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¿Te has convertido en una start-up de emociones?

Que el lenguaje de la empresa se haya trasladado a la vida personal no es casual. ¿Por qué conviene la felicidad al capitalismo?

¿Te has convertido en una start-up de emociones?

¿Te has convertido en una start-up de emociones?

«Sonríe». «Sé feliz». «Lánzate a la aventura». «Explota tu creatividad». «Apasiónate». Todos estos mensajes que recibimos a diario en forma de positividad tienen un significado muy distinto al que enmascaran.

Vienen a decir: autoexplótate. Conceptos como la gestión de las emociones o la inversión en uno mismo, por ejemplo, convierte a las personas en una suerte de start-ups de sus propios sentimientos. Los límites entre la vida laboral y personal son así cada vez más difusos y surgen nuevos conceptos como las trabacaciones.

Que el lenguaje de la empresa se haya trasladado a la vida personal no es casual. ¿Por qué conviene la felicidad al capitalismo? Porque la infelicidad sale, literalmente, cara. Los hay que incluso le han puesto precio. De ahí el concepto de felicidad sostenible al que acude Alberto Santamaría en su ensayo En los límites de lo posible (Akal, 2018).

Margaret Tatcher quería llegar al alma. De ese discurso parte el ensayo de Santamaría en el que desmenuza los entresijos de un capitalismo que ha conseguido aglutinar aquellos medios que tenían la posibilidad de rebelarse. Es lo que este filósofo llama «activismo cultural neoliberal».

Tanto él como Remedios Zafra han advertido casi a la vez cómo el capitalismo ha ido adoptando un lenguaje suave, agradable y emocional que ha derivado en la precariedad laboral en trabajos creativos y en la autoexplotación.

La creación de la creatividad

Los mitos sobre el origen del mundo, en general, consisten en meras clasificaciones. Crear, en el contexto religioso, es más bien repartir nombres. Así lo explicó Santiago Alba Rico en Ser o no ser (un cuerpo): «Queda claro, en todo caso, que el relato de la creación es, en realidad, un diccionario: definir, lo sabemos, quiere decir separar, ceñir, delimitar, y así comienza Yahvé su obra, “separando el cielo del suelo, los mares de la tierra”».

Si para Santamaría la creatividad solo se entendía en contextos religiosos hasta hace menos de dos siglos, algo así viene a decirnos Zafra sobre el entusiasmo: que en el pasado era cosa de dioses. Pero eso que ahora atañe a los humanos ya no es lo mismo. El capitalismo lo ha reinventado.

Tras esa reinvención de la creatividad surge un nuevo héroe. Es el entusiasta, el dinámico, el emprendedor, el flexible. Alguien que, sobre todo, es bueno trabajando en grupo y es tan feliz que probablemente no se quejará de sus condiciones porque encontrará más motivos para disfrutar de su trabajo.

Este nuevo sujeto tan resiliente que sabrá cómo adaptarse a su pobreza y hasta aprenderá algo de ella. «Aprende a gestionar tus emociones viene a significar: aprende a gestionar tu pobreza».

«¿Cómo se produce esta mutación afectiva? ¿En qué medida esta burbuja sobredimensionada de afectos que satura la retórica económica esconde un modelo de sujeto que ha de ser producido y adaptado a las nuevas dinámicas de mercado? ¿De qué modo esa obesidad afectiva dibuja una forma nueva de precarización y autoexplotación?».

Estas son algunas de las preguntas que se plantea y responde Alberto Santamaría en su ensayo. Durante un año, estuvo leyendo libros de marketing empresarial y asistiendo a charlas motivacionales. Su conclusión fue que se nos está intentando convencer de que una serie de elementos abstractos y difícilmente cuantificables y demostrables son la clave del desarrollo económico. Creatividad, emociones e imaginación son algunos de ellos.

Remedios Zafra añadiría uno en el que ha profundizado en su último ensayo: el entusiasmo. Es lo que vertebra el discurso de la pasión vocacional, que invita a abrazar la pobreza mediante la autoexplotación y la aceptación de unas condiciones indignas disfrazas de recompensas relativas como la visibilidad.

Recibimos constantes mensajes que nos dicen que todo empieza y acaba en nosotros y que nada va a cambiar. La resiliencia se convierte así en un valor que gana popularidad. El resiliente es, en resumidas cuentas, un ser creativo, un héroe moderno capaz de gestionar la pobreza y sus emociones.

Y sí, es también el entusiasta que trabaja con pasión y, a menudo, por amor al arte y a cambio de un par de aplausos. El mensaje lo resume así Santamaría: «Cambia tu reacción, no la realidad».

De la seguridad al riesgo

Si hace décadas se priorizaba la especialización y la seguridad en el trabajo, ahora la tendencia es a idealizar el riesgo. Esta mutación, que tiene lugar en los años 80, coincide con la sobreeducación: muchos de aquellos que invirtieron en su futuro y se formaron en pos de una seguridad laboral hoy secundaria quedan fuera de un mercado que no puede reabsorberlos.

Es en ese momento cuando, según Santamaría, «se comienza a premiar un tipo de educación que permita la flexibilidad, el trabajo en equipo, la creatividad, etc. Todo ello, en principio, no reglado curricularmente, sino proveniente de cierto instinto desde el cual contemplar toda una serie de oportunidades». Mientras el riesgo vence a la seguridad, «el modelo de héroe-emprendedor-exitoso, entendido como empresa-de-sí triunfa».

Con las redes sociales, cualquiera se convierte en anunciante a través de su propio cuerpo. El beneficio, a menudo, consiste en recibir productos gratis de la marca en cuestión. Lo cual no solo genera una sensación de estatus, sino que refuerza la idea de la persona/empresa exitosa. Es decir, al sujeto empresa-de-sí las marcas lo eligen porque tiene gran visibilidad y una considerable cantidad de admiradores. Volvemos a las emociones: el pago consiste en alimentar la vanidad.

La marca de sí

En cierto modo, asistimos a la conversión de las personas en marcas. Para que este proceso sea posible, es necesaria la creatividad, que permite al sujeto tanto diseñar su propia empleabilidad como adaptarse a la realidad.

Así lo explica Santamaría: «Trabajar sobre uno mismo con la finalidad de que la transformación sea permanente, inacabable, lo que implica una mayor eficiencia. Por supuesto, este modelo de empresa-de-sí lleva consigo, a su vez, un nuevo mantra retórico según el cual ya no se trata de motivar, sino de movilizar», escribe Santamaría.

Zafra también habla de movilización: «La pasión, como el deseo, como la fe para quien la tiene, moviliza», dice en El entusiasmo. Ya no hay que motivar porque el trabajador entusiasta viene motivado de casa.

Se le pide que oculte sus preocupaciones, sus miedos, sus problemas y que los disfrace de motivación porque de esta se presupone el contagio que, nos dice Zafra, es lo que mantiene el ritmo de producción del sistema.

«Ese entusiasmo inducido se ha convertido en herramienta capitalista que permite mantener la velocidad productiva, esconder el conflicto bajo una máscara de motivación capaz de mantener las exigencias de la producción a menor coste», escribe.

En todo este entramado de gente tan entusiasmada como frustrada asistimos al rescate de una tendencia no tan novedosa: la romantización del pobre apasionado, aquel que ha renunciado al trabajo alienante para seguir su pasión y buscar esa quimera de la felicidad laboral.

«No pocas figuras míticas han conformado esa visión cargando un plus de exigencia y valentía al que crea, que sea capaz de anteponer su pasión a su alimento y a la expectativa que el mundo (familiar y social) pone sobre su persona», escribe Zafra. O lo que Charles Bukowski resumió así en uno de sus poemas: encuentra lo que amas y deja que te mate.

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