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The Economist: Los males de la democracia latinoamericana

The Economist. La decadencia política es una amenaza tan grande como el autoritarismo.

Costa Rica

Costa Rica

Antonio Alvarez Desanti, del Partido Liberación Nacional (PLN) y Carlos Alvarado (corbata roja), del Partido Acción Ciudadana (PAC). (Foto: Reuters)

Este año se celebra el 40 aniversario del inicio de la ola democrática que barrió América Latina y convirtió a los dictadores militares en un desastre político. Es un aniversario teñido de tristeza. La democracia está en retirada en todo el mundo, mientras los académicos identifican a más de dos docenas de países que han vuelto al autoritarismo en este siglo. Muchos también se preocupan por el futuro de la democracia en América Latina.

De hecho, la democracia se ha mantenido sorprendentemente bien en la región. Solo hay dos casos claros de regresión. Venezuela y Nicaragua han abolido los límites de mandato y sus presidentes electos ahora gobiernan como dictadores. Otros dos países son signos de interrogación. Tanto en Honduras como en Bolivia, los presidentes de turno han logrado que los tribunales dejen de lado los límites de mandato. Ambos gobiernan como autócratas. Aun así, en Bolivia, Evo Morales, un presidente exitoso desde el 2006, puede tener dificultades para ganar una elección que se realizará en el 2019.

Ecuador, donde Rafael Correa gobernó de manera similar durante una década hasta el 2017, podría haber estado en esa lista. El sucesor de Correa, Lenín Moreno, al principio parecía estar solo reservándole el puesto. Pero ha demostrado tomar sus propias decisiones. El 4 de febrero, los ecuatorianos aprobaron en un referéndum, por 64% contra 36%, la reimposición de un límite de dos períodos para todos los funcionarios electos. Esto bloqueó el futuro regreso de Correa.

Una preocupación más grande que la regresión en América Latina es la decadencia política: "cuando los sistemas políticos no se ajustan a las circunstancias cambiantes" debido a la oposición de arraigadas partes interesadas, como lo expresa el politólogo Francis Fukuyama. De forma preocupante, ese es el caso de Costa Rica, el ejemplo más antiguo y aparentemente más fuerte de las democracias de la región.

Ninguno de los dos partidos que forjaron esta democracia y gobernaron desde 1948 hasta el 2014 -el Partido de Liberación Nacional (PLN) y los socialcristianos- tienen candidatos en la segunda vuelta electoral para la presidencia del país, programada para el 1 de abril.

Más bien, la contienda contará con Fabricio Alvarado, pastor evangélico y cantante de gospel cuya propuesta principal es la oposición al matrimonio gay, y Carlos Alvarado (sin parentesco), cuyo Partido Acción Ciudadana (PAC) ha estado en el poder desde el 2014. Ganó solo diez de los 57 escaños en la nueva asamblea legislativa en las elecciones del 4 de febrero.

Fabricio, que fue el único legislador de su partido hasta esas elecciones, comienza la segunda vuelta como el favorito. Su ascenso es circunstancial: le debe todo a la opinión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos el mes pasado de que Costa Rica debería legalizar el matrimonio gay. Solo el 32% de los costarricenses está de acuerdo (aunque eso es un aumento frente al 17% en el 2012), según LAPOP, una encuesta regional con sede en la Universidad de Vanderbilt en Tennessee.

Pero el malestar político en Costa Rica es mucho más profundo. El apoyo al sistema político, medido en un índice compuesto elaborado por LAPOP, ha disminuido de 87% en 1983 a 62% en el 2016. La corrupción es una razón. Pero esto fue mucho peor en la década de 1970, observa Kevin Casas Zamora, un politólogo y ex vicepresidente de Costa Rica. "Es una explicación muy fácil para enfermedades muy complejas", dice.

Costa Rica es en muchos sentidos un país exitoso. Se ha abierto a la globalización, diversificando su economía con nuevas industrias, como dispositivos médicos, ecoturismo y energía renovable. Pero los políticos no han logrado lidiar con el aumento del crimen, la desigualdad de ingresos y la pobreza. Eso se debe en parte a que durante muchos años no han logrado aprobar un aumento en los ingresos fiscales, que al ubicarse en 14% del PBI son bajos para el nivel de desarrollo del país. Y eso a su vez se debe a la fragmentación de la política local (ahora hay siete partes en la asamblea). Simplemente hay demasiados poseedores de veto.

En América Latina, incluso cuando lo nuevo nace, lo viejo tiende a no morir. El PAC socialdemócrata se enfrenta al PLN pero no ha logrado acabar con él: con 17 escaños, el PLN será el partido más grande en la nueva asamblea. Costa Rica sufre un círculo vicioso en el que los votantes buscan nuevos actores políticos a quienes les va tan mal como a los viejos, dice Casas. El actual presidente, Luis Guillermo Solís, era una vez un rostro nuevo que no pudo acordar el presupuesto o reformar los impuestos.

Los problemas de Costa Rica son una señal de la actual época en la región. Los protestantes evangélicos son una fuerza política en ascenso en varios países, ya que las "guerras culturales" abren una nueva brecha política. Eso se aplica en Brasil, Guatemala y Perú, y es un mal augurio para los derechos de las mujeres y los homosexuales. La fragmentación política va en aumento, especialmente en Brasil y Colombia. Los partidos de vieja escuela se han convertido en conchas vacías, pero en muchos países aún no han sido reemplazados.

Sin embargo, los electorados son mucho más exigentes porque las sociedades latinoamericanas han cambiado drásticamente. Los sistemas políticos están luchando por evolucionar a la par. La democracia está muy viva en la región. Pero no está del todo bien.

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