Por Enrique ObandoEspecialista en temas de inteligencia y geopolítica

En los últimos doscientos años ha existido una clara tendencia geopolítica en Europa Oriental. Cuando es fuerte incorpora a los países de su entorno inmediato, cuando Rusia es débil, los pierde. En 1917 Rusia, derrotada por Alemania y en guerra civil, perdió Finlandia, la parte rusa de Polonia, y los países bálticos. En 1945, tras la Segunda Guerra Mundial, una Rusia soviética fuerte recuperó los países bálticos, una parte de Finlandia, una parte de Polonia y formó un cinturón de países satélites. En 1990 y 1991, con la disolución de la Unión Soviética, Rusia nuevamente débil, se dividió en 15 repúblicas y perdió el cinturón de países satélites. Los norteamericanos pensaron que Rusia desaparecería del escenario geopolítico por 50 años. En realidad desapareció por 17 años. Hoy día Rusia es nuevamente fuerte y podemos esperar que busque recuperar parte de su exterior próximo. Esto para Rusia es una necesidad geopolítica.

Rusia está rodeada de grandes potencias y tiene un territorio vasto que resulta indefendible. Esto la ha llevado, desde la época de los zares, a buscar fronteras naturales como cordilleras o mares que ayuden en su defensa. Hacia occidente, sin embargo, no hay fronteras naturales. Desde Francia hasta Moscú hay una gran llanura que ha sido recorrida dos veces en dirección este, una por Napoleón y la otra por Hitler. Ante la ausencia de obstáculos naturales, Moscú ha buscado la profundidad, es decir poner la mayor cantidad de territorio entre las fronteras de los países occidentales y Moscú. Esto significa correr la frontera hacia occidente, en lo que occidente ve como expansionismo y Moscú entiende como una acción defensiva. Sin embargo, la caída de la URSS ha corrido la frontera hacia el este. En 1989 Moscú estaba a 1,200 millas de las fronteras de la OTAN, hoy, si Ucrania virara hacia occidente estaría a solo 200 millas. En el Báltico, San Petesburgo estaba a 1,000 millas de de la OTAN, hoy está a solo 100. Esta es una situación que Rusia buscará cambiar.

A pesar de que ya no hay una diferencia ideológica con Moscú, Occidente no buscó incorporarla dentro de la como un aliado más. Incorporó más bien a casi todos los ex países comunistas y a algunas ex repúblicas soviéticas, dejando a Rusia fuera, en lo que los rusos entendieron como una movida en contra de sus intereses. La OTAN, más bien, contempló la posibilidad de incorporar a Kiev y colocar un escudo antimisiles para la defensa de Europa en Ucrania, en la misma frontera rusa. Esta era una medida que Rusia no podía permitir. Lo que a continuación vino fue una lucha interna por el gobierno de Kiev, pasando el poder de una manos a otras, desde la revolución naranja pro occidental, el gobierno de Yanukovich pro ruso, hasta las marchas en contra de este último que llevó a su salida del país en lo que los rusos consideran un golpe de Estado. Acto seguido Rusia sigue considerando a el legítimo gobernante y ha pasado a ocupar Crimea, en donde está la base naval rusa de Sebastopol, que domina el Mar Negro y permite la proyección rusa al Mediterráneo, al puerto de Tartus en Siria. Perder esa base es un lujo que los rusos no pueden permitirse. Se apoyan para ello en el hecho de que existe una gran mayoría de población étnicamente rusa en Crimea que ha recibido cálidamente a las tropas. Para el caso, también el Este y el Centro Este de Ucrania tienen mayoría de población étnicamente rusa, en el primer caso en un 92.7% y en el segundo en un 59.3%. Ya Rusia utilizó el tema de mayorías rusas en provincias de su entorno cercano en el caso de Ossetia del Sur y Abkhazia, que se independizaron de Georgia con apoyo militar ruso. A esto ayuda un Estados Unidos débil por la crisis económica, con un presupuesto militar reducido y con fuerzas sobre extendidas y una Europa también en crisis y dependiente del gas ruso. No deja de ser sorprendente que la geopolítica de hoy se parezca a la de 1937.