Apostando por el futuro de la humanidad

Según el nuevo reporte del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, las temperaturas promedio no han aumentado durante los últimos quince años, a pesar de que la emisión de gases invernaderos entre el 2000 y el 2010 representa un cuarto de toda la emisión humana desde 1750.

*Por: Gastón Yalonetzky
Director de las maestrias de Economía y Economía y Finanzas de la Universidad de Leeds*

¿Se trata de una pequeña pausa en una tendencia variable pero ascendente? ¿O acaso es posible que la temperatura planetaria se esté volviendo menos sensible a nuestra emisión de gases? Las implicaciones de conocer la verdadera tendencia de la temperatura son muy serias: un alza de cinco grados Celsius durante el próximo siglo tendría consecuencias mucho más negativas que un alza menor, de sólo dos grados digamos. Por ejemplo, con un alza menor, la construcción de diques ante la elevación del nivel del mar, y otras políticas de adaptación afines que buscan gestionar las consecuencias del cambio sin hacer nada por impedirlo, podrían ser más costo-efectivas que políticas de mitigación, como la reducción de gases invernaderos, específicamente diseñadas para frenar el alza en primera instancia. Ante la falta de evidencia concluyente (por el momento) es comprensible que existan desacuerdos sobre el futuro del cambio climático y las políticas más adecuadas para enfrentarlo.

¿Qué opinarían si alguien les ofrece la siguiente apuesta? Si el alza de la temperatura en los próximos cincuenta años es de menos de 3 grados, ustedes ganan cien mil dólares. En caso contrario ustedes pierden (o viceversa). ¿Se animarían? ¿O suena poco respetuoso, dada la seriedad del asunto?

Interesantemente, no sería la primera vez que personas (de renombre) apuestan sobre el futuro de la humanidad. En 1980, el biólogo Paul Ehrlich aceptó una peculiar propuesta del economista Julian Simon. Ehrlich tenía que elegir cinco materias primas (optó por el cromo, cobre, níquel, estaño y tungsteno) para que luego ambos inviertan en cada una de ellas doscientos dólares. Luego de diez años, en 1990, si la inversión estaba por encima de los mil dólares, Simon pagaría a Ehrlich la diferencia. De otro modo, Ehrlich abonaría a Simon la brecha con respecto al valor reducido. Llegada la fecha, Ehrlich tuvo que pagar más de 500 dólares. ¿Cuál era la lógica de esta apuesta? Ehrlich postulaba una opinión muy pesimista frente al crecimiento de la población mundial. Pensaba que llevaría a escasez de recursos y graves penurias. Esta escasez se diagnosticaría, naturalmente, en mayores precios. Simon, en cambio, era muy optimista. En su opinión, mientras se permitiera que los precios de una economía relativamente libre reflejen la escasez, y a su vez se fomentara la innovación, habría incentivo suficiente para que eventualmente se encuentren soluciones tecnológicas a cualquier (temporal) cuello de botella en energía, alimentos, recursos, etc.

Ganó Simon, por lo visto.

No tan rápido. Cuando fue pactada la peculiar apuesta, era dificilísimo saber que los precios de muchas materias primas subirían, o mínimamente fluctuarían, fenomenalmente durante las primeras décadas del siglo XXI. A tal punto que, en retrospectiva, podemos decir que cualquiera de las dos partes habría ganado dependiendo de la arbitraria elección de la fecha de inicio y la fecha de pago. Entonces: ¿en qué quedamos? Hoy reconocemos que la apuesta era simplista, considerando, por ejemplo, que los precios de los commodities dependen de muchos otros factores, como el crecimiento de China y la India, la reciente crisis financiera, etc. Asimismo, si bien el razonamiento de Simon es teóricamente correcto, no nos dice nada sobre el incierto tiempo que toma producir las innovaciones tecnológicas capaces de reducir los precios. Más importante aún, el consenso actual reconoce que ambas posiciones, la de Ehrlich y la de Simon, eran, cada una a su manera, extremistas. Hoy por hoy no solo observamos que la población se estabiliza en algunos de los países más grandes del planeta, sino que además rara vez su crecimiento es la causa última de los problemas que se le atribuye. Ciertamente puede exacerbar problemas existentes, pero en general es más que nada un síntoma: de la pobreza familiar, de la falta de autonomía femenina, de malas instituciones, de atraso tecnológico…En fin, del subdesarrollo.

Volviendo al tema del cambio climático. ¿Se animarían a poner plata por alguna de las opciones mencionadas? Recordemos el escenario: Hace 15 años que las temperaturas se han mantenido estables a pesar de que la emisión de gases sigue en aumento. ¿Reflejo de una pequeña pausa, o de algún cambio fundamental en el comportamiento de nuestro planeta? Si algo tienen en común las predicciones a largo plazo de los precios de commodities y de las temperaturas terrestres es que son tareas muy difíciles que requieren de un conocimiento muy experto sobre sistemas complejísimos. La impresión que queda de leer algunos reportajes sobre el cambio climático es que aún no conocemos lo suficientemente bien el comportamiento del planeta como para poder hacer proyecciones con un mínimo de confiabilidad. A menos que podamos mejorar nuestro conocimiento a tiempo, no nos va a quedar otra opción que decidir un rumbo a seguir en medio de una incómoda incertidumbre, apostando por el futuro de la humanidad.

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