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Game of Thrones, o los líderes políticos en los juegos de poder

Buena parte del éxito de la serie que llega este domingo a su fin radica en su enfoque descarnado sobre el ejercicio del poder político y de las pasiones que genera. Un análisis de Ivan Lanegra, abogado y profesor de Ciencia Política d​e la Universidad del Pacífico.

Juego de Tronos

Juego de Tronos

Juego de Tronos

Game of Thrones, producida por HBO, llegará esta semana a su fin. La serie es un éxito en términos de audiencia y sus personajes ya son parte de la cultura popular. Buena parte de su éxito radica en su enfoque descarnado sobre el ejercicio del poder político y de las pasiones que genera en hombres y mujeres.

Las decisiones de sus personajes traen a la mesa, continuamente, muchos de los problemas más relevantes de la política a lo largo de la historia y que también afectan, por cierto, a la sociedad contemporánea.

La teoría y la ciencia política han lidiado desde siempre con esos mismos problemas. Aquí algunos ejemplos de lo expuesto.

Maquiavelo entre dragones

El norte italiano de inicios del siglo XVI, conformado por múltiples ciudades independientes y en continuo conflicto, era un mundo cruel y violento, lleno de corrupción. Los hombres y mujeres comunes sufrían de continuas arbitrariedades, de sus propios gobernantes y de los ajenos.

Maquiavelo, quien había servido por años al gobierno de Florencia, escribió “El Príncipe” para advertir sobre el tipo de conducta política necesaria para restaurar un orden justo, uno que derivara –por más que fuera casi imposible en ese momento– en la reunificación de la península.

Una mala lectura de esta obra ha convertido a lo maquiavélico en sinónimo de acción política calculadora y despreocupada de los límites morales, justificada en el mero logro del poder: el fin justifica los medios.

Sin embargo, Maquiavelo nunca dijo esto. Era precisamente esa acción arbitraria la que él consideraba una tragedia, pero tampoco compartía esa visión romántica de un gobernante que obtenía todos los logros sobre la base de un comportamiento apegado estrictamente a la moral cristiana, el modelo humanista.

Eso no era cierto. Pero no solo respecto de un gobernante, tampoco era cierto para un ciudadano ordinario, pues siempre existen circunstancias excepcionales en las cuales habrá que, por ejemplo, mentir, como medio para evitar males mayores.

Al final, dice Maquiavelo, te juzgarán por los resultados obtenidos. Si lograste salvar realmente a la ciudad y sus habitantes piensan que lo hiciste bien, recibirás sus aplausos. De lo contrario, serás condenado como gobernante.

El paralelo con Jon Snow
Jon Snow
ha sido, en buena medida, el personaje que encarna al gobernante humanista, leal hasta la muerte (literalmente), y también testigo del costo de esta decisión.

Siglos después, Max Weber le llamaba a este comportamiento “ética de la convicción” y, al igual que Maquiavelo, le preocupaba que un gobernante –más con los riesgos que traía el siglo XX- actuara sin preocuparse de las consecuencias públicas de sus decisiones. El político que encarna el modelo contrario, el que piensa siempre primero en el bienestar de la ciudad y que analiza las decisiones que se adoptan a partir de las consecuencias sobre aquella es el cerebral y astuto Varys.

Este es una especie de jefe del servicio de inteligencia –tiene a su disposición un cuerpo de aves que actúan de mensajeros y lo mantienen informado– que no tiene problema de cambiar de bando cuando considera que eso lo ayudará a defender mejor el bienestar de Westeros.

Desde luego, esto tampoco le asegura obtener los resultados esperados, por lo que no le es ajeno el fracaso, un destino que en alguna medida compartió Maquiavelo.

Así que veamos con sospecha a los políticos que justifican sus actos corruptos o criminales en nombre del bien común, no solo porque quizá nunca pensaron en su país sino en sus propios intereses, sino porque sus resultados fueron atroces.

Hannah Arendt y el totalitarismo del Rey de la Noche

Siendo testigo y víctima del régimen nazi, no es extraño que Hannah Arendt, nacida en Alemania y de origen judío, reflexionara sobre la naturaleza de esta forma de gobierno en el libro “Los orígenes del totalitarismo”.

Para ella, el totalitarismo no es solo un autoritarismo extremo en donde se anula la capacidad de los gobernados de intervenir en la esfera política. Para Arendt, en el totalitarismo el gobernante (o la élite gobernante) logra –o buscar lograr– una dominación total sobre los gobernados, un escenario en el que es posible lograr cualquier cosa de las personas.

Para lograr este objetivo, es necesario primero eliminar la espontaneidad del comportamiento humano, transformando a las personas en simples objetos, volviéndolos superfluos, lo cual implica la transformación de la naturaleza humana.

Como señala el filósofo Richard Berstein, esto se logra arrebatando a las personas su ciudadanía –el centro de derechos y deberes en comunidad–, dejándolos sin opciones que les permitan hacer una diferencia moral – obligándolos a elegir, por ejemplo, a qué hijo salvar– y eliminando cualquier atisbo de espontaneidad e individualidad, tras lo cual las personas se comportan como reales muertos vivientes, seres –como describe Primo Levi a partir de la experiencia de los campos de concentración– que conforman una masa anónima y continuamente renovada, pero siempre idéntica, unos no-hombres que marchan sin alma, que ya no sufren, sin miedo, sin entendimiento, hasta el punto que Levi duda de llamar “muerte” a su desaparición física.

Una mirada a Night King
El Rey de la Noche, una amenaza antigua, misteriosa y poderosa, quiere convertir a todos los seres humanos en muertos vivientes a su servicio. Aunque su determinación es clara, no lo es en cambio su motivación.

La lucha contra él y su ejército de espectros es desesperada, agónica, y la salvación llega casi milagrosamente. La amenaza totalitaria no ha desaparecido y acecha por otros caminos, lo importante es identificar sus síntomas y actuar, sin esperar que llegue el invierno.

Tucídides llega a King's Landing

Hay un famoso incidente contado por Tucídides en el Libro III de "La guerra del Peloponeso", el libro basado en el conflicto entre Atenas y Esparta con sus respectivos aliados a fines del siglo V A.C.: la revuelta de Mitilene. Dicha ciudad se reveló contra Atenas y merecía un castigo. Pero ¿cuál?

La Asamblea ateniense decidió que no solo castigara a los líderes de la revuelta, sino también a todos los hombres de la ciudad esclavizando a mujeres y niños. No obstante, al día siguiente hubo cierto arrepentimiento, razón por la cual la Asamblea volvió a reunirse para deliberar. Ahí el político Cleón, ligado a los intereses comerciales de Atenas, argumentó a favor de mantener el duro castigo.

Para Cleón, Atenas debía comportarse como una tiranía sobre los que urden intrigas y actúan en contra del régimen y que solo obedecen por razón de la fuerza, más no por amistad. Encima, con su comportamiento dubitativo, Atenas enviaba una pésima señal, mostrando que sus leyes carecían de eficacia, así como la indisciplina que gobernaba su ciudad.

Era mejor ser ignorante y disciplinado que brillante, pero sin orden. Además, Mitilene –argumentaba Cleón– se rebeló sin buenas razones, era próspera, libre, no eran objeto de violencia por parte de Atenas, era segura.

Mitelene solo se rebeló por ambición. Y, finalmente, de perdonar el castigo, el mensaje que se enviaba al resto de ciudades es que el costo de rebelarse iba a ser muy pequeño, lo cual podría alentar nuevos levantamientos. Atenas debía, en el fondo, actuar en el campo externo como una tiranía si quería mantener su poder.

Tras Cleón, habló Diódoto, un político continuador de la línea moderada de Pericles. Ahí plantea que un castigo tan severo no impedirá nuevas rebeliones, pues estas solo surgen cuando se ve que hay posibilidades de éxito.

Pero, ¿qué se debe hacer si una vez iniciada una revuelta las opciones de triunfo se desvanecen? Si el castigo moderado es una opción, quizá los rebeldes se detengan. Pero si saben que hagan lo que hagan, solo les queda la muerte, lucharán hasta el final por sus vidas.

Al racionamiento basado en las elecciones de los agentes, se le suma uno moral: solo la élite que dirige la rebelión es culpable, y no el resto del pueblo. El castigo moderado fue, por escaso margen, la que finalmente aprobó la Asamblea.

Los dilemas anteriores son los mismos que enfrenta Daenerys Targaryen ante la múltiple traición de Cersei Lannister. Esta no solo es vista por aquella como una usurpadora, también la traicionó incumpliendo el acuerdo de pelear juntas contra el Rey de la Noche.

Encima, los aliados de la Lannister emboscaron a las fuerzas de Daenerys matando a uno de sus dragones y capturando a su mejor amiga. Ante la oferta de una rendición, Cersei reacciona matando a la rehén y desafiando a la Madre de Dragones.

Por si no fuera poco, los antecedentes de la gobernante de King’s Landing –la capital de los 7 reinos – la muestran dispuesta a usar mil trampas sorpresivas, como el uso de un explosivo muy peligroso llamado fuego valyrio, sin temer ella misma la muerte de inocentes.

Los consejeros de Daenerys –Varys y Tyrion Lannister– así como su sobrino y amante, Jon Snow, se muestran favorables a los argumentos de Diódoto.

Finalmente, Daenerys elige el camino de Cléon. Este tipo de decisiones se han tomado muchas veces en la historia, y está detrás de fenómenos tan dramáticos como el bombardeo de los aliados a las ciudades alemanas al final de la Segunda Guerra Mundial, o el uso de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki contra Japón en el mismo conflicto.

Es, posiblemente, el lado más terrible del uso de la violencia para afirmar el poder. La propia Atenas actuó en línea con Cleón, en el caso de Melos, asesinando a todos sus varones y esclavizando a las mujeres y a los niños. Al final, perdió la guerra del Peloponeso.

No obstante, el dominio de su rival, Esparta, fue breve. Por su parte, tras los sucesos de la Segunda Guerra Mundial, no se vivió un tiempo de paz, sino de Guerra Fría.

Más allá del imperativo moral de rechazar la muerte de inocentes, la teoría y la ciencia política han buscado comprender un fenómeno tan atroz, con el fin de pensar en políticas que eviten su repetición. O al menos, reduzcan sus peores efectos.

EN CORTO
En síntesis, la literatura, el cine, la televisión, nos ofrecen relatos que nos recuerdan lo bueno y lo malo de la política, sus incertidumbres y sinsentidos, pero también su potencial transformador. Game of Thrones es parte de esta tradición. Ya tocará a los críticos evaluar sus resultado​s.

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