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Editorial: Cuatro años perdidos 

Editorial de Gestión. "Las reformas tendrán que diseñarse teniendo en mente el impulso de la competitividad de la manufactura no primaria de exportación".

Manufactura (Foto: Andina)

Manufactura (Foto: Andina)

Manufactura (Foto: Andina)

Foto: Andina

INDUSTRIA. Las cifras del BCR confirman lo informado por la Sociedad Nacional de Industrias (SNI): desde que se comenzó a calcular la producción manufacturera, en 1951, nunca este sector se había contraído cuatro años consecutivos. Hasta ahora, el vergonzoso récord lo ostentaba el primer gobierno de Alan García, con tres caídas seguidas (1988-90). En esa época, toda la economía nacional se encontraba en recesión, el entorno externo era desfavorable y la política económica consistía básicamente en la emisión inorgánica y el control de precios, que desembocaron en hiperinflación.

Si bien el modelo económico actual es completamente opuesto al que aplicó el régimen aprista, y ha logrado un cuarto de siglo de estabilidad de las cuentas nacionales, la lentitud con la que se han estado aplicando reformas estructurales claves ha causado que los fundamentos de la industria continúen débiles y, por tanto, vulnerables ante retrocesos de la demanda, tanto interna como externa. Como consecuencia, las proyecciones de recuperación del sector se basan en efectos exógenos y no en sus fortalezas internas –porque casi no las tiene–.

Antes de ahondar en qué reformas están pendientes, hay que recordar lo que se ha perdido en el periodo 2014-17: 75,000 puestos de trabajo (según la SNI), 6.52% del PBI manufacturero primario (medido en soles del 2007) y 6.48% del no primario, que representa más de tres cuartas partes del sector, aporta más valor agregado y genera más empleo adecuado y formal. Entre los numerosos rubros en recesión figuran prendas de vestir, conservas de alimentos, madera y muebles, maquinaria eléctrica, productos metálicos y hasta materiales para la construcción.

¿Qué se tiene que hacer? Son cuatro grandes campos de acción que reforzarán la sostenibilidad de mediano y largo plazo de la industria, y reducirán su dependencia de la política fiscal expansiva y su vulnerabilidad ante shocks de demanda: una reforma laboral que flexibilice las condiciones de contratación y despido, un régimen tributario que promueva la formalización, una regulación que no sea obstruccionista y la inversión en infraestructura, sobre todo para acceder a los mercados internacionales.

El mercado peruano es pequeño, de modo que estas reformas tendrán que diseñarse teniendo en mente el impulso de la competitividad de la manufactura no primaria de exportación. Según el informe Doing Business 2018, el Perú es uno de los poquísimos países que no realizó ninguna reforma estructural entre junio del 2016 y junio del 2017. ¿Seguiremos así?

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