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Mirando los Negocios al Revés Jorge L. Boza Jorge L. Boza

Mi Ropa Dominguera. ¿Es posible adoptar una cultura innovadora?

Ser el menor de ocho son palabras mayores y no lo digo por los siete hermanos que mis padres procrearon por delante de mí sin tener la cortesía de pedirme permiso. Ser el último en la línea sucesoria tiene gravísimas consecuencias que van más allá de ser nombrado, ad honorem, la piñata oficial de la familia. Tal vez la más cruel de todas es aquella que tiene que ver con el mundo de la moda. Es que algunas personas heredan el color de los ojos de su padre, el bigote del tío (o de la tía) o la forma de los dientes de la abuela (o su dentadura cuando cuelgue los tenis). Yo, en cambio, heredé la ropa usada de todos mis hermanos. Entonces, que nadie me diga que los rasgos hereditarios provienen únicamente de 23 pares de cromosomas, porque yo mismo heredé cerca de 20 pares de zapatos durante mi niñez.

Para poner el asunto en contexto; entre el primero de mis hermanos y yo existe una diferencia de edades de algo más de una década. Esto significa que, cuando me tocaba usar sus camisas, pantalones y zapatos, había tan sensacional desfase entre la moda de ese momento y las prendas heredadas que doce años después que dejaran de tocarse por la radio las canciones de los Bee Gees, yo recién estrenaba mi ropa de la época disco.

Aunque usted no lo crea, el sistema del legado de hilos y trapos impuesto por mamá fue el verdadero antecedente del GPS. Cierto día, mi padre nos llevó al estadio donde se enfrentaba el equipo local contra su archirrival del pueblo vecino. La multitud desbordaba las instalaciones extendiéndose hasta las afueras de sus muros. Entre esas decenas de miles de almas, solté la mano de uno de mis hermanos y una gigantesca ola de gente me arrastró consigo. ¡Me había perdido! De pronto se escuchó, por los altoparlantes del recinto, la voz de un hombre que anunciaba que se había extraviado un niño describiéndolo únicamente por el atuendo que llevaba –es uno que está vestido de Travolta-, dijo preocupado. Me ubicaron en 5 segundos.

De pequeño casi todo mi ropero lo obtuve de mis hermanos mayores con la sola excepción del traje que me compraron para ir a la misa del domingo. Mi madre decía que ante Dios, yo debía estar decentemente ataviado y no vestido como un hereje. Lo interesante es que mamá creía que mi ropa dominguera tenía milagrosas facultades. Según ella, mi personalidad se transformaba cada vez que la vestía de tal manera que, de ser un endiablado e incorregible mataperros pasaba a convertirme en una angelical e inocente criatura con aureola incluida. Pero la realidad era otra. Mi cambio no se debía al poder celestial de mi ropa dominguera sino más bien al poder terrenal de las amenazas de mi progenitora que había jurado, por todos los santos, hacerme ella misma el harakiri y enviarme directo (y sin escalas) al Purgatorio si osaba ensuciar mi indumentaria.

Pero un Domingo de Ramos mi congénita hiperactividad pudo más que mi espuria santidad y tan solo a cinco semanas de haber inaugurado mi dominical traje, el iracundo párroco, los demás miembros de la orden, tres aspirantes a acólitos y el perro del convento ya estaban correteándome por la sacristía, en modo linchamiento y a toda máquina, con la única intención de aplicarme todas y cada una de las llaves contenidas en el Manual del Usuario de la Santa Inquisición y sus respectivos anexos. Mientras tanto, mi madre, a dos y medio cuerpos de ventaja, prometía que de atraparme me quitaría el Asperger de un puntapié en el trasero.

Por obra de la Divina Gracia y de la divina grasa que todas sus eminencias escondían bajo sus prominentes sotanas, la congregación en pleno no pudo cumplir su sacrosanto cometido y tuvo que conformarse con gritarme a coro y en perfecto latín, un par de conjuros anti-posesión extraídos del mismísimo Rituale Romanum  mientras me arrojaban de lejos litro y medio de agua bendita. Acto seguido, el párroco me expulsó de su congregación, de su iglesia y de su presencia por los siglos de los siglos (porque el cura no quiso volverme a ver ni en mi primera comunión, ni en pintura… amén). Todo este escándalo sólo por haber roto mi dominguero pantalón que se abrió por la retaguardia, de par en par como si fuera el Mar Rojo y de paso, haber destrozado la gigantesca réplica del Moisés de Miguel Ángel que se hizo puré cuando caímos catastróficamente al piso (Moisés, mi ropa dominguera y yo) mientras la escalaba en un intento por averiguar cómo se vería el altar mayor desde lo alto de su cabeza.

Desde ese día volví a la moda disco.

Los servicios de “trasformación cultural” están más de moda que la música de los Bee Gees en la época disco. Esa misma expresión ha entrado por mérito propio al Salón de la Fama de los vocablos más utilizados y peor entendidos del mundo de los negocios. Se habla de “cambio de cultura” como si tratara de algo tan simple como mudarle, a su negocio, el traje de Travolta por uno dominical. Pero nadie se transforma por un simple cambio de ropa.

En Rajastán, India, el matrimonio entre menores es una práctica legitimada por la cultura de este grupo social. Miles de niños son comprometidos por sus propios padres pese a que este tipo de unión está terminantemente prohibida por las leyes de ese país. A lo largo de la historia, se ha intentado suprimir, sea por ley u otros medios, la cultura de distintas castas para forzarlas a adoptar aquella que es aceptada por la sociedad en su conjunto. Pero los cambios de cultura no se producen por decreto.

Entonces, sí ni el imperio de la ley puede doblegar una cultura, ¿qué le hace pensar que una docena de sesiones del mata-tiru-liru-la, diez paquetes de post it, una bolsa de marshmallows (funcionan mejor los de colores), veinte diapositivas de power point, tres clases magistrales de origami (o de piedra, papel o tijera, sí ya se le acabó el presupuesto) y la opinión del experto de turno que fue contratado para dirigir tan magno evento, serán capaces de cambiar la de su empresa?

No hay transformación cultural sin ruptura de paradigmas. Al igual que no es posible ensanchar un vaso de vidrio, tampoco lo es con una creencia: o se mantiene intacta o se destruye. ¡Qué paradójico!, todo el mundo habla de romper paradigmas y sin embargo, ninguna empresa está dispuesta a destruir el más importante de todos: el producto que ella misma fabrica.

Es más fácil crear productos para mercados que ya existen que crearlos para mercados que aún no. Cultura innovadora es aquella que permite contravenir los paradigmas de la industria y es propia de quienes se mueven en mercados que aún no existen  haciendo lo que nunca nadie ha hecho y haciéndolo cómo nunca nadie lo ha hecho. En tanto, una cultura convencional es propia de quienes compiten en mercados existentes haciendo lo que otros ya hacen y haciéndolo cómo otros lo hacen. Pero, la única forma de cuestionar lo que ya existe es hacerlo desde dónde nada existe. De otra manera, sin importar el número de retiros vivenciales, del tipo de-tin-marín-de-do-pingüe a los que lleve a los trabajadores de su empresa, ésta no mudará de la segunda a la primera.

Una verdadera transformación cultural (por una innovadora), quedaría indudablemente de manifiesto en el cambio del “ cómo” un negocio fabrica sus productos y del “qué” productos fabrica. Después de un proceso de esta envergadura una constructora de viviendas, por ejemplo, cambiaría el “cómo” las construye utilizando, seguramente, ladrillos que no necesiten cemento para pegarse entre ellos. Pero la más importante secuela de dicha transformación se vería en el “qué” produce el negocio que podría reflejarse en la construcción de casas que tengan el jardín en su interior y las habitaciones fuera de él. En todo caso, es absurdo someterse a un cambio que no cambie nada. Entonces, ¿de qué transformación hablamos si al final del día su negocio sigue fabricando los mismos productos que fabrican sus competidores?

Transformar la cultura de su empresa por una innovadora no tiene que ver con agilidad, adaptación, eficiencia o tecnología; tiene que ver con la creación de nuevo valor.

Transformación no es sinónimo de mejora, sino de cambio. En palabras simples, si usted compra una máquina que transforma, e introduce en ella a Tinky Winky (el Teletubbie violeta), debería esperar que por el otro extremo salga algo muy diferente (por ejemplo, Kodzilla) y no otro gelatinoso Teletubbie de diferente color. Si sucediera esto último, pida inmediatamente la devolución de su dinero.

La cultura se forma con el quehacer del tiempo, alineada con la personalidad y los intereses de los fundadores, los dueños del negocio o los miembros de la alta dirección. Son ellos quienes tienen que transformar su personalidad antes de lograr un cambio cultural en sus empresas. El cambio se produce desde arriba. La mala noticia es que, por lo general, las monarquías no inician rebeliones.

¿Pero, será posible que la alta dirección pueda cambiar su personalidad? Se llama personalidad a los patrones únicos y duraderos que expresan el pensar y el actuar de una persona. Por lo general, una vez adquirida, ésta no cambia. Sin embargo, existen pocas circunstancias en las que se da esta transformación, como por ejemplo, si usted gana 100 millones de dólares del Mega Millions o sufre un accidente que deviene en una invalidez permanente. Estas son situaciones de shock que derivan en una crisis que a su vez puede cambiar su personalidad.

Justamente,  las crisis son el principal combustible del cambio. Entonces, resulta contradictorio que el mindset de quienes gobiernan la organización haya sido entrenado para evitarlas o manejarlas pero nunca para producirlas.

Las personas cambian más bien sus hábitos. Lo mismo ocurre con las empresas y estas últimas están llenas de ellos. El clásico “mañana dejo el cigarro” (hoy, sí usted lee mañana este artículo) es una muestra de lo difícil que puede ser un cambio de esta naturaleza. Lamentablemente, el ingrediente tecnológico ha creado una babélica confusión entre lo que es el cambio de hábitos y la transformación cultural.

Imaginemos que el presidente de su empresa decide tener una casa inteligente (no tengo idea de cuántos libros deba leer para ser llamada así). Para esto digitaliza los procesos de su hogar y conecta sus artefactos al internet. De pronto, todos sus deberes caseros han sido prácticamente suprimidos de tal forma que, si antes debía colocar la alarma del despertador, ahora un sensor de tiempo activa un par de platillos metálicos que salen de la cabecera de su cama y resuenan a las 5 en punto de la mañana despertando al dueño con tal escándalo que los vecinos están organizando una barbacoa sabatina para freírlo al carbón. Los miércoles de compras ya no existen porque la nevera cuenta con sensores que permiten inventariar los alimentos faltantes, hacer una lista de compras y pedirla por internet a la tienda local. Incluso Firulais, su mascota, no se salva del asunto. Cuando está desesperado por salir, un pequeño robot (de esos que tienen cámara, rueditas y GPS), se encarga de pasearlo por el vecindario y regresarlo a casa media hora después (claro, si antes no se roban al robot y al pobre can). La tecnología habrá cambiado los hábitos del ejecutivo pero no su personalidad. Aunque ésta puede ser una versión simplista, ocurre algo muy similar con las empresas. Es que el uso de la tecnología no modifica nuestra forma de “ser” sino nuestra forma de “hacer”.

Gap, CVS, Zales, Victoria Secret, etc., cierran decenas de establecimientos para reestructurar digitalmente sus procesos de venta, pero ninguno de ellos habla de transformación cultural. Victoria Secret no piensa cambiar sus brasieres y panties por alguna otra prenda novedosa que pueda dejar obsoletas a las que ya produce. Desintermediar a los intermediarios mejora la cadena de valor pero no cambian el resultado final: su pizza llegará con mayor rapidez a casa pero seguirá compitiendo contra otras pizzas.

Toda transformación de cultura implica renunciar a la antigua para aceptar la nueva. Usted no puede conservar, al mismo tiempo, parte de una y de la otra. Intentar hacerlo sería como construir una autopista de doble sentido pero de un solo carril. Una yuxtaposición de esta naturaleza causaría, cuál trastorno de doble personalidad, gran confusión e incertidumbre, bajaría la moral y volvería más lenta e improductiva a la organización. Además, en términos cromosómicos, una mezcla como esta haría que su negocio herede los ojos de Chucky y la sonrisa de Annabelle.

A diferencia de las startups que nacen con una cultura innovadora, las demás organizaciones tienen como opción mantener sus propias culturas o transformarlas. En contra de la opinión de los expertos, no hay nada de malo en mantener su cultura. En este último caso, lo que usted necesita para que su empresa no se quede vestida de Travolta es  aprender a identificar qué hábitos debe cambiar y cómo debe cambiarlos.

Ahora bien, la verdadera transformación cultural llega solamente después de cambiar el “ qué” del negocio y no antes. La mayoría de negocios modifican constantemente el “cómo” buscando eficiencias y productividad. Para esto, los consejos de un experto son suficientes. Pero, cambiar el “qué” es muy diferente, porque para hacerlo su organización debe estar preparada para romper los paradigmas que ella misma siguió fielmente en el pasado. Usted, entonces, necesitará la ayuda de un productor de crisis.

Sí realmente desea transformar su empresa, el primer paso a dar es repensar la innovación. Innovar no tiene que ver con cruzar ovejas con camellos para fabricar suéteres para jorobados, pero tampoco tiene que ver con las mejoras continuas. Innovar es estar dispuesto a colocar su mente más allá de los límites racionales de la industria.  Es aprender a cuestionar lo que ya existe para crear lo que no existe. Sólo así, llevará su empresa al cambio, tenga o no puesta su ropa dominguera.

NOTA: Algunas ideas contenidas en este artículo (sólo las inteligentes) están explicadas con mayor detalle en mi segundo libro cuyo título sólo Dios conoce, que será lanzado sólo Dios sabe cuándo y que será publicado sólo Dios sabe por quién.

AVISO PARROQUIAL: Si usted ha aplicado en algún proyecto el método de innovación “La Estrategia del Cazador de Cebras” lo invito a poner un comentario en el link que muestro a continuación. Si lo hace, me contactaré con usted para agendar una video conferencia y responder personalmente a todas sus inquietudes con respecto al método.

  https://www.linkedin.com/pulse/mi-ropa-dominguera-es-posible-adoptar-un-cultura-jorge-l-boza-olivari/

 

 

 

 

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