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Jubilados brasileños, condenados a trabajar

El 21% de los jubilados siguen trabajando en Brasil , de los cuales casi la mitad (47%) citan como una de las principales razones para hacerlo las dificultades que tienen para pagar las facturas.

Jubilados

Jubilados. (Foto: USI)

(Foto: USI)

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En plena discusión sobre la polémica reforma de las pensiones propuesta por el Gobierno de Jair Bolsonaro , cerca de uno de cada cuatro jubilados se ven obligados a continuar trabajando para poder mantenerse en Brasil.

Mientras el Congreso analiza el duro proyecto que pretende endurecer las condiciones para obtener ese beneficio y ahorrar cerca de US$ 265,000 millones en 10 años, Iván, Rosilda y Manuel se muestran ajenos al intenso debate. Sus problemas no acabarán con la reforma de las pensiones.

Todos ellos, como miles de jubilados y pensionistas en Brasil, continúan trabajando, muchas de las veces en el mercado informal, para complementar una renta que en el 65% de los casos no supera la de un salario mínimo al mes, que hoy es de 998 reales (US$ 260).

Iván Ferreira tiene 59 años, está jubilado tras completar el tiempo de cotización que establece la legislación vigente -35 años para los hombres y 30 para las mujeres-, pero desde hace casi un año vende café y bizcochos caseros en un puesto ambulante, en una céntrica plaza de la ciudad de Sao Paulo.

"Mi esposa se quedó sin empleo y montó una cafetería en la calle. Empecé a ayudarla y así comencé a trabajar en la calle para completar mi salario, porque con la jubilación no es suficiente", afirma en una entrevista con Efe.

Su jornada es maratoniana. Llegan sobre las 06:00 de la mañana, se van sobre mediodía y en la tarde elaboran las tartas del día siguiente. Así casi todos los días. "Me gustaría no tener que trabajar más, estar en casa, descansando, paseando, viajando, disfrutando con la familia...", añade.

Como Ferreira, un 21% de los jubilados siguen trabajando en Brasil, de los cuales casi la mitad (47%) citan como una de las principales razones para hacerlo las dificultades que tienen para pagar las facturas, según un sondeo de la Confederación Nacional de Dirigentes Comerciantes y el Servicio de Protección al Crédito.

Oswaldo Almeida, de 63 años, va camino de unirse a ese grupo. Jubilado hace siete años, busca un empleo de conductor de camión o lo que surja.

Recibe lo mínimo, vive con su esposa, una de sus hijas y dos nietos y le indigna que él tenga que "trabajar la vida entera" por US$ 260 y que un funcionario del Poder Legislativo tenga una jubilación media de 26,800 reales (unos US$ 7,000).

Bolsonaro y su ministro de Economía, el liberal Paulo Guedes, aseguran que su reforma de las pensiones, que incluye la imposición de una edad mínima de 62 años para las mujeres y 65 para los hombres, acabará con los "privilegios" y advierten que si no se aprueba, Brasil "irá a la quiebra".

Por su parte, el presidente del Sindicato Nacional de los Jubilados, Joao Batista, asevera que esa premisa es una "gran mentira" y que lo que hay es una "mala administración" porque históricamente la hucha de las pensiones se ha usado "para hacer política".

Para él existen dos grupos de jubilados que reflejan la cruda realidad. Los que son apoyados económicamente por la familia y aquellos que aún sustentan a parte de ella.

"Aquí en Brasil si uno quiere vivir con dignidad, tiene que pagar un plan de salud (privado) y para un anciano no lo encuentras por menos de 500,600 reales (US$ 130,155). Uno mínimamente razonable son más de 1,000 reales (US$ 260), entonces para alguien que percibe lo mínimo ya se le fue toda la pensión", explica el líder sindical.

La subida de las pensiones mínimas no está entre los objetivos recogidos en la reforma de pensiones de Bolsonaro, quien en sus primeros 100 días de Gobierno, que se cumplieron este miércoles, lo ha apostado prácticamente todo a la aprobación de este texto.

En esa situación también se encuentra Rosilda Alves, de 52 años. Como ella misma define, vive "apretada" gracias una pensión por muerte un poco por encima de lo mínimo que la obliga a trabajar como costurera intermitente.

Su pareja hace tres años que no consigue un trabajo estable y ahora es obrero temporal en el sector de la construcción de un país con una renta per cápita anual de 32,747 reales (unos US$ 8,500), una cifra que esconde por detrás una desigualdad extrema.

En Río de Janeiro, Manuel Robalino, de 82 años, aún vende patatas, tomates y legumbres en una plaza y es tajante al calificar el sistema de jubilaciones brasileño: "Es un fracaso".

"Estoy jubilado desde 1987 y todo año cae un poco el valor. Entonces llegará el día en que me quedaré con el salario mínimo" , explica. Dice que no sabe si la reforma "beneficia o perjudica" a los actuales contribuyentes, pero sí que el futuro será "más difícil" para ellos.

"El Gobierno tiene un déficit y ellos quieren corregirlo, quieren disminuirlo, pero no sé si lo van a lograr", declara sin disimular su pesimismo.

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