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¿Abusos o desocupación?, la dura elección de las empleadas filipinas

Para ellas, la obligación de satisfacer las necesidades de su familia en Filipinas pesa más que las condiciones de vida fuera del país, que pueden ser crueles o también con el riesgo de detención.

empleadas filipinas

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Pero las condiciones de vida de las empleadas domésticas que trabajan en Kuwait salieron a la luz con la muerte de Joanna Demafelis, cuyo cuerpo fue hallado en un congelador a principios de febrero.

Tras el asesinato de una empleada doméstica filipina en Kuwait, centenares de trabajadoras vuelven a casa contando los malos tratos que les infligen sus empleadores. Pero muchas no tienen más opción que volver a probar suerte en el extranjero.

Para ellas, la obligación de satisfacer las necesidades de su familia en Filipinas pesa más que las condiciones de vida fuera del país, que pueden ser crueles o también con el riesgo de detención.

"La madre de mi empleadora me hacía daño, me pegaba con un zapato de suela gruesa. Tenía un montón de moretones", cuenta Marissa Dalot, de 40 años y que trabajó durante casi cinco en el rico emirato del Golfo.

"No quería regresar a casa", agrega sin embargo. "Quería seguir trabajando porque mis hijos están todavía en la escuela". Hace poco decidió finalmente volver al archipiélago.

Unos 10 millones de filipinos trabajan en el extranjero, en numerosos sectores. Según el Banco Central de Filipinas, las remesas que envían son uno de los pilares de la economía local: 28,000 millones de dólares en 2017.

Pero las condiciones de vida de las empleadas domésticas que trabajan en Kuwait salieron a la luz con la muerte de Joanna Demafelis, cuyo cuerpo fue hallado en un congelador a principios de febrero.

El presidente filipino Rodrigo Duterte, visiblemente indignado, acusó a los empleadores del emirato de violar regularmente a sus empleadas, forzarlas a trabajar 21 horas al día y darles sobras para comer.

Sin empleo
En Kuwait trabajan unos 252.000 filipinos, buena parte de ellos como empleados domésticos. Las informaciones sobre abusos y sobreexplotación abundan en los medios.

"¿Cuándo cesarán estos tratos inhumanos hacia los trabajadores filipinos?", preguntó recientemente Duterte.

El presidente decretó la prohibición total para los filipinos de firmar nuevos contratos de empleo doméstico en el pequeño país petrolero. Manila busca también reforzar la protección de los filipinos que ya trabajan allá.

Las empleadas domésticas que lo deseen serán repatriadas de forma gratuita.

Una de las que regresó este fin de semana, Michelle Obedencio, de 34 años, denunció haber sufrido abusos de su empleador.

Tras dos años, huyó para trabajar en negro en un salón de belleza. La trataban mejor, a pesar de que tenía que jugar al escondite con la policía, dice.

A pesar de todo, está dispuesta a volverlo a intentar. "No hay empleo estable en Filipinas y si alguien quiere de mí, regresaré. Tengo tres hijos en edad escolar, el mayor está en la universidad", explica.

"Mi esposo no tiene trabajo, por lo que tengo que hacer verdaderos esfuerzos para salir (del país). Si no es Kuwait, será otro sitio", añade.

Sin ahorros
Según datos del gobierno, unos 1.700 filipinos se beneficiaron del programa presidencial de repatriación. Algunos regresaron gracias a una amnistía decretada por el gobierno kuwaití para los trabajadores clandestinos, que les permitía abandonar el emirato sin sanciones hasta el 22 de febrero.

Algunas de las trabajadoras no tienen gran cosa y cuentan a la AFP que no pudieron ahorrar.

Los salarios que ganaron a lo largo de los años los fueron enviando a casa. Algunos empleados domésticos explican haber cobrado 80 dinares kuwaitíes mensuales (215 euros, 265 dólares) que sirvieron para financiar la escolarización de sus hijos en Filipinas.

Los filipinos que trabajan en el extranjero son considerados héroes en su país por su contribución a la economía. Las informaciones sobre los malos tratos que reciben son un tema político sensible.

Loreza Tagle, de 37 años, denuncia haber sido sobreexplotada y subalimentada por su empleador. Trabajó en negro durante cinco años en un restaurante para poder satisfacer las necesidades de sus cuatro hijos y de su marido mal pagado.

Pero los ojos se le llenan de lágrimas cuándo se pregunta qué va a hacer ahora.

"Es espantoso regresar a Filipinas sin garantía de encontrar un empleo", se lamenta. "Allá, aunque tenga miedo de ser detenida por la policía, una está segura de encontrar trabajo. Aquí tal vez no tenemos miedo, pero no tenemos trabajo", apostilla.

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