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Lo que Venezuela necesita para salir del caos

Para el economista egipcio  Mohamed El-Erian, la prolongada miseria venezolana no es solo intensa y masiva, sino que además traspasa sus fronteras.

Apagón en Venezuela

Crisis en Venezuela: Un apagón masivo mantiene este jueves a oscuras a Caracas y amplias regiones de Venezuela. (Foto: AFP)

Crisis en Venezuela: Un apagón masivo mantiene a oscuras a Caracas y amplias regiones de Venezuela. (Foto: AFP)

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Los apagones eléctricos masivos que ocurrieron en Venezuela el viernes fueron otro recordatorio de una situación trágica que empeora cada día, acercando al país a la línea que separa a un Estado frágil de uno fallido y colapsado.

A medida que aumenta el terrible sufrimiento humano y la situación política se polariza aún más, la comunidad internacional estaría preparándose para respaldar una transición ordenada y por una razón muy simple: la prolongada miseria venezolana no es solo intensa y masiva, sino que además traspasa sus fronteras.

La situación en Venezuela es bien retratada por la siguiente declaración de David Lipton, citado hace poco por el Financial Times. El primer subdirector gerente del Fondo Monetario Internacional señaló correctamente que "Venezuela experimenta una situación extremadamente compleja, una de las más complejas que hemos visto... es una crisis de alimentos y nutrición, de hiperinflación y un tipo de cambio desestabilizado, de capital humano y capacidad productiva física en debilitamiento y una situación de deuda muy complicada".

Venezuela es uno de los retos más difíciles que ha enfrentado la comunidad internacional en lo que respecta a restaurar el orden financiero, el crecimiento económico y la viabilidad de deuda a mayor plazo. No obstante, si se maneja bien, tendría el potencial de ser un ejemplo de lo que puede hacer la coordinación internacional de iniciativas públicas y privadas, a través de secuencias reflexivas y cuidadosas.

La crisis venezolana se ha fraguado durante varios años y es una que requiere una serie concentrada de medidas inmediatas de alivio, económicas y financieras, seguida de planes bien estructurados a largo plazo de recuperación y rehabilitación.

Ambos deberán sustentarse en un nivel de comunicación y cohesión sociopolítica interna creíble que no se ha visto en Venezuela en los últimos años, además de múltiples puntos de coordinación y compromisos entre gobiernos, órganos regionales, instituciones multilaterales y acreedores privados.

Sin eso habría poca esperanza de abordar una lista larga de fracasos que incluye: el quiebre casi completo de cadenas de suministro, infraestructura destrozada, escasez masiva de bienes y servicios básicos, hiperinflación, un régimen de tipo de cambio desanclado, un sistema financiero alterado, incumplimientos financieros en serie y una ruptura de las instituciones que incluso amenaza la viabilidad de la industria petrolera del país, que en su momento generó la envidia de muchos.

La evolución reciente de la situación política interna podría abrir la puerta a un cambio de régimen, que uno espera sea pacífico y ordenado, aunque eso no es una garantía. Esto haría más posible revertir esta enorme tragedia humana. Las primeras tres prioridades económicas y financieras de un giro deberían ser:

  1. Restaurar cuanto antes y lo máximo posible el suministro amplio de bienes y servicios básicos, incluidos alimentos y atención médica. 
  2. Revertir el declive pronunciado de la producción de petróleo y la implosión catastrófica de actividades relacionadas que ha surgido a partir de aquello. (Con 1.5 millones de barriles diarios, la producción está en niveles bajísimos que no se veían hace más de medio siglo y eso puede causar un perjuicio significativo a los campos petroleros).
  3. Activar disposiciones de red de seguridad para asistir a segmentos altamente vulnerables y de prolongado sufrimiento de la población, parte de los cuales está muy cerca de no contar con nutrición, refugio y atención médica esencial para salvar sus vidas.

Ninguna de estas medidas sería posible sin una inyección importante de apoyo financiero de fuentes bilaterales y multilaterales, liderada y coordinada por Estados Unidos, junto con garantías adecuadas de Venezuela de que los nuevos fondos no se usarán para pagar a otros acreedores públicos o privados.

Establecer tal detención de pagos sería complejo y desordenado, incluso si el foco estuviera solo en los acreedores privados. Si bien la deuda de bonos del país incluye cláusulas de acción colectiva que probablemente ayudarían a contener las complicaciones asociadas con la falta de cooperación y el comportamiento buitre, otras no.

Varios casos judiciales se abren camino en tribunales, incluidos algunos ligados a supuestas expropiaciones ilegales, y ciertas facciones presionarán por un tratamiento diferencial de la deuda, basado en el momento en que fue emitida y también relacionado con las obligaciones de la estatal Petróleos de Venezuela.

Dicho esto, los intercambios de deuda tienen un potencial considerable de alterar el tamaño y el perfil de las obligaciones de servicio de la deuda externa del país al retrasar considerablemente los pagos, capitalizar interés y, mediante el uso de cláusulas de recuperación de valor y análisis de sustentabilidad de deuda, hacer recortes de obligaciones contractuales pendientes menos difíciles de aceptar para los acreedores. Un alto grado de coordinación intraacreedora también podría dar espacio a disposiciones especiales para la reanudación del financiamiento comercial a corto plazo.

Sume la deuda a gobiernos y entidades públicas y esta podría ser la mayor y más complicada reestructuración de deuda en la historia de una clase de mercados emergentes que ha navegado a través de los incumplimientos de Argentina y Rusia y la más compleja situación iraquí.

El diseño inmediato de una detención ordenada de pagos demandaría además la cooperación de los gobiernos chino y ruso, puesto que ambos han facilitado préstamos monetarios y no monetarios en los últimos años.

Esto requerirá un grado de transparencia y reportes internacionales que ha sido difícil de garantizar no solo aquí, sino que en otras naciones. La esperanza es su incorporación a una estructura tipo Club de París que garantice un tratamiento exhaustivo.

Esta combinación --de bienes y servicios básicos puestos otra vez a disposición, incrementos de la producción petrolera, redes de seguridad social de mejor funcionamiento y una ventana de respiro para el pago de deuda-- abriría el camino a la tarea aún más complicada de rehabilitar la estructura del país, restaurar los servicios sociales, reajustar las finanzas y el sistema financiero interno, poner las cuentas externas y el régimen de tipo de cambio en una situación menos precaria y crear una vía hacia el crecimiento alto e inclusivo.

No se equivoque, las medidas inmediatas y posteriores de recuperación que Venezuela necesita urgentemente son monumentales bajo cualquier punto de vista, ya sea analítico o práctico. No obstante, también hay razones para ser relativamente optimista.

Venezuela es un país bien dotado, que alberga las mayores reservas petroleras del mundo. Su población cuenta con un nivel de educación y experiencia relativamente alto. EE.UU. ya ha expresado su disposición a ayudar en el marco de circunstancias políticas apropiadas y Washington está bien posicionado para encabezar un esfuerzo internacional de gran magnitud.

Hay coaliciones naturales regionales y multilaterales que pueden ayudar, algunas de las cuales ya iniciaron ejercicios de planificación, y la mayoría de los países en el hemisferio están interesados en la recuperación exitosa de sus vecinos y socios venezolanos.

Con todo eso, Venezuela tiene el potencial de dar vuelta la página frente a un proceso agilizado de ruina económica y social. Tal giro puede servir como recordatorio de que los esfuerzos coordinados a nivel internacional aún tienen un lugar importante en la economía mundial más fragmentada de la actualidad.

Por Mohamed El-Erian

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños.

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