Control de fusiones: los débiles argumentos a favor

Enzo DefilippiSOCIO DE INTELFIN Y PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DEL PACÍFICO

A raíz de un artículo publicado en Gestión (17.04.2012), fui invitado a un programa de televisión a debatir con el congresista Jaime Delgado sobre su propuesta para establecer un control de fusiones empresariales. Este debate permitió comprobar la debilidad de los argumentos de quienes proponen la ley. En primer lugar, señalan que muchos países desarrollados cuentan con este tipo de controles, y que si fuesen innecesarios ya los habrían abolido. Para comprobar lo errado del argumento recordemos la década de los ochenta, cuando el Reino Unido era el solitario promotor de la inversión privada al tiempo en que el resto de Europa seguía apostando por estados con un rol protagónico en la economía. Hoy es evidente cuán equivocadas estaban las políticas de la mayoría. Si estos controles se mantienen hasta hoy es porque la idea de que el Estado controla los mercados es una ilusión compartida por muchos, y pocos gobiernos están dispuestos a pagar el costo político de proponer su eliminación.Un segundo argumento es que el control se debe imponer para evitar el incremento de precios que se produce entre el momento en que varios rivales se fusionan hasta que se produce la entrada de nuevos competidores al mercado. Como ejemplo ponen el aumento de márgenes que se produjo desde que Backus adquirió a sus rivales hasta que ingresaron al mercado cervecero Brahma y el grupo Aje. Este argumento no toma en cuenta dos realidades: que es precisamente el incremento en márgenes lo que atrae la entrada de empresas rivales, y el hecho de que las fusiones generan eficiencias que son trasladadas a los consumidores cuando los nuevos competidores ingresan al mercado. De hecho, las empresas no se fusionarían si la operación no generase eficiencias. Por otro lado, para que el argumento sea válido, las pérdidas temporales deberían ser mayores que las ganancias permanentes que se logran cuando el mercado retorna a su equilibrio. Tomar en cuenta solo las pérdidas temporales implicaría, por ejemplo, que el metro de Lima no debiera construirse porque el tráfico empeorará durante su construcción. Un tercer argumento es que las fusiones deben ser controladas porque perjudican a medianos y pequeños productores, quienes no pueden competir con empresas más grandes. Este razonamiento es falaz. Por un lado, porque si el Estado defiende la competencia es para beneficiar a los consumidores, no a los competidores. Proteger a estos últimos reduce sus incentivos a innovar y reducir costos, perjudicando así a los consumidores. Es decir, tiene el efecto contrario al que se pretende. Por otro lado, porque en la economía de hoy no es el pez grande el que se come al chico, sino el pez rápido el que se come al lento. Aislar a las empresas de la competencia las hace menos competitivas, es decir, las convierte en peces lentos.

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