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Remesas a Venezuela no solo salvan vidas

La consultora de Caracas Ecoanalítica estima que unos US$ 4,000 millones ingresarán a Venezuela solo este año.

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Un producto y un paliativo de la miseria, las remesas tienen un largo historial en América Latina.

A fines de enero, Estados Unidos anunció sanciones masivas contra la energética estatal venezolana PDVSA y añadió presión al régimen represivo e ilegítimo de Nicolás Maduro en un intento de forzar una transición democrática.

Al eliminar la fuente primaria de moneda dura de Venezuela, el consejero de seguridad nacional de EE.UU., John Bolton, predijo la caída del gobierno dentro de unas semanas.

Tres meses después, Maduro sigue presente en el palacio presidencial de Miraflores. Incluso este gobierno muy dependiente del petróleo se ha mantenido a flote, al menos hasta ahora. Su resistencia obedece en parte a la reducción del gasto en necesidades básicas para la población: alimentos, medicinas e incluso electricidad.

Del mismo modo, refleja el acceso del régimen a dólares a través de otros medios. Tráfico de drogas, minería ilegal y otras formas de contrabando también aportan miles de millones en moneda dura.

A medida que las sanciones incrementen las carencias y la desesperación del pueblo venezolano, uno de estos flujos crecientes saldrá de las remesas, el dinero enviado al país por venezolanos que ya estaban en el extranjero o que formaron parte de la ola reciente de más de tres millones que han huido, la mayoría en los últimos tres años.

La consultora de Caracas Ecoanalítica estima que unos US$ 4,000 millones ingresarán a Venezuela solo este año. Agregue US$ 1,500 millones en retiros de cuentas bancarias extranjeras y las remesas probablemente superarán a los dólares del petróleo que entran a la nación sudamericana.

Un producto y un paliativo de la miseria, las remesas tienen un largo historial en América Latina. Durante décadas, millones de migrantes han enviado dinero a casa para pagar alimentos, medicinas y matrículas escolares, construir casas y aportar capital inicial a pequeñas empresas.

Mientras han mejorado individualmente la situación de aquellos que quedan atrás, en la suma y resta por momentos estos flujos han tenido efectos políticos insidiosos, aminorando la presión de los gobiernos a la hora de representar y responder a su gente e incluso apuntalando regímenes corruptos y represivos.

En los países centroamericanos de Guatemala, El Salvador y Honduras, las remesas corresponden a más del 10% del PBI, aportando más dólares que el café, el azúcar, la ropa o cualquier otra exportación, pero al brindar un alivio transitorio a las familias, estos flujos también han permitido que gobiernos ignoren a los ciudadanos e incluso saqueen el erario.

Estas consecuencias adversas son más evidentes en Cuba. Para contrarrestar el fin devastador del respaldo económico de la Unión Soviética, el régimen de Fidel Castro abrió canales financieros. Las remesas del sur de Florida y más allá se dispararon, lo que ayudó a muchos a sobrevivir a la depresión más profunda del país, conocida como el "período especial".

Pero esos flujos de dólares también apuntalaron al régimen autoritario, financiando importaciones vitales y pagando deuda internacional para mantener a los Castro en control.

El régimen venezolano aprendió esta lección y ya encontró formas de aprovechar las remesas. Como la mayoría del dinero se destina a alimentos, medicinas y necesidades básicas, se alivia la presión del régimen de proveer para sus ciudadanos, donde incluso US$ 20 mensuales pueden mantener en pie a una familia.

Parte del dinero que ingresa va a parar directamente a los bolsillos del régimen. Impuestos aduaneros, a las criptomonedas y a otras transferencias financieras, un tipo de cambio oficial desfavorable y sobornos sacan una tajada del apoyo a las familias.

Una anécdota: un amigo venezolano envía a casa cajas de comida de Amazon con ayuda de una mujer en Tampa. Por cada US$ 100 de leche en polvo, pastas, Doritos y otros alimentos no perecibles, paga US$ 500 adicionales para garantizar que los productos lleguen efectivamente al apartamento de la familia en Caracas.

El colapso económico y financiero de Venezuela es similar al de Zimbabue en la década de 1990, aunque este y otros paralelos históricos muestran que la desesperación no siempre lleva a la revolución.

A medida que las remesas aumentan, los esfuerzos bien intencionados tendientes a aminorar el sufrimiento de millones de individuos inocentes puede brindar involuntariamente un salvavidas a sus opresores, una razón más por la cual la presión económica no tendrá éxito sin una iniciativa inteligente y sostenida para negociar un fin al horrible punto muerto en Venezuela.

Por Shannon O’Neil

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños.

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