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Editorial: Ser pobre en el Perú

Editorial de Gestión. "Merece más atención la medición que considera las necesidades básicas insatisfechas”.

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RESULTADOS 2018. En el periodo 2006-2016, la pobreza disminuía año tras año. Esa tendencia se rompió en el 2017, en gran parte por los efectos de El Niño costero pero también por la desaceleración de la economía y el descuido del Gobierno de entonces en la política social. El año pasado, según el INEI, la pobreza volvió a retroceder: 313,000 personas dejaron de ser pobres, respecto del 2017. Esos datos corresponden a la “pobreza monetaria”, que mide la capacidad de gasto en bienes y servicios básicos.

El INEI fijó la “línea de pobreza” en S/ 344, por persona y mensual, aunque se trata de un promedio ponderado, pues asignó montos distintos por región natural y por ámbito rural y urbano, además de uno diferente para Lima Metropolitana. Quienes subsisten con menos de tales montos son considerados pobres (17.7% de la población del país), mientras que son pobres extremos quienes no pueden costearse una canasta que solo incluye alimentos básicos, por S/ 183 mensuales, en promedio (2.8% de la población).

Así, el año pasado vivían en el Perú 6.6 millones de personas en condiciones de pobreza monetaria (20.5% de la población total, la tasa más baja desde que comenzó a medirse este indicador). Lo más resaltante es que la pobreza extrema disminuyó un punto porcentual. Otro dato significativo es el porcentaje de pobres que trabajan: 70.3%, muy cercano al 71.4% de quienes no lo son, lo que derrumbaría el argumento facilista de que las personas “son pobres porque no trabajan”.

Lo que sucede es que sus bajos ingresos están relacionados con el tipo de empleo al que pueden acceder, ya que el 83.7% labora en micro y pequeñas empresas –que generalmente son informales–, y en ocupaciones que exigen poca especialización. Es que una característica de la pobreza en el país es el bajo nivel de instrucción, así como su mayor incidencia en los menores que en otros grupos etarios. En suma, la precariedad laboral y educativa, así como el riesgo de que la pobreza afecte el futuro de niñas, niños y adolescentes, son problemas que no pueden pasarse por alto.

También merecen más atención otras mediciones de la pobreza, como las necesidades básicas insatisfechas (NBI). El INEI también aplica esta metodología, pero no le otorga la misma importancia. No obstante, algunos datos de su informe dan cuenta de cómo viven los pobres peruanos: el 42.3% de sus casas es de adobe o quincha, el 58.2% tiene piso de tierra, el 10.6% se abastece de agua de ríos, acequias o similares, y el 32.9% elimina sus excretas en pozos sépticos o ciegos. Estamos demasiado lejos de cantar victoria.

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