¿Por qué enfermamos en nuestros días de descanso o cuando estamos de viaje?

El científico, Van Luijtelaar, descubrió que moría más gente durante las fiestas, especialmente, en los primeros días festivos.

(Foto: Getty Images)
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Es casi como un botón de on/off: sano de lunes a viernes y adoleciendo de todo tipo al llegar el sábado. La leisure sickness (‘síndrome del tiempo libre’), tal y como la ha bautizado su mayor investigador, Ad Vingerhoets, no necesita de grandes temporadas de descanso para aflorar, señala el artículo de Marta Sader para Traveler.es.

Los síntomas que sienten quienes sufren de este síndrome pueden variar entre dolor de cabeza, migraña, dolores musculares moderados, fatiga excesiva, nauseas y, especialmente durante los primeros días de vacaciones, infecciones virales que causan resfriados y síntomas de gripe… y te estropean el viaje, claro.

Pero ¿por qué ocurre esto? ¿Qué sentido tiene, si se supone que el descanso es bueno e incluso necesario para equilibrar el organismo?

Cuando estamos relajados, tanto la presión sanguínea como el ritmo cardiaco bajan, además de haber una disminución de la producción de hormonas del estrés, como la adrenalina. Pero, no obstante, esta reducción, que a primera vista parece ventajosa, puede ser precisamente una de las causas del síndrome, que afecta, sobre todo, a quienes están altamente implicados en su trabajo, a los muy perfeccionistas y a las personalidades de tipo A.

La personalidad tipo A apela a individuos impacientes, competitivos, ambiciosos, agresivos en los negocios y a los que les cuesta mucho desconectar del trabajo, pues se consideran absolutamente indispensables en su puesto y están sometidos a una alta carga de estrés durante los días laborables.

Así, como decíamos, se ha demostrado que las hormonas del estrés previenen ciertos problemas de salud relacionados con el sistema inmune.

Incluso un científico, Van Luijtelaar, descubrió que moría más gente durante las fiestas, especialmente, en los primeros días festivos. Este hallazgo, que descubrió simplemente contando obituarios en el periódico, fue más tarde apoyado por el propio Vingerhoets, que halló un patrón similar cuando analizó la prevalencia de los infartos de miocardio durante los viajes de vacaciones.

Pero ¿cómo es posible que podamos “controlar” nuestras enfermedades, hasta el punto de relegarlas al momento en el que “nos venga mejor”? Por increíble que parezca la típica escena en la que el padre no muere hasta que está toda la familia reunida en torno a su lecho, la literatura científica lleva años haciéndose eco de este asunto en casos así de graves, en los que una persona enferma terminal es capaz de posponer su muerte hasta el nacimiento de un ser querido o la llegada de una persona importante para ella desde el extranjero.

Morir de aburrimiento
No obstante, esta es sólo una de las teorías que manejan los investigadores, a la vez que tienen en cuenta otra, muy conectada a esta pero completamente opuesta: “La falta de estimulación durante el tiempo libre, cuando los retos disminuyen considerablemente, puede tener efectos negativos en algunas personas, especialmente aquellos que puntúan alto en los tests de extraversión”, explican los científicos.

“El término underload syndrome (“síndrome de baja carga”) se usa para referirse a este patrón, caracterizado por la reducción de producción de hormonas vitales como las endorfinas, dando lugar a una consecuente bajada en el ritmo metabólico, menor energía, un sístema inmune más lento y, en consecuencia, una mayor susceptibilidad a las infecciones”.

“El aburrimiento – concluyen- tiene los mismos efectos en el cuerpo que el estrés. Las personas que normalmente se encuentran ocupadas pueden enfermar cuando no tienen suficientes tareas, porque esto causa que se disparen sus hormonas del estrés”.

Asimismo, los científicos holandeses consideran que las personas a las que apelamos, extraordinariamente implicadas en su trabajo, también pueden presentar dificultades a la hora de dejar de trabajar, por lo que son más propensos a llevarse las tareas a casa durante las vacaciones, circunstancia que también aumentaría sus niveles de estrés.

Por ota parte, explican que los individuos con un fuerte necesidad de control tampoco lo pasarían bien en entornos de tiempo libre que no ofrezcan la clara estructura de un día de trabajo, experimentando el cambio a un día sin responsabilidades como problemático, pues ofrece menos oportunidades de control.

La solución
Posiblemente, hacer ejercicio físico después del último día de trabajo facilitaría bastante la transición física desde la actividad laboral hacia el descanso. Las investigaciones venideras deberían centrarse en evaluar los posibles efectos beneficiosos de adaptación de los patrones de vida, los cambios en los hábitos de sueño y una considerable reducción de la ingesta de cafeína y alcohol”, explican los expertos.

“Tiene sentido pensar que existan intervenciones particulares efectivas para ciertos subgrupos de personas, como terapias de comportamiento cognitivas diseñadas para restaurar el equilibrio en la vida, con una mayor atención y apreciación por el entorno social y, especialmente, familiar”, culminan Vingerhoets y Van Heck acerca de esta afección tan propia del sistema capitalista.

Lo sensato, pues, parece lo de siempre: centrarse más en las relaciones humanas y menos en el trabajo e intentar aprender a desconectar. Al fin y al cabo, lo que recordarás cuando acabe todo esto no serán las largas jornadas frente al ordenador, sino los viajes, las fiestas, la reuniones de amigos, todo aquello que podrías perder si, debido a una masiva implicación en el entorno laboral, sigues enfermando cada vez que te vas de vacaciones.

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