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En discriminación por edad, lo viejo es nuevo otra vez

Las compañías tecnológicas del siglo XXI pueden estar actuando de manera muy parecida a las ahora anticuadas industrias vanguardistas que fueron pioneras en la discriminación por edad hace más de un siglo.

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En Estados Unidos, el registro histórico ofrece escasa evidencia de trabajadores despedidos a partir de los 40 años. (Foto: Bloomberg)

En los últimos meses, los empleados de Google, Intel e IBM han presentado demandas por discriminación por edad, parte de un creciente coro de voces que afirma que existe una cultura generalizada de discriminación por edad en toda la industria tecnológica.

No hay nada nuevo en estas prácticas. Las compañías tecnológicas del siglo veintiuno pueden estar actuando de manera muy parecida a las ahora anticuadas industrias vanguardistas que fueron pioneras en la discriminación por edad hace más de un siglo. Entonces, como ahora, los empleadores ignoraron deliberadamente el hecho de que los trabajadores mayores generalmente son tan competentes como los más jóvenes, a veces más.

En Estados Unidos, el registro histórico ofrece escasa evidencia de trabajadores despedidos a partir de los 40 años. Pero eso se debe en gran parte a que la mayoría de los hombres no vivían tanto tiempo: antes de la década de 1870, por ejemplo, la expectativa de vida promedio de los hombres blancos rondaba en torno a los 40 años. Pocas empresas se molestaban en imponer una edad de jubilación obligatoria.

Pero como han observado varios historiadores, la discriminación por edad se convirtió en un fenómeno generalizado después de la década de 1870. En 1870, la expectativa de vida era de deprimentes 39 años para los hombres blancos. Sin embargo, ese era sólo el promedio, y suficientes hombres vivían considerablemente más tiempo. De hecho, el 80.6% de los hombres mayores de 65 años tenían trabajo en ese momento.

Sin embargo, para 1910, ese número había bajado a 63.7%, a pesar del hecho de que la expectativa de vida de los hombres blancos aumentó a 48 en los años en el intertanto. La discriminación por edad empeoró precisamente en el momento en que más hombres comenzaron a vivir más tiempo.

Los obreros estaban en una posición particularmente desventajosa debido a que las nuevas tecnologías sustituyeron los métodos de producción más antiguos y lentos. En la composición tipográfica, por ejemplo, la nueva máquina Linotype requería dedos rápidos y una excelente visión. Los empleadores utilizaron el cambio para justificar el despido de trabajadores mayores.

Los límites legislativos sobre la duración de la jornada laboral también fomentaron la discriminación por edad. Después de que un número creciente de estados obligara a algunas industrias a limitar los días laborales a nueve horas, las compañías presionaron a los trabajadores para que fueran más productivos para compensar. Muchos empleadores eliminaron rápidamente a los trabajadores de más edad, argumentando que no podían cumplir el nuevo ritmo de trabajo.

Es posible que las compañías hayan tenido razón en circunstancias muy específicas, como empleos que involucraban trabajo pesado. Pero la ética económica de supervivencia de los más aptos tendía a reforzar un prejuicio irracional contra los trabajadores de mayor edad. De hecho, muchos pensadores prominentes predicaron las virtudes del envejecimiento.

En 1905, por ejemplo, William Osler, quien ayudó a fundar la Escuela de Medicina Johns Hopkins, pronunció un discurso de despedida que ocupó los titulares nacionales por su insensible desestimación de la generación más antigua de trabajadores.

Osler, de 56 años, lamentó la "inutilidad comparativa de los hombres mayores de 40 años", y argumentó que todos los hombres deberían ser obligados a dejar de trabajar a los 60. Sugirió en son de broma que, después de un año de jubilación, todos esos hombres deberían ser despachados con una dosis letal de cloroformo. (Osler no siguió su propio consejo, y vivió hasta los 70 años de edad, pero su discurso parece haber estado dirigido a trabajadores comunes, no a élites como él).

Si bien el discurso de Osler provocó indignación, captó un creciente escepticismo sobre los trabajadores de mayor edad. Ese mismo año, un grupo de trabajadores mayores marginados, muchos de ellos veteranos militares, fundaron la Liga contra el Límite de Edad, que buscaba luchar contra lo que se denominaba "ostracismo de edad" que encontraban los hombres mayores de 45 años.

El New York Times recibió la noticia con escepticismo. En un editorial contundente, expresó compasión por cualquier persona de más de 40 años que tuviera que jubilar, pero luego señaló que "el promedio de todos los blancos nativos en el momento de la muerte es de 36, de modo que los que trabajan a los 45 años parecen estar trabajando en el tiempo de otro hombre". ¡Ay!

Pocos hombres, e incluso menos mujeres, tenían pensiones o acceso a programas de asistencia social del gobierno que podrían haber mitigado la discriminación por edad. Sin embargo, la discriminación creció más en las primeras décadas del siglo XX, incluso cuando la esperanza de vida de hombres y mujeres se prolongó aún más.

A fines de la década de 1920, una encuesta realizada por la Asociación Nacional de Fabricantes encontró que un tercio de todos los establecimientos de manufacturas tenían límites de edad, y que los trabajadores poco calificados generalmente eran despedidos a los 45 años; los trabajadores calificados, como los maquinistas, por el contrario, eran finiquitados después de cumplir 50 años.

Esto hizo quedar a un número creciente de pensadores económicos como tontos y carentes de visión a futuro. Como observó en 1928 James Davis, secretario de trabajo republicano, la creciente mecanización y automatización había nivelado el campo de juego: “Donde las máquinas hacen tanto y los trabajadores tan poco, el trabajador de 60 años se vuelve tan capaz como el de 20, con el valor agregado de una tendencia a apegarse al trabajo”.

La Gran Depresión trasladó el debate sobre la discriminación por edad al centro de la atención pública. Las compañías que luchaban por hacer frente al desastre despidieron en masa a los trabajadores de más edad, muchos de ellos hombres casados con familias que mantener. En respuesta, los economistas a nivel federal y estatal comenzaron a recopilar estadísticas sobre el alcance del problema.

Lo que encontraron fue inquietante. En Massachusetts, los investigadores encontraron que a fines de la década de 1930 en una encuesta a seis cadenas de tiendas, los empleadores contrataron a 1,600 hombres nuevos, pero solo 54 de ellos tenían más de 45 años.

Otros estudios encontraron niveles comparables de discriminación en otras industrias, mientras que las mujeres eran las más afectadas. Un ejecutivo de AT&T cuestionado por un panel legislativo en Nueva York admitió que aunque recientemente había contratado a 900 mujeres, solo una tenía más de 40 años.

Cuando eran presionados ante los comités legislativos, a menudo profesaban la voluntad de traer de regreso a los trabajadores de mayor edad a quienes habían despedido en el momento más crítico de la crisis, pero generalmente se negaban a contratar a lo que un empleador en Nueva York describió desdeñosamente como "los trabajadores descartados de otro colega". Este sentimiento ignoró convenientemente el hecho de que muchos de esos trabajadores descartados habían acumulado una gran cantidad de experiencia de la que carecían los trabajadores más jóvenes.

En 1939, el presidente Roosevelt se sumó al debate y pidió que se pusiera fin a la discriminación por edad. Pero el creciente movimiento para la reforma se desbarató por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El conflicto creó tal escasez de mano de obra que el problema desapareció temporalmente.

Sólo en la era de la posguerra el problema llevó a una intervención legislativa. Massachusetts fue el primero en aprobar una medida, en 1937, pero en 1950 modificó la ley, dándole más poder. Nueva York hizo lo mismo en 1958. Los estudios en estos estados mostraron que los anuncios de empleo ya no hacían referencias ilegales a los requisitos de edad, aun cuando continuaba la discriminación encubierta.

En 1964, los activistas ansiosos por poner fin a la discriminación por edad llevaron su caso a nivel federal. La Ley de Derechos Civiles de 1964, que prohibió otras formas de discriminación, abrió la puerta a la reforma. Aunque esa legislación no abordaba la discriminación por edad, ordenó al Secretario de Trabajo que estudiara el problema. El informe resultante encontró evidencia generalizada de discriminación por edad: la mitad de los empleadores de la nación imponía límites de edad al contratar personas.

De forma significativa, el informe descubrió que, si bien la discriminación basada en la edad se podía justificar en ciertas circunstancias, como las exigencias físicas del trabajo, o los temores sobre los costos de las pensiones y los beneficios, muchas empresas discriminaban porque seguían creyendo, contra toda evidencia, que los trabajadores mayores no podían hacer su trabajo tan bien como sus compañeros más jóvenes.

Los hallazgos incitaron al Congreso a aprobar la Ley de Discriminación por Edad en el Empleo en 1967. Desde ese momento, la mayoría de los empleadores han tenido mucho más cuidado de no discriminar a los trabajadores de mayor edad, incluso si la práctica continúa.

El sector tecnológico, por el contrario, no ha mostrado la misma cautela. Las palabras que pronunció el presidente de Facebook, Mark Zuckerberg, no hace mucho tiempo, "los jóvenes son más inteligentes", parecen guiar las prácticas de contratación de estas empresas.

La historia sugiere que podrían querer cambiar su tono. La industria ya está luchando con suficientes desastres de relaciones públicas. Practicar la discriminación por edad sin visión de futuro no ayudará a sus argumentos.

Por Stephen Mihm

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños.

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