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Mohamed El-Erian: FMI y Argentina ponen en riesgo la credibilidad

Hay cuatro razones importantes por las cuales, en el papel y sin una perspectiva histórica más profunda, el acercamiento de Argentina hacia el FMI no parecería particularmente complicado, a pesar de serlo.

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Christine Lagarde del FMI y Mauricio Macri, presidente de Argentina. (Foto: Bloomberg)

La semana pasada, el directorio ejecutivo del Fondo Monetario Internacional (FMI) convocó una "reunión informal" anticipando lo que la directora gerente Christine Lagarde llamó "la intención de las autoridades argentinas de solicitar un acuerdo stand-by de acceso excepcional".

La reunión del 18 de mayo destinada a analizar una asistencia financiera significativa para las reformas económicas del país sudamericano y orientada a restablecer la confianza del mercado fue un paso inusual para el FMI, que ha tenido su cuota de rescates complicados.

Esta reunión atípica no se produjo debido al caso argentino de hoy, sino que, fue el resultado de las relaciones históricas del país con el FMI.

Hay cuatro razones importantes por las cuales, en el papel y sin una perspectiva histórica más profunda, el acercamiento de Argentina hacia el FMI no parecería particularmente complicado, a pesar de serlo:

Primero, Lagarde reiteró la opinión generalizada de que el Gobierno de Argentina, encabezado por el presidente Mauricio Macri, "ha estado dedicado a una transformación fundamental y positiva de la economía” y “ha sido consciente de la necesidad de forjar y mantener el consenso social al calibrar el ritmo" de la reforma.

En segundo lugar, los esfuerzos de Argentina se han complicado por shocks exógenos, incluida una sequía que socavó la producción agrícola, y condiciones financieras globales más restrictivas causadas en parte por alzas en las tasas de interés en Estados Unidos, una apreciación del dólar y mayores precios del petróleo.

En tercer lugar, como se detalla aquí, la reciente ola de "volatilidad financiera significativa" demostrada por un fuerte debilitamiento del valor del peso y mayores diferenciales de riesgo soberano se ha visto amplificada por medidas de mala gestión de la política económica.

Los errores incluyen un aumento a destiempo de la meta de inflación del banco central y la intervención cambiaria que sugirió una comprensión insuficiente de las dinámicas del mercado internacional. Estos tienen vulnerabilidades expuestas debido a una deuda relativamente alta y a déficits gemelos (el presupuesto del Gobierno y la cuenta corriente de la balanza de pagos).

En cuarto lugar, los pasos correctivos ya han comenzado, incluido un aumento de las tasas de política monetaria a un impresionante 40% y la búsqueda de un mayor ajuste fiscal.

Sin embargo, parece que tanto Argentina como el FMI no consideran que estas condiciones sean tan convincentes como para seguir la ruta más tradicional hacia un acuerdo de financiación. En cambio, ambas partes están tomando precauciones especiales (y medidas) para mantener informadas a las principales circunscripciones y, con suerte, a bordo. Y por buenas razones.

Una relación histórica ya complicada llegó a sus límites antes y después del impago soberano de Argentina en diciembre del 2001. Esta debacle altamente visible y costosa reveló cómo ambas partes habían caído en una interdependencia insana a lo largo de los años. La relación finalmente resultó irreconciliable y su desaparición fue seguida por un desagradable juego de culpas.

A pesar de las reiteradas señales de advertencia, el FMI siguió apoyando una configuración financiera insostenible en Argentina, incluso mediante el otorgamiento reiterado de créditos pese a que no se cumplían sus condiciones básicas de "garantías financieras".

Argentina jugó al gato y al ratón con el fondo, alimentando periódicamente una cultura nacional de desconfianza que socavó la propiedad nacional de las reformas y desfavoreció la postura del FMI a medida que el país entraba en recesión, inflación e impago.

Esto dañó aún más la reputación de buen juicio, profunda experiencia y adhesión al enfoque imparcial de uniformidad en el trato para los países miembro que tenía la entidad.

La insólita reunión del directorio del 18 de mayo sirvió para darse cuenta de que la situación tiene mucho más que ver con las negociaciones actuales que con los objetivos importantes del FMI de apoyar las reformas argentinas, restaurar la calma en sus mercados financieros y contener potenciales efectos de contagio dañinos para otros países emergentes.

Las negociaciones significan que Argentina y el FMI vuelven a suscribir grandes riesgos de reputación que van más allá de la economía y las finanzas de este particular caso país.

No sería una exageración decir que Macri está arriesgando casi todo su capital político nacional. El no conseguir el apoyo para un programa desarrollado a nivel local bien diseñado y eficaz agregaría incertidumbre política, aun cuando es probable que Argentina experimente recesión, alta inflación, una moneda inestable y otros trastornos financieros.

Mientras tanto, el FMI se está preparando para una mayor demanda de sus servicios a medida que el mundo emergente atraviesa condiciones financieras mundiales más difíciles y mientras los países avanzados buscan formas de reconciliar mejor sus prioridades nacionales con sus obligaciones y responsabilidades internacionales.

Este no es el momento de renovar la preocupación sobre la efectividad del fondo.Mientras llevan a cabo sus negociaciones, sería muy aconsejable que ambas partes recuerden un consejo simple que escuché de un funcionario de alto nivel en mi primera exposición a las negociaciones del programa del FMI en 1983, poco después de unirme al fondo al egresar de la facultad: siempre asegúrese de comprometerse a lo que puede cumplir y de cumplir con lo que compromete.

Por Mohamed A. El-Erian

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños.

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