EXPECTATIVAS. Más que un paquete de salvataje –la economía peruana no está hundiéndose–, lo que el Gobierno anunció la semana pasada fue una , pues las recurrentes malas noticias amenazaban con traerse abajo el poco buen ánimo que les quedaba a los .

Es que ya no era suficiente con informar que nunca se han concesionado más obras de infraestructura como ahora o que el PBI nacional seguirá creciendo por encima del promedio latinoamericano.

Lo que hacía falta era estimular las perspectivas con medidas coherentes que apuntasen a aliviar el peso burocrático que la actividad privada formal sigue padeciendo.

Entre ellas, figura la flexibilización de las normas de seguridad laboral, que, según el MEF, a las empresas, además de la reducción de costos tributarios, entre otras disposiciones.

Ahora le toca el turno al Congreso, que deberá transformar el paquete en leyes, y confiamos en que no se enfrascará en sus habituales discusiones bizantinas ni se distraerá con el Mundial y aprobará las normas necesarias sin dilación.

Luego vendrá la aplicación del paquete, lo que implicará nuevos retos para la coordinación entre ministerios y otras entidades públicas. Los antecedentes no despiertan entusiasmo –hace dos años el MEF lanzó un paquete para impulsar las exportaciones, pero no llegó a aplicarse por completo–, pero hay que recordar que hasta hace unos meses parecía imposible enderezar la descentralización y hoy es muy probable que se actuará en ese sentido.

Consideramos que el mensaje del Gobierno tiene que incidir en que este paquete es de estímulo, de modo que sus resultados se materializarán en el mediano y largo plazo.

Lo que no veremos será un salto al estilo de los años noventa en el crecimiento del PBI de este año, sino cambios a nivel microeconómico que mejorarán el perfil del sector productivo peruano.

Y mientras se ejecuta este paquete, esperamos que no se dejen de lado otros proyectos modernizadores de la economía como, por ejemplo, la reducción de la informalidad.