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Rusia 2018: Este es un Mundial de patriotismos y lealtades complejas

En este Mundial se han visto diversas manifestaciones políticas por parte de los jugadores e hinchas.

Rusia 2018

La fiebre del fútbol puede degenerar en comportamientos lamentables de parte de los hinchas en Rusia 2018. (Foto: AFP)

Los mensajes políticos están prohibidos en el fútbol internacional. (Foto: AFP)

AFP

Por Leonid Bershidsky (*)
Los Mundiales de Fútbol han sido durante mucho tiempo gigantescas arenas para las exhibiciones de patriotismo y nacionalismo. Sin embargo, en estos días, la efervescencia geopolítica a flor de piel se ha vuelto más compleja, y se puede ver que los nacionalismos se desacoplan de las banderas.

El lunes, la FIFA, el organismo rector del fútbol mundial, multó a dos jugadores suizos, Granit Xhaka y Xherdan Shaqiri, con 10.000 francos suizos (US$10.100) cada uno por hacer gestos políticos después anotar goles en un partido el viernes pasado en que Suiza ganó 2-1 contra Serbia: cruzaron sus manos y extendieron sus dedos para representar el águila bicéfala de Skanderbeg, que adorna la bandera de Albania y el estandarte presidencial de Kosovo.

Tres jugadores de la escuadra suiza, Xhaka, Shaqiri y Valon Behrami, de hecho nacieron en Kosovo, que Serbia no reconoce como una nación separada. Son étnicamente albaneses, y el hermano de Granit Xhaka, Taulant, también futbolista profesional y también de origen suizo, juega para la selección nacional albanesa. Pero ni Albania ni Kosovo, que es miembro de la FIFA solo desde 2016, llegaron a la Copa del Mundo, y sus fanáticos se sienten representados por Suiza, un pacífico y próspero país neutral que es en muchos sentidos lo opuesto a Kosovo.

Esa inusual representación fue especialmente relevante contra Serbia, cuyos fanáticos ondearon sus tradicionales banderas nacionalistas; algunos llegaron vistiendo camisetas con la imagen de Ratko Mladic, el general condenado el año pasado por genocidio por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, con sede en La Haya.

Después del partido, en el que Shaqiri anotó el gol ganador en el último minuto, el entrenador serbio exigió escandalosamente que el árbitro alemán fuera enviado a juicio en La Haya: "la forma en que nos juzgan". La FIFA multó a la federación serbia con 54.000 francos por esta manifestación y la de los fanáticos; los mensajes políticos están prohibidos en el fútbol internacional.

Entonces, ¿dónde están realmente las lealtades de los jugadores de Kosovo-Suiza? "Siento que tengo dos hogares", escribió Shaqiri en un reciente conmovedor artículo para The Players Tribune. "Es así de simple. Suiza le dio a mi familia todo, e intento darle todo a la selección nacional. Pero cada vez que voy a Kosovo, inmediatamente también tengo la sensación de hogar".

La misma pregunta sobre lealtades, paralelos o divisiones, se hizo poco antes de la Copa del Mundo sobre las estrellas alemanas de origen turco, Mesut Oezil e Ilkay Guendogan, después de que posaran para fotos de campaña con el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, y Guendogan le firmó su camiseta, "con respeto para mi presidente".

La fotografía motivó una ola de insultos contra ambos jugadores, y una invitación del presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, para conversar y aclarar sus lealtades. Los jugadores explicaron que, a pesar de una fuerte conexión con sus raíces, estaban orgullosos de representar a Alemania, pero una cierta frialdad se ha mantenido en el aire, reforzada por el apoyo de dos tercios que recibió Erdogan de la gran diáspora turca de Alemania en las elecciones presidenciales del domingo. De algún modo, ni Oezil ni Guendogan han tenido buenos desempeños para el equipo alemán en sus primeros dos partidos.

En años anteriores, los nacionalistas franceses a menudo ridiculizaban las raíces africanas y árabes de los jugadores del país (el maestro de los nacionalistas, Jean-Marie Le Pen, los acusó de no poder cantar La Marsellaise por ser extranjeros).

El Gobierno francés, por su parte, defendió al equipo como un ejemplo (un tanto ilusorio) de integración exitosa. Pero ahora la sospecha de lealtades incompletas ha llegado mucho más allá de Francia, a lugares que antes no eran conocidos por eso.

En Suecia, cuyo equipo fue dirigido brillantemente durante una generación por Zlatan Ibrahimovic –hijo de un inmigrante bosnio-musulmán–, Jimmy Durmaz, un asirio cuya familia había emigrado desde Turquía, enfrentó agresiones raciales en línea el sábado pasado después de cometer un error en el partido de Suecia contra Alemania que condujo al gol de último minuto de Alemania.

Todo el equipo de Suecia se conmovió y grabó un video para demostrar solidaridad con Durmaz, quien se identificó en el video como un orgulloso sueco. Pero Suecia, que, en los últimos años, ha aceptado más inmigrantes per cápita que cualquier otro país europeo, probablemente no ha visto el último sentimiento desagradable del cual Durmaz solo fue un objetivo incidental. El partido ultraderechista Demócratas de Suecia se encuentra en los niveles más altos en las encuestas.

Se podría hablar, como hacen muchos nacionalistas, de una disminución de Europa, un debilitamiento de las identidades, una reducción del valor de las banderas y los símbolos. Mientras veo la Copa del Mundo, sin embargo, adoptó una visión más optimista de la realidad europea actual. Aunque las lealtades se han vuelto, y se están volviendo, cada vez más complejas, las banderas también adquieren nuevos significados.

Para Shaqiri, la bandera suiza significa compasión. Para Oezil y Guendogan, la alemana representa el sistema de entrenamiento y selección que aseguró carreras exitosas, que no habrían tenido en otro lugar. En Suecia, hogar del orgulloso patriota Durmaz, un club fundado por sus compañeros asirios, el Assyriska FF, incluso ha jugado en la división superior del país.

La complejidad no es un problema, es una ventaja. Si los albaneses animan a Shaqiri o Xhaka, los fanáticos suizos no pueden perder nada. Si los turcos alientan a Guendogan, es ganancia de Alemania.

Aunque la FIFA puede desaprobar con razón las diversas manifestaciones políticas, el racismo se asoma de vez en cuando y lógicamente las lealtades son cuestionadas.

No solo estamos viendo fútbol, también estamos viendo una nueva Europa que se une a pesar de todas las divisiones.

(*) Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial o de Bloombeg LP y sus dueños.

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