WASHINGTON (AP) .- Durante una visita a en el primer mandato del presidente , el entonces secretario de Defensa, Robert Gates, se quedó sorprendido al ver un teléfono en el cuartel de operaciones militares estadounidenses que se enlazaba directamente con un alto funcionario de seguridad nacional en la Casa Blanca.

"Yo estaba de pie en el lugar y les solicité que lo quitaran", declaró Gates cuando relató en noviembre ese hallazgo. "Dije a los comandantes 'si reciben una llamada de la Casa Blanca, díganles que se vayan al demonio y comuníquense conmigo''', agregó.

Para Gates, el teléfono en Kabul simbolizó las acciones de Obama para tener un control excesivo sobre el Pentágono y centralizar la toma de decisiones en la Casa Blanca.

El sucesor de Gates, Leon Panetta, reiteraría después públicamente esas críticas de manera tajante.

El tercer jefe del Pentágono en la presidencia de Obama, Chuck Hagel, fue escogido en parte porque se creyó que sería más sumiso con el círculo de asesores cercanos al mandatario en la Casa Blanca.

Sin embargo, con el tiempo, Hagel también terminó decepcionado ante lo que describió como la visión parca del Ala Oeste de la Casa Blanca.

Ha habido quejas similares de otros funcionarios del gabinete, pero las fricciones entre la Casa Blanca y el Pentágono han sido agudas en particular en los seis años de la presidencia de Obama.

Esta dinámica al parecer ha afectado la capacidad del presidente para encontrar al sustituto de Hagel, quien renunció el lunes a solicitud de Obama.

A las pocas horas, la ex funcionaria del Pentágono, Michele Flournoy, se excluyó del cargo en una llamada que hizo a Obama, aun cuando se le consideraba ampliamente la favorita del mandatario y habría sido la primera mujer en el cargo.

Flournoy arguyó cuestiones familiares, pero allegados a ella afirman que también tuvo sus reservas sobre las restricciones que enfrentaría igual que Hagel y quizá querría esperar por el puesto en caso de que otro demócrata, quizá Hillary Rodham Clinton, gane la presidencia en 2016.

Quien finalmente sea nombrado al cargo por Obama será parte de un equipo de seguridad nacional que ha sido blanco de intensas críticas por su tipo de reacción ante el surgimiento del grupo Estado Islámico en Siria e Irak.

El presidente ha autorizado ataques aéreos en ambos países y enviado unos 3.000 efectivos estadounidenses para que adiestren y asistan a las fuerzas de seguridad iraquíes.

Obama se ha opuesto al envío de soldados estadounidenses a zonas de combate e insiste en que la campaña militar no tiene como fin el derrocamiento del presidente sirio Bashar Assad, cuya acometida contra los civiles durante tres años y medio contribuyó a crear el caos que permitió el fortalecimiento del Estado Islámico.

El panorama de la política exterior parece muy distinto del que Obama concibió cuando se postuló para la Casa Blanca con el compromiso de poner fin a las guerras en Irak y Afganistán.

En el Pentágono se considera que Obama ha sido excesivamente suspicaz del mando militar y de la inclinación de éste a recurrir al uso de la fuerza para la solución de problemas.

Para algunos en el Pentágono, la postura del mandatario frente al mando militar parece de frialdad e indiferencia en comparación con la de su predecesor, el republicano George W. Bush, quien tenía gran disposición a acoger y aceptar las opiniones del mando militar.