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Rusia 2018: Lo que dice este Mundial sobre la inmigración

Los equipos nacionales, multicolores como son, existen para recordar a los gobiernos, las empresas y las instituciones educativas que solo tienen que buscar mejor el talento.

Rusia 2018

Copa del Mundo

Las redes de apoyo del fútbol para niños talentosos pueden y deben replicarse en otros ámbitos más allá del fútbol. (Foto: Bloomberg)

Tres de las cuatro selecciones nacionales que llegaron a la semifinal de la Copa del Mundo Rusia 2018 -Francia, Bélgica e Inglaterra- son, uno podría pensar, íconos de la diversidad europea.

Los inmigrantes e hijos de inmigrantes están sobrerrepresentados en estas escuadras en comparación con la demografía de estos países en su totalidad. Pero uno también podría ver esta diversidad como una señal de que la integración no está funcionado muy bien en gran parte de Europa.

La alineación titular de Francia en la semifinal de Rusia 2018 del martes contra Bélgica tenía cinco jugadores nacidos en el extranjero o de padres inmigrantes: Samuel Umtiti nacido en Camerún, N’Golo Kante, cuyos padres llegaron de Mali, el hijo de padres guineanos Paul Pogba, Kylian Mbappe, cuyo padre es camerunés y su madre argelina, y Blaise Matuidi, hijo de padre angoleño y madre congolesa. Eso corresponde al 45% de los 11 jugadores titulares.

Los inmigrantes de fuera de la Unión Europea y sus hijos representan solo el 13.5% de la población de Francia, según Eurostat.

Los 11 titulares de Bélgica también tenían cinco jugadores de origen inmigrante: Nacer Chadli, que comenzó jugando para la selección nacional marroquí antes de trasladarse a Bélgica; Marouane Fellaini, cuyos padres también son marroquíes; Vincent Kompany y Romelu Lukaku, de padres congoleses, y Mousa Dembele, cuyo padre es de Mali. La población de Bélgica de inmigrantes no comunitarios de primera y segunda generación es del 12%.

Inglaterra también tiene una mayor proporción de jugadores de origen inmigrante no comunitario –en su mayoría caribeños, como en los casos de Kyle Walker, Ashley Young, Raheem Sterling y Jesse Lingard; el padre de Dele Alli es nigeriano– que la que tiene el Reino Unido. Representan el 14% de la población total del Reino Unido.

El entrenador de Inglaterra, Gareth Southgate, no está totalmente en lo correcto cuando dice que su equipo "representa a la Inglaterra moderna". Sin embargo, ni él ni los entrenadores francés y belga, que han expresado opiniones similares, están equivocados al estar orgullosos de la diversidad.

Los equipos nacionales y los poderosos sistemas de selección de jugadores en los tres países eligen a los mejores jugadores independientemente de su origen, religión o color de piel.

El fútbol tiene que ser meritocrático porque es una competencia en su forma más pura, no limitado por las fronteras nacionales en el mismo grado que los deportes estadounidenses.

En el fútbol, ​​el hijo de un banquero y un abogado (ese es el origen del portero francés Hugo Lloris) está en igualdad de condiciones con alguien como Lukaku, cuya familia alguna vez no pudo pagar las facturas de electricidad por semanas y su madre tenía que echar agua a la leche para hacerla durar más tiempo. O como Sterling, cuya madre limpió habitaciones de hotel para ir a la escuela.

Sin embargo, para inmigrantes sin músculos de contracción rápida y excelente trabajo de pies no existe la igualdad de oportunidades. Las tasas de empleo son considerablemente más bajas entre los inmigrantes de primera generación que para la población en general, y no mejoran mucho para la segunda generación.

Las probabilidades están en contra de los niños con el mismo origen que los jugadores de fútbol de clase mundial en una serie de formas importantes.

Las estadísticas muestran que un mayor porcentaje de inmigrantes de segunda generación que personas nativas asisten a la universidad en Francia y el Reino Unido (aunque no en Bélgica). Pero, de acuerdo con un informe de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos de 2017, una abrumadora mayoría de jóvenes con bajo nivel educativo en los tres países son inmigrantes no comunitarios de segunda generación. El informe señala:

Las aspiraciones educativas son en general altas entre las familias migrantes. Sin embargo, mientras que las aspiraciones educativas pueden apoyar la movilidad educativa ascendente, por sí mismas no son suficientes, particularmente cuando las estructuras de apoyo y el conocimiento sobre cómo lograr estos objetivos son deficientes.

Como resultado, en Bélgica, las personas con padres no nacidos en la UE tienen un 13.2% menos de probabilidades que los nativos de obtener un mejor trabajo que sus padres; en Francia, la probabilidad es un 8% menor, y en el Reino Unido, un 4% menor.

La gente está atrapada en ocupaciones mal pagadas y en áreas de bajos ingresos llenas de otras personas de origen migrante. Esto crea un círculo vicioso para millones de personas, incluso si da a los pocos que son extremadamente talentosos el impulso de luchar más arduamente.

"Déjame decirte algo: cada juego que he jugado ha sido una final", dijo Lukaku a The Players ’Tribune.

Cuando jugaba en el parque, era un final. Cuando jugaba durante el recreo en el jardín de infantes, era una final. Hablo totalmente en serio. Solía ​​tratar de arrancarle la cubierta al balón cada vez que lo pateaba. Potencia total. No pateábamos una R1, hermano. No eran disparos sutiles. No tenía la nueva " FIFA". No tenía una Playstation. No andaba jugando. Trataba de matarte.

En una columna para The Times, Patrick Vieira, el ex futbolista internacional francés, se hace eco de la violencia de esa auto descripción mientras recuerda su infancia en un barrio pobre de París, el tipo de lugar de donde proviene la mayoría de los actuales inmigrantes de segunda generación del equipo francés.

"Cuando entrenaba y jugaba", escribió, "era con un cuchillo en mis dientes. Con eso quiero decir que tenía hambre de tener éxito. Amaba el juego, pero también tuve un impulso de mi madre. Para muchas personas en esos lugares, no hay trabajos, no hay ayuda. Ves esa determinación en muchos futbolistas de esas canchas de concreto".

Los deportes –en particular el fútbol con sus sistemas de selección y poderosos clubes bien desarrollados y generosamente financiados– pueden ser un camino recto para salir de la pobreza. Varios de los padres de jugadores franceses y belgas son ex profesionales del fútbol de poca monta, y les dieron buenos consejos a sus hijos, proporcionando algunas de las oportunidades de contacto que los inmigrantes, ya sea de primera o segunda generación, no tienen en Europa.

Pero la meritocracia futbolística no puede darle a cada niño del gueto la oportunidad de surgir. Lo único que puede hacer es asegurarse de que los que juegan cada juego como si fuera el último lleguen a las listas de los grandes clubes y las selecciones nacionales.

En esto hay una lección para el resto de la sociedad. Las redes de apoyo del fútbol para niños talentosos pueden y deben replicarse en otros ámbitos. Algunos de los niños y niñas que hoy en día crecen en áreas sin esperanza podrían ser los Mbappes y Lukakus de la tecnología, las finanzas o las artes. Los equipos nacionales, multicolores como son, existen para recordar a los gobiernos, las empresas y las instituciones educativas que solo tienen que buscar mejor.

Por Leonid Bershidsky

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial o de Bloombeg LP y sus dueños.

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