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The Economist: Cómo sacar a Chile de la trampa de ingresos medios

" Piñera tiene la oportunidad de promulgar grandes reformas. Ésta no durará mucho".

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"Que Canadá quiera sumarse, y luego más países, muestra la potencia que tiene la Alianza del Pacífico", dijo el presidente de Chile Sebastián Piñera.

Presidente de Chile, Sebastián Piñera.

El 5 de octubre de 1988 fue un buen día para Chile. En un plebiscito, los votantes rechazaron la propuesta de Augusto Pinochet, quien había tomado el poder 15 años antes, de extender su dictadura. Eso llevó a elecciones libres un año después y a más de dos décadas de fuerte crecimiento económico, respaldado por políticas favorables al mercado, reformas sociales y, desde principios de la década de 2000, un auge de las materias primas. La economía se triplicó en tamaño y la tasa de pobreza cayó desde casi 40% a menos del 10%. Los economistas apodaron a Chile "el tigre de América Latina".

Los últimos años han sido menos de tigre. El precio del cobre, la mayor exportación, comenzó a caer fuertemente en el 2014. Michelle Bachelet, presidenta desde el 2014 al 2018, reescribió el código tributario, fortaleció a los sindicatos y propuso una nueva constitución. Su objetivo era reducir la desigualdad, pero también desconcertó a las empresas. La inversión se contrajo durante cuatro años consecutivos. El crecimiento económico cayó de un promedio de 5% en los años posteriores a Pinochet a 1.7% en el 2013-17.

Bajo Sebastián Piñera, quien tomó el relevo de Bachelet en marzo, la economía ha comenzado a ronronear nuevamente. El PBI en el segundo trimestre de este año fue 5.3% más alto que en el mismo trimestre del año pasado, la tasa de crecimiento más rápida desde su primer período como presidente en el 2010-14. La inversión creció en 7.1%. El banco central elevó su pronóstico de crecimiento este año a 4-4.5%.

Pero no se trata, aún, de un regreso a los días de gloria. El crecimiento se ha recuperado en parte porque los precios del cobre lo han hecho. El crecimiento potencial –la capacidad de la economía para crecer sin presión inflacionaria– es solo de alrededor del 3%. En los últimos 15 meses, las tres grandes agencias de calificación crediticia han rebajado la calificación de la deuda soberana de Chile. Esta ha crecido desde el 4.9% del PBI en el 2008 al 23.5% en marzo de este año. Aunque el número no es alto, las agencias temen que el crecimiento no sea lo suficientemente rápido como para justificar las sólidas calificaciones crediticias de Chile.

La fuerza de trabajo se reducirá a medida que la población envejece a menos que se unan más mujeres, jóvenes e inmigrantes. La productividad es "baja y está estancada", según la OCDE, un club de países en su mayoría ricos. Esto frena el crecimiento potencial. Por lo tanto, el sueño de Chile de convertirse en una economía completamente desarrollada parece difícil de alcanzar. Su mayor desafío "es evitar caer en la trampa del ingreso medio", dice Rodrigo Aravena, economista jefe de Banco de Chile, un banco comercial.

Los votantes eligieron a Piñera, un empresario multimillonario, para alejar a Chile de esa trampa. Sus críticos dicen que ha tardado en agarrar el volante. El mandatario reveló su primera gran propuesta de reforma, una reorganización del impuesto corporativo, en agosto.

Enfrenta resistencia en el Congreso, donde su coalición de centroderecha carece de mayoría. El crecimiento económico de la economía hasta ahora no ha producido muchos más empleos. La confianza del consumidor cayó en territorio negativo en agosto; la confianza empresarial también está baja. El ritmo de las reformas y la recuperación económica han rezagado las expectativas, dice Jorge Desormeaux, ex vicepresidente del banco central.

"Nuestro trabajo es vencer este pesimismo con acción", dice José Ramón Valente, el ministro de Economía. Está a cargo de tres nuevas unidades, inversión, productividad y "la economía del futuro", que tienen la tarea de alentar a los empresarios y reducir la dependencia de la economía del cobre. El gobierno quiere mantener el crecimiento de la inversión en un 6-7% anual. El objetivo para la productividad es un crecimiento del 1% anual. Si todo va bien, la tasa de crecimiento potencial aumentará del 3% al 4%.

Lograr esa ambición requerirá de avances en varios frentes. Algunos encontrarán resistencia; otros tardarán años en producir resultados. Los planes incluyen un programa de concesiones de cinco años, en virtud del cual los inversores gastarán casi US$ 15,000 millones, aproximadamente el 6% del PBI de este año, para construir carreteras, aeropuertos y hospitales. El propio gobierno invertirá US$ 8,000 millones en la región de la Araucanía, la más pobre de Chile.

Busca proporcionar guarderías gratuitas para cada niño, lo que debería atraer a más mujeres a la fuerza de trabajo y aumentar la productividad a largo plazo. Los empleadores pagarán a un fondo para eso. El gobierno también planea reducir la regulación de los negocios, que es más compleja que en cualquier otro miembro de la OCDE. Más controvertido es un esquema para hacer que las reglas para emplear a los estudiantes sean más flexibles que para otros trabajadores.

El gobierno eligió como su primera gran batalla un asalto al sistema impositivo aniquilador de la confianza presentado por Bachelet. Será una de los más difíciles de ganar. La reforma fiscal de Bachelet elevó los impuestos corporativos para proporcionar más dinero para la educación.

Trajo dos regímenes de impuestos corporativos, que confundieron tanto al mundo de los negocios como a los inspectores de impuestos. También limita el alcance de los dueños de negocios para deducir de sus impuestos personales el impuesto que su compañía ha pagado sobre sus ganancias. Entre los empresarios enojados están 80,000 propietarios de pequeñas empresas, que anteriormente no pagaban ningún impuesto.

La reforma propuesta por Piñera restablecería un "modelo integrado", restaurando la capacidad de los accionistas de deducir los impuestos pagados por la compañía. También eximiría de impuestos a los propietarios de empresas de bajos ingresos que fueron atrapados en la red tributaria de Bachelet. Para estimular la inversión, el nuevo esquema permitiría a las empresas acelerar la depreciación. Con más dinero en sus bolsillos, los dueños de negocios, tanto prósperos como pobres, gastarán más, predice el gobierno.

La reforma propuesta ha generado visiones mixtas. Los empresarios celebran el regreso al modelo integrado, pero están decepcionados de que Piñera no haya cumplido la promesa de reducir la tasa de impuestos corporativos (27% para las grandes empresas).

Las grandes empresas obtendrán una depreciación acelerada por solo dos años, lo que disminuirá el impulso a la inversión en el largo plazo, dice Claudio Agostini, un experto en impuestos de la Universidad Adolfo Ibáñez. Una reforma que sería amistosa con los negocios ha despertado sospechas en el Congreso, donde la oposición, dividida entre los partidos de centro y de izquierda, se ha unido para luchar contra ella. Afirman que aumentará la desigualdad.

También puede aumentar la deuda. El gobierno, que promete reducir el déficit fiscal de 1.8% del PBI este año a 1% para el 2022, cuando termine el mandato de Piñera, afirma que el plan fiscal generará unos pocos ingresos. Dice que el esquema compensará cualquier déficit haciendo que las facturas electrónicas a las ventas sean obligatorias.

Muchos observadores lo dudan. Chile no tiene una agencia independiente como la Oficina de Presupuesto de Gran Bretaña para estimar los ingresos y el gasto, señala Eduardo Engel, director de Espacio Público, un think tank. El gobierno desaprovechó la oportunidad de establecer el impuesto al diésel como el de la gasolina y dejó abiertos algunos vacíos legales ampliamente utilizados que permiten evasión tributaria.

Si la reforma tributaria no se paga a sí misma, el gobierno tendrá menos dinero para gastar en políticas más populares, como la inversión en La Araucanía. A Engel le preocupa que la batalla por la reforma tributaria agote el capital político necesario para abordar las deudas con la clase media de Chile, especialmente la delincuencia, la atención de salud de mala calidad y pensiones que se consideran demasiado bajas.

Ni Piñera ni sus ministros han sido administradores políticos astutos. El ministro de educación sugirió en julio que las escuelas deberían organizar bingos para pagar las reparaciones, una metedura de pata que condujo a su despido.

La ventana para promulgar políticas audaces no permanecerá abierta por mucho tiempo. Las crecientes tasas de interés mundiales y la guerra comercial entre Estados Unidos y China aún no han perjudicado a la economía, gracias a las finanzas relativamente sólidas de Chile y a un tipo de cambio flotante, lo que ha permitido que el peso se deprecie. Pero el ambiente económico se está volviendo hostil justo cuando la luna de miel de Piñera está llegando a su fin. Si quiere alejarse de la trampa del ingreso medio, tendrá que actuar rápido.

Este artículo fue publicado originalmente en la edición impresa de The Economist del 27 de setiembre del 2018, bajo el título "Steering Chile away from the middle-income trap"

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