Putin aspira a ser el mejor amigo de Latinoamérica

Rusia nunca permitió que la geografía se pusiera en el camino de su destino. Por lo tanto, en años recientes, un creciente grupo de países de América Central y del Sur han aceptado los acercamientos del Kremlin.

Mandatario ruso, Vladimir Putin (Foto: Reuters)
Mandatario ruso, Vladimir Putin (Foto: Reuters)

(Bloomberg).- Cuando Donald Trump cene el lunes por la noche con presidentes latinoamericanos en la Torre Trump, la conversación podría ser tensa. Por un lado, el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, irritado por las declaraciones de Trump de que levantará un muro en la frontera con su país y le pasará la factura, ha rechazado la invitación.

Juan Manuel Santos, de Colombia, todavía está ofendido por la amenaza de Washington de quitarle al país su certificado de buena conducta en la guerra contra las drogas, en tanto Pedro Pablo Kuczynski de Perú ha hecho un llamado específico para que se tiendan “puentes”, no muros.

Pero el líder de Estados Unidos todavía tiene una oportunidad para escuchar a un fragmento de la Tierra que su gobierno ha marginado. Y aunque Trump intenta hacer buenas migas con sus vecinos no tan distantes, ya ha quedado rezagado en el juego diplomático. Y no solo por China: la incursión de dos décadas del poderoso país asiático en los recursos y mercados del Nuevo Mundo es parte del nuevo patrón normal en las Américas. Hoy, una Rusia que resurge quiere convertirse en el nuevo mejor amigo de América Latina.

Es verdad, el comercio y la inversión de Rusia en la región son solo una fracción comparado con los de China. Excepto por algunos recuerdos color sepia de la Guerra Fría, la influencia exportadora rusa es insignificante. La marca de autocracia de Vladimir Putin pasó de moda en la mayoría de los países latinoamericanos junto con los uniformes militares en los gobiernos, y el puerto más cercano de la región está a medio mundo de distancia de Moscú.

Por supuesto, Rusia nunca permitió que la geografía se pusiera en el camino de su destino. Por lo tanto, en años recientes, un creciente grupo de países de América Central y del Sur han aceptado los acercamientos del Kremlin. Si los clientes del mundo alguna vez fueron en pos de la maquinaria militar rusa –y algunos países latinoamericanos aún lo hacen–, otro tipo de generosidad rusa atrae últimamente clientes al sur del estrecho de Florida: el efectivo, la ingeniería y la experiencia en energía.

Se dice que Nicaragua está construyendo una estación satelital para reunir datos de inteligencia con tecnología rusa. Moscú está ayudando a Bolivia a armar instalaciones de “investigación nuclear pacífica”, y Rusia, prestamista de última instancia de Venezuela, ha duplicado sus préstamos, como me dijo Moises Naim, investigador distinguido del Carnegie Endowment for International Peace. Tan ansioso estaba el presidente venezolano Nicolás Maduro de albergar al gigante petrolero ruso Rosneft, que hizo que su siempre servicial Suprema Corte invalidara la Asamblea Nacional controlada por la oposición, que hasta entonces había tenido poder de veto sobre presupuestos y contratos. Venezuela es ahora el mayor proveedor de crudo de Rosneft fuera de Rusia, y se ha beneficiado de “prepagos” que la han ayudado a mantenerse al día con los pagos de la deuda.

Y no son solo los camaradas de ala izquierda de la “alianza bolivariana” los que han intimado con Moscú. Rosneft tiene en la mira a Brasil y México, ambos países dirigidos por gobiernos de centro derecha; el presidente de Argentina, Mauricio Macri, que abriga una posición favorable para los mercados, ha recibido con agrado el interés de Gazprom en el mayor mercado de gas de esquisto de América Latina.

Los nuevos vínculos entre Rusia y Latinoamérica pueden ser no tanto una reedición de la Guerra Fría como un adelanto de un nuevo y complicado orden mundial, donde muchos poderes rivales se disputan la influencia y el atractivo internacional. En tanto el alcance occidental de Putin se ha extendido más allá del dominio usual de Rusia, Latinoamérica también ha permitido que las ambiciones de Moscú vuelvan al escenario global.

Despreciada y aislada por su anexión de Crimea, Rusia se jugó la carta del mundo en desarrollo –después de todo, es miembro original de los BRICS– para obtener apoyo. De forma reveladora, con unas pocas excepciones notables, la mayoría de los gobiernos latinoamericanos evitaron ejercer presiones sobre Moscú, y luego de la campaña de Putin en 2014, varios firmaron acuerdos comerciales bilaterales para ayudar a Rusia a superar las sanciones internacionales.

Tal indulgencia provocó críticas. “Va contra todos los principios de respetar la ley internacional que Brasil siempre apoyó”, me dijo Paulo Velasco, miembro sénior del Centro Brasileño para las Relaciones Internacionales.

En parte, la explicación de tal aquiescencia podría ser sentimental. “Hay una fascinación con Rusia por la forma en que enfrentó a Estados Unidos durante tantos años”, dijo Oliver Stuenkel, que enseña relaciones internacionales en la Fundación Getulio Vargas en São Paulo. “Aprovecha los sentimientos contrarios a EE.UU. que aún perduran en la región y le asegura a Moscú que no habrá barreras ideológicas a sus avances”.

Entonces, ¿qué obtiene Latinoamérica a cambio de su cortafuego diplomático? “Esta es una sociedad estratégica”, dijo Velasco. “Este es un mundo multipolar, y Brasil y sus vecinos no quieren ser prisioneros de un gran socio”. Así como Moscú aprecia el amor, los líderes latinoamericanos también saben que Rusia probablemente no les planteará problema por temas de derechos humanos, políticas sospechosas u otros impedimentos éticos en sus países anfitriones.

Esto no significa que hacer negocios con la Rusia resurgente sea un paseo por la playa de Ipanema. En una reciente encuesta de Bloomberg Intelligence sobre los sectores de energía y materiales, por ejemplo, Rosneft tuvo la tasa de mortalidad más alta entre todas las compañías del índice Financial Times Stock Exchange All World.

“El problema es que, muchos de estos arreglos son muy opacos, y los detalles de pactos con empresas rusas a menudo se ocultan al público”, dijo Naim. Un ejemoplo es la treta de Venezuela para ayudar a Siria a eludir sanciones internacionales despachando petróleo sirio al Caribe a través de Rusia. Este es el tipo de problemas que pueden convertir a socios de conveniencia en parias problemáticos.

Por Mac Margolis

Esta columna no refleja necesariamente la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños.

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