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Vecinos de Venezuela se unen para frenar avalancha de refugiados

En el orden del día hay medidas para prevenir epidemias, armonizar los requisitos de identificación y compartir la carga del socorro.

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La marcha cada vez más veloz de Venezuela hacia una hambruna masiva se ha convertido en un desastre continental y esta semana los gobiernos de América del Sur comenzaron a tratar de manejar juntos el problema. 

En momentos en que miles de migrantes cruzan la frontera –un éxodo comparable a la crisis de refugiados del Mediterráneo–, los funcionarios de los Gobiernos se están reuniendo en Colombia, Perú y Ecuador para coordinar una respuesta que hasta ahora ha sido caótica. 

En el orden del día hay medidas para prevenir epidemias, armonizar los requisitos de identificación y compartir la carga del socorro.

"La crisis migratoria está planteando el tema de Venezuela de una manera directa como no se vio hasta ahora", dijo Geoff Ramsey, analista de la Washington Office on Latin America, una organización de investigación que trabaja por los derechos humanos. "Ya no es un asunto interno".

En total, 2.3 millones de venezolanos viven fuera del país; entre ellos, más de 1,6 millones huyeron del devastado Estado petrolero desde 2015, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. La cifra igual aproximadamente el flujo de inmigrantes a Europa en el mismo período. La crisis parece empeorar a medida que la producción de petróleo se hunde a causa de una mala gestión y la hiperinflación desafía los intentos de controlarla.

Pregunta abierta

Hay otra discusión sobre qué hacer con el presidente venezolano, Nicolás Maduro , un autócrata socialista que ha resistido protestas, intentos de golpe de Estado y asesinato, así como también sanciones de Estados Unidos. Perú y Argentina dijeron este mes que se unirán a Chile, Colombia y Paraguay para acusar a Maduro de crímenes contra la humanidad en la Corte Penal Internacional de La Haya. Los líderes han pedido elecciones y la restauración de la Asamblea Nacional anulada de Venezuela, pero pocos apoyan las sugerencias de intervención militar del presidente estadounidense Donald Trump. En cambio, los países vecinos están lidiando con la carga que Maduro les ha endilgado.

En Boa Vista, Brasil, la capital del empobrecido estado de Roraima, la situación es desesperada. Mário Antônio da Silva, el obispo católico del estado, dijo el miércoles que unos 25,000 refugiados han llegado a la ciudad, y hasta 4,000 duermen en las calles. La iglesia les ofrece canastas de comida, sirve desayuno a 1,200 personas y enseña portugués a los inmigrantes.

Causa común

Esta semana, funcionarios de Colombia, Perú, Ecuador y Brasil se reunieron en Bogotá para discutir estrategias conjuntas sobre atención médica, educación y empleo para migrantes. El miércoles, se realizaron más reuniones en Lima para formular una solicitud a organizaciones como la ONU y la Cruz Roja a fin de intensificar el apoyo financiero y logístico, dijo Enrique Bustamante, jefe de políticas de la agencia de inmigración peruana.

Esta semana, Maduro intentó un golpe de relaciones públicas: el lunes, un día antes de que Perú declarara el estado de emergencia, 89 venezolanos fueron trasladados de vuelta a su país desde Lima. El grupo repatriado supuestamente había contactado a la embajada de Venezuela tras haber recibir un trato xenófobo e inhumano. Al llegar a Caracas fueron recibidos con aplausos y abrazos llenos de lágrimas. El espectáculo fue capturado por la televisión estatal.

"Les digo a los venezolanos (...) que quieran regresar del esclavismo económico: dejen de lavar pocetas en el exterior y vengan a vivir la patria", dijo Maduro, en un acto donde firmó convenios petroleros, transmitido en cadena de radio y televisión.

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