¿La felicidad en el trabajo es una meta posible?

Algunos estudios concluyen lo que, más o menos, todos sabemos: preferimos hacer cualquier cosa antes que trabajar. Salvo los ‘workaholics’, que justifican su hiperactividad. Hay quien, incluso, tiene recetas para que la felicidad en el trabajo sea una meta posible.

Habrás oído hablar del estado de flujo, ese en el que uno queda absorto en su actividad y siente una enorme satisfacción; que le lleva a trabajar para ser feliz, con capacidad de realización antes que de ganar dinero; y que le hace sentirse más dichoso en el trabajo que en su casa o con sus amigos.

Con este compromiso, la persona tiene un 57% menos de posibilidades de dejar la compañía, y se esfuerza hasta un 87% más.

También te habrán contado que existen algunas fórmulas (incluso matemáticas) que pueden explicar “la felicidad en el trabajo”: . Y que ésta se puede lograr… Lo peor que puedes hacer es comparar todo esto con tu carrera, con tu empleo, tu empresa e incluso con tu jefe, porque esa comparación puede dejarte frustrado. Pero no merece la pena.

Lo mejor es no obsesionarse por tener un trabajo perfecto. Ese puesto ideal no existe, y tampoco la empresa soñada. Así que la frustración es casi siempre el resultado de empeñarse a toda costa en vivir en un paraíso profesional irreal.

Idealizar las expectativas laborales es un error común, de modo que un buen antídoto contra la frustración es no diseñar nuestro puesto haciéndonos composiciones de lugar que nada tienen que ver con la realidad.

Recuerda además que la imagen que proyectan hacia afuera muchas organizaciones que parecen perfectas no coincide con lo que perciben realmente quienes trabajan en ellas. Cuando decides irte de tu puesto y de tu empresa y llegas a otra compañía que supuestamente es ideal, puedes comprobar con sorpresa que es peor que aquella de la que te has marchado.

Cualquier empleo tiene una cara amable y una cruz tediosa. La clave está en reinventarse cada día y crear valor. Hay quien sostiene que es posible que tu trabajo actual (ese que aborreces y del que te quejas) ya sea el de tus sueños, pero que no te hayas enterado…

Jesús Vega, experto en recursos humanos, recuerda que “para que una persona esté satisfecha en una actividad, sea trabajo o una afición, se han de dar tres condiciones fundamentales: que obtenga placer por ello; que haya una proyección de realización, esto es, que sirva para algo; y que se identifique con sus valores personales.

Actividad tediosa
Un reciente estudio de la London School of Economics y la universidad de Sussex revela que trabajar es una de las actividades más odiosas en nuestra vida, sólo superada por el disgusto que nos causa estar enfermo en cama.

El resto de actividades, tareas, aficiones u obligaciones, por mucha pereza que nos puedan dar, no nos resultan tan molestas como el trabajo y sus efectos colaterales (puesto, empresa y jefes).

Vega apunta que “normalmente los trabajos son sitios deshumanizados. Estamos acostumbrados a manejar nuestra vida en el ámbito personal y el profesional, y ambos entran en colisión. Es necesario humanizar las empresas: que sean menos rígidas, menos solemnes, que se corten los circuitos de poder… Si te diviertes, te apasionas, y donde no hay pasión la creatividad brilla por su ausencia”.

A los llamados workaholic no parece molestarles la vida laboral, y el coeficiente de felicidad que les provoca el trabajo supera al del resto de mortales.

Son aquellos que están sometidos a ritmos de trabajo vertiginosos con plazos muy ajustados para todo; acostumbrados a flujos impredecibles de actividad, que mantienen jornadas de entre 70 y 120 horas semanales; obligados a viajar constantemente por cuestiones profesionales o a acudir con frecuencia a eventos relacionados con su trabajo más allá de las horas de oficina.

Pertenecen a la especie de los trabajadores extremos, para quienes el trabajo es una prioridad frente a las relaciones sociales o la propia salud.

Pero hay quien piensa que es posible justificar los argumentos que mueven a los workaholic: la Escuela de Negocios de Rouen, en Francia, concluye que existe una cierta adicción al trabajo que, lejos de ser perniciosa, es constructiva.

La investigación sugiere que los workaholic “creen en un equilibrio diferente y se mueven en parámetros distintos a los del resto de profesionales en lo que se refiere a la conciliación”.

Jorge Cagigas, socio de Epicteles, explica que “cuando se analizan los momentos ideales de felicidad, casi nadie los identifica con ‘trabajar’, porque hay un paradigma sobre el trabajo que resulta erróneo: viene de entenderlo como algo que nos sirve para conseguir algo.

Se entiende así el trabajo como aquello que nos proporciona una contraprestación económica. Pero no sólo es eso. Además de esa contraprestación para cubrir ciertas necesidades, otra razón por la que se trabaja es el afán de superación profesional. Si hay un equilibrio entre nuestras capacidades y los retos que se nos plantean, eso provoca una satisfacción”.

Cagigas cree que nuestra actividad profesional “tiene un componente de superación y adquisición de capacidades nuevas. Y también hay que tener en cuenta el componente vocacional, lo que uno aporta”. Así, esa parte de carrera profesional, de reto y superación genera también una sensación de felicidad.

En todo caso, la felicidad en el trabajo es el antídoto contra el estrés laboral por excelencia. El estrés en España, según el INE, afecta a un 40% de las personas asalariadas y a un 50% de los empresarios.

Según el Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas, el estrés y la depresión tuvieron la culpa de una pérdida de 90.000 millones de euros en nuestro país. La Unión Europea prevé que en el 2020 serán las principales enfermedades laborales.

Montse Ventosa, socia directora de Grow, recuerda que uno de los clásicos de hace unos años vuelve a ser relevante: “Tal vez la moda de la felicidad en el trabajo sea una reacción a las grandes dosis de tristeza que se contienen en muchas organizaciones. Suele prestarse atención a los grandes costes que implica la pérdida de productividad.

En Estados Unidos se estima en US$ 23,000 millones. Pero los costes sociales van mucho más allá. Para empezar a solucionar el problema conviene entender antes cuáles pueden ser los precursores de la tristeza laboral que en su extremos desemboca en depresión.

Montse Ventosa resume así las causas de la tristeza laboral:

1. Ser invisible
El llamado efecto Hawthorne demuestra que las personas no sólo necesitan sentirse especiales, sino simplemente vistas, implicadas, comprobar que su trabajo tiene un impacto. Sobre todo en aquellas compañías engordadas y ralentizadas por los procesos alejados del negocio, las personas son percibidas como un número. Los profesionales sienten en ese entorno laboral que apenas impactan en el destino de la compañía, y suelen tener una sensación de no control que deriva en estrés.

2. No ser correspondido
El café parar todos, propio de una era industrial, que choca con un momento en el que la diferencia viene marcada por cómo se hacen las cosas, y por el esfuerzo que hace cada persona. La era del hacer más con menos provoca la sensación de que, independientemente de lo que se haga, no se va a apreciar el esfuerzo. Y se premia la mediocridad. Sentir que se da más de lo que se recibe es uno de los grandes aceleradores de la desilusión y la tristeza.

3. Estar en el lugar equivocado
No sólo por elegir una compañía que no encaja con nuestra cultura. Por el sistema educativo actual, puede suceder que alguien se de cuenta de que su trabajo o su profesión no le llena, que lo que hace no tiene un sentido. Esto implica un proceso de autodescubrimiento personal que puede llegar a ser doloroso, y contribuir en el corto plazo a esa tristeza.

4. Las relaciones
El freno al rendimiento es la posibilidad de que prime el amiguismo por encima de los resultados y la profesionalidad. Confundir los límites y la relación profesional con la amistad es garantía de fracaso y fustración.

5. Los sueños fustrados
La necesidad de atraer al talento en ciertos momentos puede levar a vender la moto, y a prometer cosas que en el futuro no se pueden cumplir, esas esperanzas de crecer, o esas ganas de aprender y progresar, las ilusiones de llegar a, cuando no llegan a buen fin, generan mucha tristeza.

6. Incapacidad para equilibrar demandas
La conciliación y la necesidad de cumplir con las múltiples demandas de rol -trabajo, familia, parejas, hijos, aficiones- son fuente tradicional de estrés. Y la tecnología puede contribuir a incrementarlo, puesto que acerca a los que están lejos, y puede llegar a los que están cerca.

Cuidado con las ‘empresas felices’
Gran parte de las compañías que presumen de ocupar puestos de honor en las clasificaciones de mejores empresas para trabajar invierten más en aparentar que son una organización feliz que en serlo realmente.

Es cierto que muchas se esfuerzan por conseguirlo, pero la realidad es que todo eso es más bien un reclamo que una realidad. Se usa como gancho en la atracción del talento, pero suele limitarse a campañas de acciones de animación por parte de los departamentos de recursos humanos.

Al final, los empleados se van de las llamadas ‘empresas felices’ porque no existen ni compañías ni trabajos que lo sean de una forma plena. Por definición, una compañía no está para hacer feliz a quien trabaja en ella.

Cabe preguntarse si la organización ha de ser feliz o rentable, y así hay
que tener en cuenta la rentabilidad desde el respeto y el cuidado de los empleados, y también que éstos puedan desarrollarse profesionalmente.

La organización debe facilitar que sus profesionales estén formados, que concilien, que puedan desarrollar su carrera… Pero no que sean felices.

Muchas compañías caen en errores cuando tratan de crear una empresa feliz. Montse Ventosa, socia directora de Grow, identifica las razones que ahuyentan al talento cuando las empresas tratan equivocadamente de crear un entorno feliz.

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