Productividad se dispararía gracias a nuevas tecnologías ¿cuáles son?

Los avances tecnológicos impulsaron el crecimiento de la productividad antes del 2010 y es probable que lo vuelvan a hacer en un futuro no tan distante.

(Foto: Bloomberg)
(Foto: Bloomberg)

(Bloomberg).- Una paradoja intriga a los economistas desde hace años: ¿por qué se ha estancado la productividad en un país rebosante de innovación tecnológica? En su mayoría han descartado la explicación más obvia posible –error de medición–, en tanto consideran varias otras.

Es probable, sin embargo, que asistamos a un adormecimiento tan solo temporal: los avances tecnológicos impulsaron el crecimiento de la productividad antes del 2010 y es probable que lo vuelvan a hacer en un futuro no tan distante.

El año pasado, Robert Gordon, académico de la Northwestern University, argumentó en su libro “The Rise and Fall of American Growth” (Surgimiento y caída del crecimiento estadounidense, en traducción libre) que la “tercera revolución industrial”, que comenzó en la década de 1970, terminó en gran parte hacia el 2005.

Todos los cambios importantes en los procesos empresariales a través de avances en la tecnología de la información –correo y catálogos electrónicos, autoedición con PC y facturación en kioscos de aeropuertos, escáneres de códigos de barra y rápida autorización de tarjetas de crédito– ya habían tenido lugar para entonces.

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Las innovaciones de hoy –robótica computarizada móvil, impresión 3D, inteligencia artificial, autos de conducción autónoma– tienen poco efecto en la forma en que funcionan las empresas porque son ya sea tangenciales a ella o no están los bastante desarrolladas como para hacer una contribución mensurable.

Lo que es más importante aún, cualquier avance de la productividad que generen es eclipsado –y seguirá siendo eclipsado, sugiere Gordon– por las pérdidas ocasionadas por la desaceleración de los aportes de la educación a la expansión económica, el débil crecimiento poblacional y la creciente desigualdad.

La teoría explica por qué la productividad se ha ralentizado en medio de tantas historias emocionantes de avances tecnológicos y heroicos innovadores como Elon Musk. Hay solo dos alternativas a la visión tecnológica pesimista de Gordon: la contribución de las innovaciones a la productividad ha sido medida erróneamente y en realidad es alta al presente, o el efecto es retardado y lo veremos en algún momento futuro.

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Productividad
En trabajos recientes relacionados con este debate, los economistas argumentaron que los smartphones, Facebook y las búsquedas de Google en su mayor parte producen beneficios que no se reflejan en el mercado y que tienen poca incidencia en la productividad, y que la desaceleración de esta se ve en muchos países independientemente de su entusiasmo por las innovaciones de Silicon Valley.

Pero en un artículo publicado el mes pasado por David Byrne, miembro del directorio de la Reserva Federal, y dos colaboradores, se sostiene que los errores de medición de todos modos son importantes, aunque no de manera evidente.

Byrne demuestra que la productividad multifactorial, que relaciona el rendimiento con diferentes clases de insumos, como el trabajo, el capital, la energía, etc., aumentó más rápido en el sector tecnológico de lo que muestran las estadísticas oficiales –10.9% entre el 2010 y 2015, en vez de 3.1%, como indican los datos oficiales–.

La productividad multifactorial a menudo se usa como indicador de la innovación; el sector tecnológico está innovando a un ritmo más rápido que el resto de la economía, pero eso no tiene mayor efecto en la productividad laboral… todavía.

“El ritmo en apariencia lento de la innovación en el sector tecnológico da asidero a la historia de que le queda poco margen al sector tecnológico para impulsar un mayor crecimiento de la productividad laboral”, escriben Byrne y sus colaboradores. “Creemos que estos ritmos de crecimiento más veloces en la alta tecnología podrían presagiar una segunda ola de crecimiento más alto de la productividad laboral estimulada por la revolución digital”.

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En otras palabras, la innovación que se filtra al sector tecnológico no se ha reflejado todavía en una mayor productividad laboral para la economía en su totalidad.

Esto concuerda también con la lógica. Amazon está probando una tienda sin mostradores de caja gracias a innovaciones que no son lo bastante confiables como para hacer un lanzamiento general. Tesla vende decenas de miles de autos eléctricos con impresionantes características, pero tanto esta compañía como sus competidores tradicionales aún no las han llevado al mercado masivo.

Uber ofrece viajes en vehículos sin conductor –y los proveedores están bajando los costos de la tecnología necesaria para hacer estos autos a escala–, pero una vez más, no hay suficiente experiencia acumulada como para que la tecnología se traslade a la corriente principal. Gracias a la tecnología de redes neurales, los productos de Google Translate finalmente empiezan a parecerse a oraciones escritas por un ser humano –pero aún no lo suficiente como para permitir interacciones profesionales confiables en las diferentes lenguas.

Algunas tecnologías han llegado cerca del tentador umbral más allá del cual revolucionarían los procesos empresariales como lo hicieron las innovaciones anteriores al 2005.

El proceso de desarrollo ha dado origen a áreas tecnológicas significativamente nuevas, y la competencia entre ellas está haciendo bajar los precios y aumentando la productividad multifactorial.

Estas áreas innovadoras son ahora como resortes comprimidos. No está claro cuánta energía liberarán al “soltarse”, puede que algunas tecnologías toquen sus límites naturales y no hagan nunca un aporte importante, pueden que otras pueden choquen con barreras reguladoras, pero hay otras que quizá resulten importantes motores de la productividad, capaces de superar los vientos contrarios descritos por Gordon.

El “apocalipsis del sector minorista” en Estados Unidos demuestra que la intuición de Byrne podría ser correcta. La revolución no se detuvo en los escáneres de códigos de barra y las terminales de tarjetas de crédito. Simplemente los cambios tardaron un tiempo en surtir efecto.

Por Leonid Bershidsky

Esta columna no refleja necesariamente la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños.

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