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The Economist: Malpass versus Malpass

El nuevo presidente del Banco Mundial tiene puntos de vista que difieren de los del organismo.

David Malpass

David Malpass

David Malpass quiere que el BM se enfoque en el crecimiento económico.

De la edición impresa de The Economist

Cuando fue nominado para liderar el Banco Mundial (BM) por el presidente Donald Trump, David Malpass , exfuncionario del Departamento del Tesoro, no tuvo contrincantes. Fue votado para el puesto de manera unánime por el directorio del organismo, que representa a sus 189 gobiernos miembros, y comenzó a trabajar la semana pasada. Lo que se viene no será así de sencillo y se espera que habrá dificultades de adaptación.

El BM se dedica a erradicar la pobreza y combatir la inequidad. Estima que el 2015, el 10% de la población mundial (736 millones de personas) vivían debajo de la línea de pobreza global, y quizás el 8.6% el 2018. Su objetivo es reducir esa tasa a 3% para el 2030. Dado que esa condición se está reduciendo rápidamente en India y Bangladés, la mayor parte de los pobres reside ahora en África subsahariana, especialmente en Nigeria y la República Democrática del Congo, concentrada en regiones “frágiles” afectadas por la violencia.

Esas poblaciones se beneficiarían con políticas económicas sólidas y un rápido crecimiento del PBI, pero el BM no siempre cuenta con gobiernos que usen bien sus fondos y su asesoría. Por ello, tiende a apoyar proyectos estrechamente monitoreados que benefician a los pobres directamente. Malpass aplaude esos esfuerzos, pero las pasiones que le estimulan están en otras áreas.

Por ejemplo, quiere que el BM se enfoque en el crecimiento económico: “porque eleva la mediana de los ingresos”, como escribió en The Financial Times poco después de su nominación. Fuentes del BM dicen que ha mostrado interés en las diez mayores economías emergentes. Es que entender sus caminos hacia el crecimiento podría generar lecciones para otros, y mejorar sus perspectivas beneficiaría a sus poblaciones y a la economía mundial, sobre la que ejercen mucha influencia.

La influencia del BM es esos países es pequeña. Pero los beneficios potenciales son tan grandes que hasta un monto pequeño puede generar un retorno magnífico. Lant Pritchett, de la Universidad de Harvard, cita el ejemplo del Council for Research on International Economic Relations de India. Este centro de investigaciones comenzó a funcionar a inicios de los 80 con una ayuda de US$ 857,000 de la Fundación Ford (US$ 3 millones a precios del 2005).

Pritchett estima que el trabajo de la institución ayudó a moldear la respuesta de India a su crisis de balanza de pagos de 1991. Esas reformas, a su vez, sentaron las bases del rápido crecimiento de un país que alberga una sexta parte de la humanidad. El especialista calcula que la solución a la crisis y las reformas posteriores añadieron US$ 3.6 millones de millones al PBI de India entre 1991 y el 2010. Incluso si el dinero de la Fundación Ford hubiese incrementado las chances de reforma en solo 1%, eso representa un retorno de su inversión de 12,000 veces.

Pero esa forma de pensar está pasada de moda en el BM. Las diez mayores economías emergentes no son sus principales clientes. Aparte de India, tampoco albergan a muchos de los más pobres. Mejorar la mediana de ingresos en esos países no necesariamente reducirá la pobreza en Nigeria o Congo. Tampoco asegurará que los ingresos del 40% inferior (en la escala de ingresos) se eleven más rápido que el resto —el BM usa ese indicador para monitorear su trabajo—.

Por ende, quizás los instintos de Malpass no engranen con las prioridades del organismo. Su interés en implicarse con los diez mayores mercados emergentes tampoco encaja con su otra preocupación: desvincularse del mayor de todos. En su rol previo (subsecretario del Tesoro para Asuntos Internacionales), expresó sus preocupaciones sobre la “incursión” de China dentro de los organismos multilaterales de crédito.

Estados Unidos aceptó aumentar el capital del BM con la condición de que en el futuro dedique una porción más pequeña de sus préstamos a países prósperos como China, cobrarles más intereses y alentarlos a “graduarse” de su financiamiento. El ingreso per cápita chino ya supera el umbral para graduarse (US$ 6,795 el 2017), pero no es el único: otros 31 países lo exceden, algunos con considerable peso como Brasil, México y Turquía.

Los esfuerzos para retirarlos del esquema de préstamos enfrentarán una oposición insalvable, pues dichos países insistirán en que no cumplen otros criterios, como progresos en su desarrollo institucional. Así, los defensores de China subrayarán sus falencias, mientras que sus críticos, como Malpass, resaltarán sus logros.

Las tareas que heredará de su antecesor, Jim Yong Kim, serán menos pesadas que las legadas a presidentes del BM anteriores. Las carencias gerenciales de Kim condujeron a la contratación de una CEO competente, la economista búlgara Kristalina Georgieva, para que se ocupe de las operaciones del día a día. Se estima que ella realiza entre 75% y 80% del trabajo que antes recaía en los presidentes.

Por tanto, Malpass tendrá que esforzarse para imponerse. Algunos miembros poderosos del BM se oponen a sus ideas; y algunas de sus ideas se contradicen entre ellas.



Traducido para Gestión por: Antonio Yonz Martínez

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