Donald Trump no tiene idea de lo que significa ser Presidente

Vueltas en U, la autoestima y los equívocos no son cosas que se necesitan para el cargo.

Los defensores del Presidente Donald Trump ofrecen dos argumentos a su favor: que es un hombre de negocios que frenará los excesos del Estado, y que ayudará a Estados Unidos a ponerse de pie de nuevo mediante la demolición de los tabúes políticamente correctos de las élites, del establishment de izquierda. Desde el principio, estos argumentos parecían ilusiones. Después de la conferencia de prensa del señor Trump en Nueva York el 15 de agosto, están en ruinas.

Las declaraciones sin guión fueron su tercer intento de lidiar con los violentos enfrentamientos de Charlottesville, Virginia, el fin de semana. En ellas, el Presidente retrocedió en la condena a los supremacistas blancos que habían marchado para protestar contra la remoción de una estatua de Robert E. Lee, un general confederado, y pelearon con contramanifestantes, entre ellos algunos de izquierda. En Nueva York, con su nuevo jefe de gabinete viendo la escena abatido, el señor Trump insistió con vehemencia, recalcando una vez más que había culpa “de ambos lados”. No dejó ninguna duda de cuál de esos lados se encuentra más cerca de su corazón.

Trump no es un supremacista blanco. Repitió sus críticas a los neonazis y habló en contra del asesinato de Heather Heyer. Aun así, su inconsistente respuesta contiene un terrible mensaje para los estadounidenses. Lejos de ser el salvador de la República, su Presidente es políticamente inepto, moralmente estéril y temperamentalmente impropio para el cargo.

Daño autoinfligido
Comencemos con la ineptitud. En las elecciones presidenciales del año pasado, el señor Trump hizo campaña contra la clase política con un efecto devastador. Sin embargo, esta semana ha fracasado en las pruebas políticas más simples: encontrar una manera de condenar a los nazis.

Tras haberse equivocado en su primera conferencia de prensa el sábado, el señor Trump dijo lo que se necesitaba el lunes, y luego deshizo todo su buen trabajo el martes, uniendo brevemente a Fox News y a Mother Jones en sus críticas, seguramente por primera vez. A medida que los líderes empresariales comenzaron a renunciar en masa a los consejos de asesores, la Casa Blanca los disolvió. Sin embargo, el señor Trump obtuvo el respaldo de David Duke, ex Mago Imperial (jefe) del Ku Klux Klan.

La extrema derecha hará más protestas en todo Estados Unidos. Trump ha complicado la tarea de contener sus marchas y mantener la paz. El daño se extenderá al resto de su agenda, también. Su última conferencia de prensa se suponía que se trataba de sus planes para mejorar la infraestructura de Estados Unidos, que requerirá el apoyo de los demócratas. Inútilmente retrasó esos esfuerzos, como lo ha hecho con tanta frecuencia en el pasado.

La “Semana de la infraestructura” en junio fue eclipsada por una investigación sobre la intromisión de Rusia en las elecciones, una investigación que el señor Trump ayudó a levantar al despedir al director del FBI, en un arranque de orgullo herido. Del mismo modo, la derogación del Obamacare no resultó, en parte, porque le faltaba el conocimiento y el carisma para ganarse a los republicanos rebeldes.

Él reaccionó a ese revés despreciando al líder republicano del Senado, cuya ayuda necesita para aprobar la legislación. Hasta ahí llegamos con lograr hacer las cosas.

La ineptitud política de Trump proviene de un fracaso moral. Algunos contramanifestantes eran de hecho violentos, y el señor Trump podría haber incluido palabras duras contra ellos en alguna parte de sus observaciones. Pero igualar la protesta y la contraprotesta revela su superficialidad. Las imágenes de video muestran a los manifestantes llevando pancartas fascistas, agitando antorchas, blandiendo palos y escudos, cantando “los judíos no nos reemplazarán”. Los videos de la contrademostración muestran en su mayoría a los ciudadanos promedio que gritan a sus oponentes.

Y tenían razón al hacerlo: los supremacistas blancos y los neonazis anhelan una sociedad basada en la raza, una idea contra la cual Estados Unidos peleó una guerra mundial. La aparentemente sincera defensa del señor Trump de aquellos que marchaban para defender las estatuas confederadas señaló hasta qué punto las lamentaciones de los blancos y una nostalgia rabiosa y amarga forman parte de su visión del mundo.

En la raíz de todo está el temperamento del señor Trump. En tiempos difíciles, un Presidente tiene el deber de unir a la nación. Trump lo intentó en la rueda de prensa del lunes, pero no pudo sostener el esfuerzo ni siquiera por 24 horas, porque no puede ver más allá de sí mismo. Un Presidente tiene que estar por sobre el conteo de quién gana más puntos y actuar en razón del interés nacional.

El señor Trump no puede ver más allá de lo último que ha ocurrido. En lugar de comprender que su trabajo es honrar la oficina que heredó, el señor Trump se preocupa solo de honrarse a sí mismo y tomar el crédito por sus supuestos logros.

Los presidentes han llegado al puesto de muchas formas, y aún así han tomado las riendas del cargo. Ronald Reagan tenía una brújula moral y se conocía a sí mismo lo suficiente como para delegar tácticas políticas. Lyndon B. Johnson era un hombre difícil, pero tenía la habilidad de lograr muchas cosas buenas. El señor Trump no tiene ni habilidad ni el autoconocimiento, y esta semana demostró que no tiene el carácter de cambiar.

Este es un momento peligroso. Estados Unidos está partido en dos. Después de amenazar la guerra nuclear con Corea del Norte, meditar una invasión a Venezuela y equivocarse sobre Charlottesville, el señor Trump todavía tiene el apoyo de cuatro quintos de los votantes republicanos. Esa popularidad hace que para el país sea aún más difícil unirse.

Esto lleva a la cuestión de cómo los republicanos en la vida pública deben tratar a Trump. Los que están en la administración enfrentan una difícil elección. Algunos se sentirán tentados a dimitir. Pero sus asesores, en particular los tres generales que están sentados en la cúspide del Pentágono, el Consejo de Seguridad Nacional y en la jefatura del gabinete de Trump, están mejor situados que nadie para frenar los peores instintos de su comandante en jefe.

Un agujero con forma de Oficina Oval
Para los republicanos en el Congreso, la elección debe ser más clara. Muchos se taparon sus narices y respaldaron al señor Trump porque pensaban que iba a avanzar en su agenda. Ese negocio no ha dado resultado. El señor Trump no es un republicano, sino la única estrella de su propio drama. Al atar su suerte a la suya, están perjudicando a su país y su partido.

Sus torpes intentos de hablar, sencillamente solo sirven para envenenar la vida nacional. Cualquier ganancia de una reforma económica -el mercado de valores al alza y el bajo desempleo se deben más a la economía global, a las empresas de tecnología y la debilidad del dólar que a él- vendrá con un precio inaceptable.

Los republicanos pueden frenar a Trump si así lo desean. En vez de entregarse a sus desaciertos con esperanza de que algo bueno vendrá de él, deben condenarlos. Los mejores de ellos lo hicieron esta semana. Otros deben seguir.

El Mercurio
Red Iberoamericana de Prensa Económica (RIPE)

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