores). Es prácticamente imposible tener a la mano una lista detallada de todas las ideas de negocios que existen en una industria cualquiera. Pero hay otra forma de identificar este tipo de ideas. A esta herramienta la he bautizado con el nombre de la “ Técnica del Lavado de Ropa ” en solemne recordatorio de mi frustrada sesión de lavado. La premisa inicial de esta técnica es asumir que las nuevas ideas ya existen y que el problema de la creatividad se reduce en saber ‘dónde’ buscarlas y no en ‘cómo’ crearlas.

Para hacerlo debemos determinar, en primer lugar, lo que es racional para el mercado de lo que no lo es. La racionalidad de una industria incluye todo lo que está permitido hacerse dentro de sus límites, es decir, las reglas de juego que deben ser respetadas por todos sus actores. Todo lo que sale fuera de sus fronteras se considera imposible de producir y comercializar y, no hay empresa que se atreva a buscar aquí nuevas ideas. La racionalidad, que es determinada por las creencias de una industria, es el común denominador de las ideas de negocios que existen y que se tranzan en su interior. Entonces, todo producto y servicio que existe en esa industria estará siempre dentro de sus fronteras racionales y para descubrir nuevas oportunidades bastará con salirse de estos linderos.

Al separar las ideas nuevas de las que no lo son, se crea una división entre lo que es lógico para el mercado y para nuestra competencia de lo que no lo es. Entonces, emigrar fuera de las fronteras racionales evita el masivo copy-paste de las ideas de negocios. Veamos cómo funciona esta técnica con un ejemplo.

Desde que se inventó el Kevlar, hace unos 50 años, la creación de DuPont se ha convertido en el insumo estrella de los fabricantes de chalecos y vestimenta a prueba de balas. Las apuestas por el futuro del sector se han dirigido a disminuir, por un lado, el peso del blindaje de la indumentaria y por otro lado, a aumentar su capacidad de resistencia balística. El precio de estos productos es una función de su peso y resistencia. No existe otra nota diferencial entre los competidores. Esta industria ha establecido sus fronteras racionales orientando sus recursos al diseño y elaboración de atuendos que protejan a la potencial víctima descartando a su vez cualquier esfuerzo por crear mecanismos que reduzcan o eliminen la capacidad de ataque de su ocasional victimario.

Pero, la pieza clave de la llamada industria de la protección personal simplemente no protege, al menos no lo hace en forma 100% eficiente ya que los chalecos a prueba de balas dejan expuestas, al fuego asesino, importantes partes del cuerpo como la cabeza, los brazos y piernas. Aun así, ninguno de los competidores está dispuesto a abandonar los límites lógicos de esta industria. Cualquier nueva idea que pueda surgir al interior de este sector tendrá los rasgos y características comunes de otros productos que ya existen.

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Hay una gran diferencia entre

competir

y

eliminar a la competencia

. Para competir es suficiente que usted siga las reglas de juego de la industria. Si lo que desea, en cambio, es eliminar a todos sus competidores, le queda entonces, patear el tablero e ir contra las creencias de su sector. 

Entonces, para crear una idea que sea radicalmente diferente a las que ya existen en la industria de los chalecos a prueba de balas habría que apartarse de la opinión unánime del sector que promueve la protección de la potencial víctima, y voltear la mirada hacia el potencial agresor. ¿Por qué no pensar, por ejemplo, en desarrollar un mecanismo que inhiba la capacidad del agresor de utilizar su dedo índice, aquel con el que se acciona el gatillo del arma, durante el ataque o simplemente anular su sentido de la vista por un tiempo suficiente como para lograr la huida de la potencial víctima? Al incapacitar al victimario en vez de cuidar a la víctima, estas ideas se apartan de la zona racional de la industria de los chalecos a prueba de balas. Además, estas opciones son más eficientes en términos de protección que los productos existentes en la medida que no se limitan a cubrir únicamente una parte del cuerpo de la potencial víctima. La idea de inhabilitar el dedo índice del agresor ya está siendo desarrollada conjuntamente entre nosotros y una empresa que fabrica pertrechos militares en California.

El hecho que los actuales competidores de un mercado cualquiera no estén dispuestos a abandonar la zona racional de su sector es lo que hace posible que quienes, en el futuro, vayan a destruir esas industrias por lo general provengan de su exterior. Seguramente, quienes alguna vez acaben con todos los fabricantes de chalecos a prueba de balas no lo harán utilizado el Kevlar o las máquinas de coser.

Seguiría escribiendo estupideces pero hoy me toca lavado de ropa y mi perro Drako insiste que le lave su pañuelo de huesitos….

 

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Mi perro Drako alias “ El Magnífico” (si no menciono su alias se resiente conmigo y me deja de ladrar por tres días). Aquí, en la foto sin su pañuelo de huesitos (se lo estoy lavando).

AVISOS PARROQUIALES

: Ya salió la edición colombiana de “Mirando los Negocios al Revés” que ha sido publicada por el prestigioso Colegio de Estudios Superiores de Administración – CESA. Con esta edición ya son seis países que publican el libro incluyendo Estados Unidos, España, México, Argentina, Perú y Colombia. En la foto la edición peruana publicada por la ESAN Business School y su par colombiana publicada por el CESA.


 

 

 

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