Aunque todo indica que la temporada de huracanes del Atlántico 2026 podría ser menos activa de lo normal, los especialistas subrayan que esto no implica un menor riesgo para Estados Unidos. La posible formación de El Niño sería uno de los factores que ayudaría a reducir la cantidad de tormentas, pero no descarta la posibilidad de impactos importantes. De hecho, los pronósticos señalan que varios sistemas podrían tocar tierra o provocar efectos directos, manteniendo en alerta a las autoridades.
“Es muy importante que todos, desde el sur de Texas hasta Maine, se preparen por igual para cada temporada de huracanes, independientemente del pronóstico oficial”, afirmó Alex DaSilva, experto en huracanes de AccuWeather. “Incluso si se espera una temporada ligeramente por debajo del promedio, aún podríamos ver impactos importantes en todo Estados Unidos”.
El desarrollo de El Niño será determinante en el comportamiento de la temporada. Este fenómeno ocurre cuando las temperaturas del océano en el Pacífico ecuatorial aumentan al menos 0,5 °C por encima del promedio, lo que genera cambios en la atmósfera a nivel global. En el Atlántico, suele traducirse en vientos más fuertes en niveles altos, lo que dificulta la formación de tormentas tropicales.
A medida que El Niño se fortalezca durante el verano y otoño, se espera que la segunda mitad de la temporada tenga menos actividad que la primera. Incluso existe un 15% de probabilidad de que se forme un “súper Niño”, lo que podría reducir drásticamente la actividad en octubre y noviembre.
Sin embargo, los antecedentes invitan a la cautela. En 2023, un año con presencia de El Niño, se registraron 20 tormentas con nombre, muy por encima del promedio histórico. “Lo que hizo especial a 2023 fue que también fue el año más cálido registrado en la superficie del Atlántico”, explicó DaSilva. Para 2026, se espera que las aguas sigan cálidas, aunque no tanto como entonces.
AccuWeather prevé entre 11 y 16 tormentas con nombre, de las cuales entre cuatro y siete podrían convertirse en huracanes, y entre dos y cuatro alcanzarían categoría mayor (3 o superior). Además, se estiman entre tres y cinco impactos directos en Estados Unidos.
Aunque estas cifras están cerca o por debajo del promedio histórico, 14 tormentas, siete huracanes y tres mayores, eso no garantiza una temporada tranquila. Un impacto directo no siempre implica que el ojo del huracán toque tierra: también puede incluir lluvias intensas, marejadas ciclónicas o vientos fuertes que alcancen la costa.
El caso del huracán Erin en 2025 lo demuestra. Aunque no tocó tierra, provocó una fuerte erosión costera en la costa atlántica, con consecuencias graves como el colapso de viviendas al final de la temporada.
Uno de los mayores temores para 2026 es la intensificación rápida de los sistemas. “Este año estamos muy preocupados por la intensificación rápida, muy similar a los últimos años”, advirtió DaSilva. Este fenómeno ocurre cuando un ciclón aumenta su fuerza en poco tiempo, dificultando la preparación.
La causa principal es el calor acumulado en el océano, no solo en la superficie, sino también en capas profundas. “Esas aguas están excepcionalmente cálidas, y eso favorece que las tormentas se fortalezcan rápidamente”, agregó el experto.
Las áreas con mayor probabilidad de impactos directos este año son la costa norte y noreste del Golfo de México, así como las Carolinas. Estos patrones se basan en años similares como 2009, 2014, 2018 y 2023, donde estas regiones recibieron más impactos que otras zonas costeras.
Aunque el riesgo es menor en Texas, los expertos advierten que no está exento. En 2023, por ejemplo, la tormenta tropical Harold impactó el sur del estado, demostrando que basta un solo sistema para generar daños importantes.
La temporada de huracanes del Atlántico comienza oficialmente el 1 de junio, pero los meteorólogos ya vigilan posibles desarrollos antes de esa fecha. Las aguas cálidas en zonas clave podrían favorecer la formación temprana de sistemas, especialmente cerca de la costa.
Este tipo de desarrollo cercano a tierra reduce el tiempo de preparación para la población, aumentando el riesgo.
Además de El Niño, otros elementos influirán en la temporada, como la posición del anticiclón de las Bermudas, que podría desviar algunas tormentas lejos de EE.UU. También se monitorean el polvo del Sahara y las ondas tropicales provenientes de África, que pueden limitar o favorecer la formación de ciclones.
En conjunto, todos estos factores configuran una temporada que, aunque podría ser menos activa en números, sigue representando una amenaza real. La historia lo ha demostrado: incluso años con pocas tormentas pueden dejar huella, como ocurrió en 1992 con el devastador huracán Andrew.
La advertencia es clara: en 2026, la preparación sigue siendo la mejor defensa.
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