Socio Fundador de Cano & Mc Gregor

En los años noventa se puso de moda el Mario Kart, un videojuego de carreras de autos con todos los personajes del mundo de Mario Bros donde, a medida que se avanzaba en la carrera, se podían acceder a diversos “power-ups” que aumentaban la velocidad y permitían tener una ligera ventaja frente a los demás competidores para así poder ganar la carrera. Después de muchos años entendí porqué el juego era tan entretenido: el final podía ser impredecible por el efecto de los “power-ups” que podían voltear el resultado de un momento a otro.

La lógica del juego buscaba la competencia y nivelaba la performance de los jugadores brindando los mejores “power-ups” a los que estaban al final de la carrera. Así se inducía a mantener el juego competitivo para todos. Eso no significaba que castigaban a los mejores pues, de manera aleatoria, podían acceder a un “power-up”, pero claramente el juego estaba diseñado para que todos tengan chance de lograr el primer lugar y que sea realmente un reto mantenerlo.

Si la vida fuera un juego de Mario Kart, donde ganar la carrera signifique haber acumulado mayor riqueza, habría una inconsecuencia. En la realidad, los “power-ups” están diseñados para beneficiar siempre a los que están adelante. Podemos dar una larga lista: menor costo de capital de créditos, mayor acceso a oportunidades de negocio, a educación de calidad, a descuentos en compras, a mejores oportunidades laborales, a mejores servicios de salud, a más tiempo de ocio con la familia al tener empleo formal con disponibilidad de vacaciones, entre otros.

Para los especialistas en economía y finanzas esto no es una sorpresa. El costo de capital es una función del riesgo de repago, con lo cual mientras más riqueza se tiene, aquello representa menor riesgo y, por lo tanto, el capital es más barato. En la contraparte, mientras menos riqueza se tenga, aquello representa mayor riesgo y, por lo tanto, el capital es más caro. Por ello, en el segundo caso, los financiamientos son más difíciles y los procesos son más burocráticos pues se tiene que pasar más “filtros”. En consecuencia, no se puede acceder a los mejores “power-ups”.

Entonces invito a la siguiente reflexión: ¿qué pasaría si la lógica fuera más parecida a la de Mario Kart? Es decir, que los que están en la cola de la carrera pudieran recibir mejores “power-ups” que los nivelen y así hacer el juego más competitivo para todos. En teoría no sería descabellado. Suena como algo lógico: nivelar el campo y dar igualdad de acceso a oportunidades. Sin embargo, bajo el paradigma actual, es virtualmente imposible porque el costo de capital –el mejor “power-up” de todos–, sigue siendo una función del riesgo de repago y este depende principalmente del puesto que se tenga en la carrera.

La reflexión me ha llevado a concluir que la forma de medir el costo del capital es insuficiente. Como sociedad buscamos el mayor bienestar para nosotros y nuestras familias, y así no nos guste, eso está intrínsecamente ligado al bienestar de toda la sociedad con la que convivimos y en la que nos desarrollamos. Una sociedad con mejor educación y salud tiene un impacto colectivo positivo que irradia a todos los miembros, independientemente de su lugar en la carrera.

Si es así, entonces propongo que agreguemos al costo de capital el valor que aporta ese capital a la sociedad. De esa forma, si se está al final de la carrera y se necesita capital para dar educación, salud y vivienda a los hijos, sabemos que ese capital generará muchísimo más valor para la sociedad al tener mejores ciudadanos en el futuro, con lo cual, a pesar que el riesgo de repago inmediato parece alto, el valor que genera es tanto mayor que tendría sentido reducir el costo y dar mejores “power-ups”.

El concepto de riesgo clásico es absolutamente insuficiente para aquellos sectores que son esenciales para asegurar una mejor sociedad en el futuro y que en nuestro país tienen las mayores deficiencias: Salud, Educación y Seguridad Ciudadana. La calidad de sus políticas tiene una profunda correlación con el bienestar social y contribuyen de manera natural con el desarrollo económico. Dejemos evaluar el riesgo para esos sectores y vertamos todos los recursos que sean necesarios. El Estado tiene la responsabilidad de que las políticas públicas prioricen el desarrollo sostenido de largo plazo. Por ello debemos dejar de pensar en sus costos y empecemos a pensar en los resultados y los buenos ciudadanos que esto generará en veinte años. Sólo así dejaremos de ser un mendigo sentado en un banco de oro.