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Puede que odie a Putin pero ame el Mundial

"Si se pregunta cómo habría reaccionado ante los Juegos Olímpicos de 1936 con Hitler, observe cómo reacciona usted a la Copa Mundial 2018 con Putin y aprenderá algo sobre usted mismo y la naturaleza del deporte", escribe un colmunista de The Guardian.

Vladimir Putin

Vladimir Putin

Vladimir Putin. (Foto: AFP)

La Copa Mundial de fútbol acaba de comenzar, pero ya ha generado un dilema moral para algunos.

El artista ucraniano Andriy Yermolenko hizo una serie de "carteles promocionales alternativos" para el Mundial de fútbol que se está llevando a cabo en Rusia, repletos de sangre, cráneos y bebés muertos.

Los carteles se han vuelto virales en Ucrania, pero, aun así, la televisión estatal ucraniana transmite el Mundial a pesar de la guerra que los agentes rusos libran en el este del país. La razón oficial es que la emisora ​​nacional no quiere perder los derechos para la Copa del 2022, que también compró.

Sin embargo, unos 4 millones de ucranianos vieron el partido de apertura del Mundial entre Rusia y Arabia Saudita, por lo que tampoco fue una mala maniobra comercial.

En el Reino Unido, el Secretario de Relaciones Exteriores, Boris Johnson, estuvo de acuerdo con la percepción de un legislador laborista respecto de que esta Copa Mundial es similar a los Juegos Olímpicos de 1936 con Hitler, y dijo que la "magnificencia [del presidente ruso, Vladimir Putin] en este evento deportivo" sería "una posibilidad emética".

El Reino Unido no envió autoridades al torneo y la familia real ha insistido en que ninguno de sus miembros asista. Y, sin embargo, el Reino Unido es uno de los 10 principales países fuera de Rusia en lo que respecta a la venta de boletos para el Mundial: 32,362 británicos decidieron asistir a los partidos.

A pesar de la tormenta política centrada en Rusia, que ha convencido a muchos estadounidenses de que Rusia intentó socavar la democracia de ese país, los ciudadanos de EE.UU. compraron más boletos para la Copa que cualquier otro país extranjero: con 88.825 boletos.

"Los fanáticos y la política son una combinación perdida", escribió Nick Cohen en The Guardian. "La batalla siempre es desigual. Si se pregunta cómo habría reaccionado ante los Juegos Olímpicos de 1936 con Hitler, observe cómo reacciona usted a la Copa Mundial de 2018 con Putin y aprenderá algo sobre usted mismo y la naturaleza del deporte".

Pero los fanáticos de los deportes que visitan Rusia a pesar de las advertencias sobre un sentimiento antioccidental, homofobia, racismo y crimen descontrolado inevitablemente verán algo más que solo los partidos de fútbol o la fachada propagandística que Putin quiere que vean.

A diferencia de los Juegos Olímpicos, que se celebran en unas pocas ubicaciones muy vigiladas y fáciles de monitorear, los grandes torneos de fútbol son un asunto muy abierto. La actual Copa del Mundo se juega en 11 ciudades rusas, desde el enclave de Kaliningrado, en el mar Báltico, hasta Ekaterimburgo, en los montes Urales.

Algunos aficionados australianos, chinos y japoneses tomaron el ferrocarril transiberiano para llegar a la parte europea de Rusia, donde se juega el Mundial.

Allí y en todas partes, los fanáticos han estado expuestos a una versión sin adornos de Rusia. A pesar de los muchos intentos por mejorar el aspecto de las cosas (¡incluidas las cárceles!) para el evento, muchos fanáticos serán testigos de apartamentos estrechos y apenas amueblados que se alquilan en una fortuna en Airbnb.

Se enfrentarán a baches en las carreteras de Rusia, volarán en aviones deteriorados en rutas locales y viajarán en destartalados pero agradables trenes. Los fanáticos alemanes se encontrarán con jóvenes con saludos nazis sarcásticos, y a los británicos se les preguntará con incredulidad sobre el asunto del envenenamiento de Skripal.

Es probable que también haya incidentes racistas, y la legisladora comunista Tamara Pletnyova, de hecho, advirtió a las mujeres rusas que no tuvieran sexo con personas de otras razas durante la Copa Mundial, no es que alguien estuviera escuchando.

El sábado, un taxista en Moscú arrolló a una multitud de personas, hiriendo a ocho de ellas, incluidos dos visitantes mexicanos al Mundial. El conductor, de la empobrecida exrepública soviética de Kirguistán, que llevaba 20 horas conduciendo después de solo tres horas de sueño, perdió el control del automóvil después de confundir el pedal de freno con el acelerador.

Con multitudes de extranjeros de todas las nacionalidades imaginables están disfrutando en Moscú, la exposición a este lado de la vida de la capital rusa es inevitable.

En otras palabras, no hay forma de construir un “pueblo Potemkin” lo suficientemente grande para engañar a los visitantes sobre cómo es realmente Rusia --Leonid Brezhnev tuvo una oportunidad mucho mejor para ello en los Juegos Olímpicos de 1980.

Claro, Putin y sus aliados aprovechan la oportunidad para sacar el mayor provecho del evento para lograr algo de poder blando. Putin, que no es aficionado al fútbol, ​​jugó un poco a patear la pelota en el Kremlin con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino.

El brutal gobernante de Chechenia, Ramzan Kadyrov, se tomó fotos con el delantero egipcio del Liverpool Mohammed Salah, presumiblemente para mejorar su posición en el mundo musulmán, donde Salah es una superestrella. Pero luego los fanáticos no verán mucho de los gobernantes rusos, pero no les importa en un sentido u otro.

Llegan a disfrutar con los rusos, visitan el país y asisten a los partidos, que hasta ahora han estado impecablemente organizados y en su mayoría emocionantes. Solo el 28% de los rusos tiene pasaportes que les permiten viajar al extranjero, por lo que muchos otros ahora pueden ver el mundo en sus puertas.

Aquellos que han comparado la Copa Mundial con los Juegos Olímpicos de 1936, celebrados cuando los judíos alemanes ya estaban siendo despojados de su ciudadanía y después de que sus negocios fueran "arianizados", deben tener en cuenta que Rusia no va a lanzar una versión del Holocausto o una guerra mundial.

Es un país que oscila entre cerrarse al mundo y mantenerse tan abierto como lo fue en la década de los noventa. Puede ser feo y acogedor, a veces al mismo tiempo; y en cualquier caso, no está adecuadamente representado por sus líderes, como se dará cuenta cualquiera después de unos pocos días de asistir a partidos de fútbol.

Por Leonid Bershidsky

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños.

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