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¿Vale la pena pasar 20 horas al mes quejándose en el trabajo?

Para Jesús Vega, experto en gestión de personas, la queja es uno de los grandes complejos de los latino.

“¿Acaso no haces nada bien?”. Aunque un empleado cometa errores, esta frase puede dañar gravemente su motivación.

Las quejas en el trabajo suelen estar cargadas de toxicidad. Según Expansión, el reto es convertir la queja en crítica, teniendo en cuenta que una organización donde jamás se discute resulta ser tan tóxica como aquella que está en constante conflicto.

Peter Bregman, CEO de la consultora Bregman Partners, sostiene en Harvard Business Review que hay gente que dedica 3 horas y 45 minutos (casi la mitad de una jornada de 8 horas) a las quejas. Además, agrega que según Marshall Goldsmith "una gran mayoría de empleados dedican 10 o más horas al mes a quejarse -o a escuchar las quejas de otros-, aunque un tercio pierde 20 horas o más al mes en esto".

Para Jesús Vega, experto en gestión de personas, la queja es uno de los grandes complejos de los latinos, y añade que "se trata de un rasgo de inmadurez. Implica delegar en otro la resolución de un problema, y también dejar en otras manos el poder que tenemos para cambiar o arreglar las cosas. Mientras protesto, paso el problema a otra persona".

Vega opina que "la queja es un factor de higiene mental y de desahogo: Alguien nos escucha y nos refuerza. El problema llega cuando se convierte en algo crónico. Al final, no sirve de nada".

Añade que "la misión de quien se enfrenta a la queja es pararla y transformarla en crítica, esto es, definir algo que no nos gusta o que no va bien con una propuesta para mejorarlo o solucionarlo".

Eficacia

A diferencia de la queja, la reclamación productiva tiene que ver con ser asertivo y, a la vez, con tratar de ser resolutivo. Se trata de explicar o informar acerca de algo que no es del agrado de uno. Se informa al otro para tratar de que no se repita ese fallo y se reclama lo que uno cree que es justo. Esto supone una oportunidad de cambio.

Por su parte, Pilar Jericó, presidenta de Be-Up, cree que "la queja que es constructiva ha de ser sustituida por una propuesta de mejora, que debería ser promovida por la propia organización. Los buenos jefes tendrían que invitar a opinar acerca de la mejor forma de mejorar".

Ella añade que el desahogo no puede convertirse nunca en queja destructiva: "Piense en cómo se queda después de ese vómito tóxico. Uno termina más amargado, y eso significa que no sirve para nada".

Un aspecto fundamental a la hora de realizar una queja es que esta no vaya cargada de toxicidad ni esté vacía de contenido. Es decir, la argumentación debe ser en base a hechos y no de juicios o interpretaciones.

Para las empresas que tienen la línea "en vez de quejarse, debe pasar a la acción", Vega cree que es necesario asumir la parcela de responsabilidad, y esto implica "acción para conseguir que las cosas vayan bien: Se trata de actuar de la mejor manera posible en nuestro círculo de acción". Jericó opina que "la queja nos vacía de contenido. Nos sitúa como víctimas y no en el plano de la acción, de hacer cosas. Es algo habitual en organizaciones muy paternalistas".

Negociación constructiva

Deberíamos preocuparnos en cualquier relación en la que no hay disputa, porque eso implica que no existe la comunicación. Peñalver añade que "la clave está en la negociación constructiva. Cuando se da esto, a pesar de la disputa, la relación sale siempre fortalecida. Ante la discrepancia en el terreno profesional, lo más sensato y eficaz es hablar. No se consigue nada silenciándola o enterrándola, porque está claro que no se resolverá por sí sola".

"Algunas veces surgen propuestas de creatividad y de mejora para proponer cuestiones que realmente se pueden cambiar. Pero si no hay margen de maniobra para transformar las cosas, la queja se convierte en lugares comunes. No está en nuestras manos y el cambio así resulta muy difícil", concluye Jericó.

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