Cómo alentar y recompensar el talento de los 'genios', según matemática de Harvard

Por cada genio reconocido hay por lo menos un centenar de otras personas brillantes que contribuyeron al logro de esos resultados sobresalientes. ¿Qué significa la matemática para el mundo?

(Foto: Getty Images)
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(Bloomberg).- No hay que ser un genio para convertirse en matemático. Si la afirmación le resulta sorprendente, usted es un ejemplo de lo que está mal en la forma en que la sociedad detecta, alienta y recompensa el talento.

Como matemática que estudió en Berkeley, Harvard y Princeton, he conocido a genios. Conocí a Andrew Wiles, a quien se le atribuye la resolución del último teorema de Fermat, y también a Grigori Perelman, que resolvió la hipótesis de Poincaré.

Son personas brillantes, pero no lo hicieron todo solos. Por cada genio reconocido hay por lo menos un centenar de otras personas brillantes que contribuyeron al logro de esos resultados sobresalientes.

La matemática exige altruismo, mucho trabajo y también corroboración de datos. Si bien se la presenta como un ideal platónico de argumentación lógica, una demostración matemática queda establecida solo si convence a un importante grupo de colegas de ese campo.

En ese sentido, es en parte una construcción social. Las demostraciones largas y complejas exigen un esfuerzo enorme –y no rentado-- para detectar los defectos que existen en la mayor parte de los casos. La comunidad matemática merece un mayor agradecimiento del que obtiene por su generosa tarea.

Lo mismo se aplica a la sociedad en su conjunto. Los ganadores, ya se trate de altos ejecutivos, de senadores o de ganadores de premios Nobel, deben buena parte de sus éxitos a un sistema funcional. No soy la primera en notar que Steve Jobs probablemente habría sido un agricultor de subsistencia de haber nacido en otra época (si es que lograba sobrevivir a la infancia). Sin embargo, sus logros tienden a presentarse como exclusivamente individuales.

En definitiva, recompensamos de forma excesiva a quienes están en la cima e ignoramos al resto. Se trata de un sesgo innecesario y nada útil que facilita la veneración de héroes, que socava el objetivo de fomentar la creatividad y desalienta contribuciones valiosas a las comunidades, a causas importantes y a proyectos científicos.

También ejerce influencia en la forma en que educamos a nuestros hijos debido a la premisa errada –reflejada en títulos del tipo de “Cómo criar un genio”—de que las pruebas estandarizadas pueden identificar potenciales genios y que una crianza adecuada puede convertir a los chicos en genios y llevarlos a resolver los problemas del mundo.

No digo que no debamos tener grandes esperanzas y elevados estándares en relación con nuestros hijos. Pero al concentrar la atención en los niños que obtienen los puntajes más altos en los exámenes, lo que hacemos es reforzar la obsesión por los genios en detrimento de todos los demás, en especial de aquellos niños que no tienen los recursos necesarios para competir. En ese sistema, la matemática pierde su naturaleza lúdica y curiosa. Se convierte en un portero, en algo que intimida en lugar de explicar.

Hablo por experiencia. Cuando gané una competencia de matemática en mis años de estudiante secundaria, el premio era “Men of Mathematics” (Hombres de matemática), un libro que presentaba las semblanzas de un grupo de extintos genios matemáticos, todos ellos hombres blancos. Desde que era una niña, el mentor del equipo matemático lo reemplazó por “Women in Mathematics” (Las mujeres en la matemática), que hacía lo mismo con mujeres y de forma absolutamente deprimente.

Sin duda las intenciones del maestro eran buenas, pero yo no necesitaba información sobre un grupo de personas que resolvieron problemas que no podía entender. Un libro de problemas matemáticos habría sido mucho más útil para transmitir el mensaje adecuado: ¡que la matemática es divertida!

Para llegar a imaginar la posibilidad de convertirme en matemática tuve que ignorar la pregunta de si yo era un genio o si tendría que serlo. Si se me hubiera presionado, examinado y medido para determinar cuán excepcional era, lo más probable habría sido que hubiera perdido impulso.

Nos hacemos un flaco favor cuando nos concentramos solo en lo excepcional, ya sea en matemática o en cualquier otro campo. En lugar de ello, deberíamos impulsar la educación para todos, la incorporación de más desafíos para quienes los quieren, así como una investigación generosamente subsidiada para los pocos locos que están dispuestos a dedicarse a eso. Vamos a necesitar muchos pensadores inteligentes y seguros para abordar los problemas que estamos creando.

Por Cathy O’Neil

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial ni la de Bloomberg LP y sus dueños.

Cathy O’Neil es una matemática que ha trabajado como docente, analista de fondos de cobertura y científica de datos. Fundó ORCAA, una compañía de auditoría algorítmica, y es la autora de “Weapons of Math Destrution” (Armas de destrucción matemática)

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