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The Economist: Cómo detener el declive del transporte público en países ricos

Quizás llegó el momento de integrar a competidores como Uber y otras firmas de aplicaciones.

Londres

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El número de pasajeros se mantiene o está disminuyendo en casi todas las metrópolis estadounidenses, así como en algunas ciudades canadienses y europeas. (Foto: Bloomberg)

Para aquellos que tienen que viajar apretados en el autobús número 25 en Londres o el tren A en Nueva York, el cambio podría pasar desapercibido. Pero el transporte público se está volviendo menos abarrotado en esas y otras grandes ciudades.

El número de pasajeros se mantiene o está disminuyendo en casi todas las metrópolis estadounidenses, así como en algunas ciudades canadienses y europeas. Y eso sucede a pesar del crecimiento sostenido en empleo y poblaciones urbanas. Las personas que suelen ir de pie en sus viajes se sorprenderán aún más al saber que esta desocupación del transporte público es un problema.

Aunque los organismos de transporte creen que su impopularidad se debe a factores como obras viales y señalización defectuosa, al parecer es más probable que estén siendo superados por la competencia. Los servicios de taxi basados en aplicaciones como Uber y Lyft son más cómodos y convenientes que los trenes o autobuses. Hacer ciclismo es más agradable de lo que solía ser, y los servicios de alquiler de bicis están cada vez más disponibles.

Los autos nuevos son baratos en EE.UU., gracias a préstamos con tasas de interés reducidas, y son cada vez más económicos de usar. Las compras en línea, el teletrabajo y el concepto de compartir espacios de oficina se traduce en más personas que no necesitan movilizarse en el día a día.

Con todo esto, es probable que la competencia crezca. Más de un laboratorio está produciendo nuevas tecnologías y aplicaciones de transporte. Silicon Valley inventó Uber y, más recientemente, aplicaciones que permiten a las personas alquilar scooters eléctricos y luego abandonarlos en el pavimento. China creó las bicicletas compartidas y las "e-bikes" que funcionan a baterías, y ambos conceptos se están extendiendo.

Algunos inventos fallarán o serán regulados hasta acabar con su existencia (en un momento, los Segways eran el futuro). Pero nuevas ideas, como los taxis sin conductor, están a la vuelta de la esquina. El transporte masivo es mucho menos ágil. Como han demostrado el metro de Nueva York en Second Avenue, el Crossrail de Londres y la línea de metro North-South de Ámsterdam, la construcción de nuevas líneas de trenes ahora es algo increíblemente complicado y costoso.

Este es un dolor de cabeza para los operadores de sistemas de transporte público. También es un problema para las ciudades. Nos guste o no, y a muchas personas no les gusta, el transporte público masivo hace algunas cosas muy bien. Brinda un servicio a las personas que son demasiado mayores, demasiado jóvenes, demasiado pobres, temerosas o están demasiado ebrias para conducir o andar en bicicleta.

Los trenes y los metros subterráneos causan menos contaminación que los automóviles y mueven a las personas a densidades mucho más altas. El peligro es que el transporte público podría convertirse en un servicio venido a menos, con menor uso y calidad en parte debido a su impopularidad. Menos pasajeros significan menos trenes y autobuses, lo que lleva a esperas más prolongadas para los fieles usuarios. Los automóviles, ya sean conducidos o sin conductor, obstruirán las carreteras.

Hasta cierto punto, ese futuro distópico puede ser observado al valorar adecuadamente el uso de la carretera. Muchas ciudades, particularmente en Estados Unidos, subvencionan generosamente la conducción forzando a los desarrolladores a proporcionar muchos espacios de estacionamiento. En otros lugares, las ciudades han creado zonas de carga de congestión. Pero esa es una herramienta irremediablemente primitiva.

La mayoría de las zonas de congestión en efecto venden boletos diarios para conducir todo lo que quieras dentro de la zona, y no cobran nada a vehículos como taxis y minicabs. Sería mucho mejor cobrar por cada uso de una carretera, con precios más altos para las congestionadas.

Los organismos de transporte también deberían acoger a los advenedizos y copiarlos. Las ciudades tienden a ignorar los servicios basados en aplicaciones o tratan de sacarlos de las calles. Eso es comprensible, dada la actitud de que “las reglas son para perdedores” de firmas como Uber. Pero es un error.

Aunque las nuevas formas de transporte a menudo compiten con las antiguas en los centros de las ciudades, deberían complementarse en los suburbios. Los servicios de taxis y bicicletas eléctricas podrían llevar a las personas desde y hacia las estaciones de trenes y paradas de autobuses, que a menudo están muy alejadas del núcleo urbano.

Resulta dudoso que la mayoría de las personas haga marcadas distinciones entre el transporte público y privado. Solo quieren llegar a algún lado, y hay un costo en tiempo, dinero y comodidad. Un sistema ideal les permitiría moverse a través de una ciudad por un solo pago, pasando de trenes a taxis a bicicletas según sea necesario.

Crear una plataforma que permita eso es difícil, y requiere mucha labia para convencer a las redes de antaño, así como a las empresas de tecnología, aunque algunas ciudades como Helsinki (Finlandia) y Birmingham en Inglaterra, lo están intentando. Probablemente este sea el secreto para mantener las ciudades en movimiento.

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