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The Economist: El duro recibimiento para muchos venezolanos que huyen de su país

La crisis en el país sudamericano está causando una migración masiva.

Venezuela

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Un niño camina delante de un graffiti en Caracas, capital de Venezuela. (Foto: AFP)

Pacaraima es un pequeño pueblo en la Amazonía brasileña en la frontera con Venezuela. En los últimos tiempos, ha sido el punto de entrada para decenas de miles de venezolanos que huyen del hambre, la violencia y la hiperinflación en su país.

La mayoría continúa a pie 220 km por la autopista a Boa Vista, la capital del estado de Roraima, donde luchan por sobrevivir descargando camiones, vendiendo artesanías y ejerciendo la prostitución. Unos 2,000 venezolanos en situación de pobreza se han quedado en Pacaraima, instalando carpas en las calles. Eso ha llevado al límite los recursos del pueblo y la tolerancia de sus 12,000 habitantes.

El 17 de agosto, varios hombres, aparentemente venezolanos, robaron y golpearon al dueño de una tienda. En una marcha antiinmigrantes al día siguiente, cientos de lugareños arrojaron piedras a las tiendas de los migrantes y prendieron fuego a sus pertenencias. Más de mil venezolanos huyeron a la jungla o volvieron a cruzar la frontera. Sus casas improvisadas fueron quemadas hasta reducirlas a cenizas. El presidente de Brasil, Michel Temer, envió 60 soldados para restablecer el orden.

Aunque el éxodo venezolano a veces parece tan invisible como la pequeña Pacaraima, es el mayor movimiento de personas en la historia reciente de América Latina. Desde que la economía de Venezuela comenzó a desplomarse en el 2014 bajo Nicolás Maduro, un líder socialista, tal vez 2.3 millones de venezolanos han buscado refugio en países vecinos. La magnitud del éxodo rivaliza con países devastados por la guerra como Afganistán y Sudán del Sur.

A diferencia de muchos países ricos, que han estado cerrando sus puertas a los inmigrantes del norte de África y Oriente Medio, los gobiernos de América Latina han dejado entrar a la mayoría de la gente.

Los gobiernos de izquierda a principios de la década del 2000 flexibilizaron las leyes de inmigración, comenta Luisa Feline Freier de la Universidad del Pacífico en Lima, Perú. Los gobiernos de centro derecha que les sucedieron en varios países mantuvieron estas políticas en reprimenda al régimen de Maduro.

A medida que la crisis en Venezuela empeora, la cantidad de personas que huyen ha aumentado. A diferencia de aquellos en grupos anteriores, los migrantes más recientes tienden a ser pobres en lugar de ser de clase media. El éxodo ha llevado a algunos países a imponer restricciones en sus fronteras. Freier teme que los países de América Latina pronto se vuelvan tan cautelosos con los inmigrantes como muchas naciones europeas.

El 16 de agosto, el gobierno de Ecuador anunció que prohibiría la entrada a los venezolanos que no llevaran pasaportes, diciendo que representaban un riesgo para la seguridad. La mayoría de ellos se dirigía hacia el Perú, que recibe un récord de 5,000 venezolanos por día y ha impuesto su propio requisito de pasaporte a partir del 25 de agosto.

Además, dijo que no emitiría permisos de trabajo a los venezolanos que lleguen después de octubre. Muchos no llevan pasaportes. Debido a una escasez de papel y problemas de software, conseguir uno puede llevar dos años. Un soborno para ‘colarse’ puede costar hasta US$ 1,000.

Los venezolanos no son los únicos inmigrantes que provocan inquietud. En Costa Rica, la reacción está dirigida a los nicaragüenses, que están escapando de la represión por parte de Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, contra las protestas de la oposición. De abril a julio, 23,000 migrantes buscaron asilo en Costa Rica, que tiene una tradición de generosidad hacia los refugiados.

El 18 de agosto, cientos de manifestantes en San José, la capital, persiguieron a los nicaragüenses en un parque y prendieron fuego a su bandera. Las Naciones Unidas regañó a los instigadores.

La fuerte economía de Chile convierte a este país en un imán para los migrantes. El número de extranjeros registrados allí ha aumentado casi cinco veces en una década, a 750,000 el año pasado (aproximadamente el 4.5% de la población). Quizás 300,000 más vivían ilegalmente en Chile.

El año pasado, el número de venezolanos en Chile creció en cerca de 100,000. Muchos habían vendido todas sus pertenencias para pagar el viaje en autobús de 12 días. Más de 100,000 también vinieron de Haití, el país más pobre de América. Una encuesta del año pasado encontró que dos tercios de los chilenos querían restringir la inmigración.

Sebastián Piñera, quien se convirtió en presidente de Chile en marzo de este año, respondió reforzando sus relajadas políticas de inmigración. Abolió una visa que los inmigrantes podían solicitar después de ingresar como turistas y puso restricciones a las visas de turistas para los haitianos. Los venezolanos están siendo tratados más generosamente; pueden obtener una visa de "responsabilidad democrática" que les permite trabajar.

La principal resistencia contra la tendencia hacia un trato más severo de los migrantes es Colombia, por mucho el mayor destino para los venezolanos. Alrededor de 900,000 se mudaron allí, un tercio de ellos solo este año. Juan Manuel Santos firmó un decreto que "regularizó" a 442,000 venezolanos indocumentados antes de que dejara su cargo como presidente el 7 de agosto.

Durante los próximos dos años podrán trabajar, estudiar y obtener seguros de salud –beneficios que otros 1.5 millones de venezolanos que residen ilegalmente en Colombia y en otros lugares no pueden conseguir con facilidad. El nuevo presidente conservador, Iván Duque, no ha cambiado la política de Santos. El "director de migración" de Colombia criticó las restricciones en Perú y Ecuador y reafirmó el compromiso de Colombia de ayudar a los venezolanos.

En parte, la generosidad de Colombia es una forma de gratitud a Venezuela, que recibió a más de 700,000 colombianos durante la guerra de medio siglo del país con el grupo guerrillero de las FARC. La guerra terminó en el 2016. Aproximadamente 250,000 colombianos han regresado de Venezuela, lo que se suma a la tensión de lidiar con los migrantes.

Los activistas y algunos políticos están tratando de mantener las puertas entreabiertas. Después de que la defensora del pueblo de Ecuador calificara de "cruel" su requisito de pasaporte y presentara una queja ante el tribunal supremo, el gobierno dijo que no se aplicaría a los niños acompañados por padres que tienen pasaporte.

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados ( ACNUR) dijo en marzo que muchos venezolanos califican como refugiados en virtud del derecho internacional. La organización insta a los gobiernos a emitir visados humanitarios y permisos de trabajo.

La ayuda de países más ricos como Estados Unidos "podría marcar la diferencia entre los venezolanos que reciben apoyo y aquellos que son rechazados en las fronteras", opina Chiara Cardoletti-Carroll, del ACNUR. Ecuador convocó una reunión de líderes de la región en septiembre para discutir una respuesta coordinada a la crisis.

Pero la diplomacia puede no aliviar las tensiones en los países que acogen migrantes. En Roraima, el ejército asumió la responsabilidad de proporcionar refugio, alimentos y atención médica a los venezolanos. Hasta ahora, sin embargo, la política de "interiorización" del gobierno -enviarlos a estados más ricos con más empleos- ha fracasado. Solo 800 migrantes han sido trasladados.

Una razón es la "xenofobia institucionalizada", dice un funcionario de Roraima. Esto se agudiza con una elección general que tendrá lugar el 7 de octubre. El 19 de agosto, el gobernador de Roraima renovó un pedido a la corte suprema de Brasil para cerrar la frontera. Eso no detuvo a cientos de venezolanos el 20 de agosto.

No tenían muchas opciones, dice Jesús López Fernández de Bobadilla, un sacerdote español que sirve desayunos a 1,600 migrantes. "Aquí está el purgatorio, pero allá está el infierno".

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