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Mirando los Negocios al Revés Jorge L. Boza Jorge L. Boza

LAS CHANCLETAS DE MAMÁ. ¿ACASO CREE QUE SU EMPRESA TIENE UNA CULTURA INNOVADORA?

Cuál recurrente déjà vu, cada vez que mi madre iba a salir de casa, me miraba fijamente a los ojos y con voz de premonitoria advertencia me decía: “Sé lo que quieres hacer mientras yo no esté y más te vale que no te atrevas a hacerlo”. Acto seguido, me propinaba una inmerecida bofetada en la mejilla como para darle mayor solemnidad al asunto y de paso, dejar pegado en mi rostro un explícito recordatorio de su amenaza en tono fresa salvaje, porque para ese entonces, aún no se habían puesto de moda los post-it.

Ya de regreso y enterada de la catástrofe del día, mi progenitora, con el afán de convertirme en confeti, sacaba del armario la gruesa correa de cuero que había comprado en oferta y en exclusiva para estos menesteres y comenzaba a perseguirme por toda la casa con non santas intenciones. ¿Qué, acaso pensó que esperaría estático y con estoicismo el primer porrazo? ¡Eso jamás!

Ahora bien, cuando me atrapaba, llegaba mi Apocalipsis (jinetes, trompetas y cataclismos incluidos). Entonces, comenzaba un rosario sinfín de golpes y correazos, conmigo como epicentro, que incluía llaves de lucha greco-romana, puñetes de box y patadas voladoras. En resumen: una especie de “aquí vale todo”. Debo confesar que dadas las colosales dimensiones de los descalabros que originé de niño, la mitad de los golpes estuvo más que justificado (la otra mitad fue simplemente un bono extra).

Pero la noche que lavé al perro con pintura (siguiendo estrictamente las instrucciones del tarro que a la letra decía: Sherwin-Williams lavable), mi madre se excedió en mucho con la soberana paliza que me dio. Tanto así, que mientras le ponía ungüento a mis heridas, prometió arrepentida nunca más golpearme con sus manos (debo mencionar que el color verde le quedó muy bien al agraviado).

Desde entonces, dejó de lado el cuero y los puños. Pero cada vez que yo provocaba otro de mis infantiles desmanes, mamá, con el fin de honrar su palabra y no tocar directamente a su objetivo -o sea a mí- hacía uso de un arma aún más letal: sus chancletas. Calculando al ojo la dirección y la velocidad de mi huída, lanzaba con sus manos, uno por uno, el mortífero calzado de tal manera que le atinaba al vector resultante (usualmente mi cabeza), con un ratio de éxito del 50% (será por eso que soy 50% bruto).

Ya entrando en confianza con usted, le contaré que mamá fue precursora del “modo manos libres”. Cuando el tiempo apremiaba y para evitar mi veloz fuga, mi madre hacía una ágil y rápida maniobra de piernas –utilizando una refinadísima técnica con movimientos en zig-zag, triple giro y medio tirabuzón invertido- que en millonésimas de segundo expulsaba de sus pies sus misiles talla 6½ con dirección a su blanco preferido: yo (este modo es muy recomendable cuando el objetivo está alejándose rápidamente a distancias mayores de los 5 metros).

Ahora que lo pienso, creo que debería promulgarse una ley que obligue a las mamás a obtener licencia para portar chancletas.

Entrando al tema que nos convoca –y lo expreso en plural porque al menos sé que mis dos pequeñas sobrinas y su gato van a leer este artículo- pretender que la cultura de su empresa vaya a convertirse en innovadora por el simple hecho de empapelar con post-it las paredes de su oficina, colocar una mesa de pimpón en las instalaciones de su negocio o jugar seriamente a las matatenas con sus trabajadores, equivale a decir que mamá dejó de darme tremendas palizas únicamente porque reemplazó los correazos por los chancletazos.

Cierto es que en estos tiempos de inteligencia artificial, internet de las cosas y realidad aumentada (no mencioné al blockchain porque ya está muy trillado), algunas empresas han caído en la megalómana tentación de utilizar etiquetas de moda autoproclamando, por ejemplo, su cultura innovadora a los cuatro vientos. ¿Pero qué tan cierto es que la tengan? La respuesta dependerá exclusivamente de lo que para usted signifique este concepto.

Con algunos matices y desviaciones el término “cultura” evoca, cuando se habla de empresas, a ciertos valores, creencias, prácticas y formas de pensar propias que dan a las organizaciones una identidad única, un marco de referencia para su conducta y un sentido de pertenencia a quienes trabajan en ellas.

La mitad más uno de los lectores coincidirá conmigo -y debe ser una de las pocas cosas en las que coincidamos en este artículo- que siendo las empresas entes meramente abstractos, es la alta dirección o los dueños de negocios quienes proyectan su propia personalidad en la cultura de la organización. Los estamentos base de la misma sólo se adaptan a ella. En términos domésticos es usted quién le dice cómo cortar el césped de su casa al jardinero y no al revés. En esta línea de pensamiento, la cultura es a la empresa lo que la personalidad es a la persona.

He expresado, en otros artículos, que innovar es crear y validar una nueva idea de negocios. La oferta crea y la demanda valida. A simple vista, parecería que bastara juntar ambos conceptos –cultura + innovación- para tentar una definición de lo que significa una “cultura innovadora”, pero hacerlo así sería un verdadero disparate.

Las empresas no son creativas o innovadoras per se, la gente que trabaja dentro de ellas lo es. Pero para que lo sean, hay un elemento imprescindible que debe anteceder a la producción de estas nuevas ideas: el componente cultural que las permite.

La “cultura innovadora” es, entonces, aquella que permite y empodera, con sus prácticas y sus valores, la contravención de todos los paradigmas de una industria.

Nadie se vuelve innovador por decreto. En las organizaciones con cultura innovadora lo que se autoriza es a ir en contra de las creencias del mercado y no la creación de nuevas ideas. Son dos cosas diferentes. Después de todo, no se crean conceptos originales haciendo lo mismo que hacen los competidores sino más bien contraviniéndolos. Entonces, una vez que el trabajador tiene licencia para hacerlo, la producción de ideas con potencial innovador es una consecuencia natural de lo primero.

Debo enfatizar que el componente cultural no facilita determinada conducta, la permite. La tribu de los Mosuo, ubicada entre la China y el Tibet, ejerce la poliandria, ancestral costumbre por la que la mujer puede tener formalmente dos o más parejas masculinas. ¿Cómo es posible que la poliandra, que en otras partes del planeta es socialmente reprochable e incluso penalmente castigable, sea practicada abiertamente por esta casta? Hay varias circunstancias que facilitan el ejercicio de esta tradición como por ejemplo, los infanticidios que han diezmado a la población femenina, pero esta conducta estaría indudablemente proscrita si no hubiera una cultura social que la permita.

Caerá en la cuenta el lector, que es justamente la ausencia de esta permisión cultural lo que hace infructuosas las decenas de sesiones de brainstorming que se organizan en su empresa y que fuera del costo que irrogan los bocadillos, entremeses y gaseosas que se utilizan para el evento, no tienen más beneficio que producir versiones mejoradas de ideas que ya existen en el mercado y no aquellas que salen fuera de sus linderos.

La cultura es lo que identifica y hace única a una organización. Usted puede imitar el carácter y otros rasgos de Tom Cruise pero, le juro por las chancletas de mi madre, que eso no lo convertirá en actor. La cultura es irrepetible, no puede plagiarse, todo lo demás sí. Podrá copiar literalmente la misión de Google pero nunca su cultura por más bicicletas de cuatro colores que estacione fuera de su negocio. Las hamacas, los toboganes y los viernes de pizza son únicamente una manifestación de algunas culturas innovadoras pero eso no las define como tal. En resumen, comer a diario tacos y pozole no lo harán mexicano. La buena noticia es que su empresa ya tiene una cultura que la hace única: la suya. No es necesario que intente imitar otras, no podrá hacerlo.

Nuestros conocimientos actúan como un filtro mental que amputa nuestra creatividad. Este tamiz sólo permite aceptar aquellos conceptos que guardan coherencia con nuestras creencias. Entonces, si tenemos la convicción que sólo podemos competir dentro del marco lógico de la industria, jamás saldremos de él. La cultura innovadora tiene el potencial para crear nuevo valor porque permite que la mente del trabajador abandone permanentemente este marco y es únicamente fuera de él donde germina la innovación. Entre tanto, la cultura de mejoras solo autoriza los incrementos de valor porque obliga al empleado a permanecer dentro de estos límites racionales o adaptarse a ellos.

La cultura innovadora no otorga licencias para adaptar o incrementar, sino para descubrir y cambiar. Mientras que la cultura innovadora promueve el “aprender haciendo”, la cultura de mejoras promociona el “hacer lo aprendido”. Será por esto que en esta última se exige tener experiencia en el cargo para ocupar cualquier puesto vacante.

La cultura innovadora es una de cuestionamientos (de paradigmas). Lamentablemente, hemos aprendido desde pequeños a no cuestionar ni a nuestros padres, ni a nuestros maestros, ni a nuestros jefes (y algunos ni a sus esposas porque los matan). Hacerlo nos ponen en riesgo de convertirnos en parias o de perder el empleo. Por eso es tan difícil adoptarla.

Tener una cultura innovadora no es cuestión de diversidad, ni de error, ni de generación de gran cantidad de ideas. Para innovar, la diversidad que se requiere no es de género, edad o profesión sino de pensamiento y aquella se da sólo porque al trabajador se le autoriza ir más allá de los muros cognitivos de la industria, ahí donde existe un vasto e ilimitado espacio para descubrir y producir ideas creativas que pueden desarrollarse en dirección a cualquiera de los cuatros puntos cardinales sin restricciones. No debe confundirse el efecto con la causa que lo produce.

La cultura innovadora no está vinculada ni con la cantidad, ni con la calidad sino, más bien, con el tipo de ideas que se producen al interior de una organización. Se le atribuye a Linus Pauling, dos veces ganador del Premio Nobel, la frase “La mejor forma de tener una buena idea es tener muchas ideas”. Esta expresión puede que tenga sentido en una cultura de mejoras pero carece absolutamente de él en una innovadora. No son las buenas ideas las que resultan en productos innovadores sino más bien las nuevas y singulares. Por mayor que sea la cantidad de ideas producidas de nada servirá si no se las busca donde nadie lo hace: fuera de los límites racionales de la industria. Entonces, no es la “cantidad” sino el “dónde” se le busca lo que determina si una idea se convertirá o no en innovación.

La cultura innovadora no hace apología del error. Nadie, en su sano juicio, lo celebra. No se trata de instaurar el premio al dummy del año en su empresa. La cultura innovadora permite únicamente el error con propósito, aquel del que se aprende y se comete una vez (el que se comete dos veces tiene otro nombre que comienza con la letra “c”). La única manera en la que el error deja de ser un gasto y se convierte en una inversión es cuando se aprende de él.

Por último, poseer una cultura innovadora no significa tener un equipo de trabajadores que tenga un pensamiento afín al de usted. De ser este el caso, bastaría con ponerle un número en la espalda a cada uno de ellos. Lo único que tienen en común los miembros de equipos que provienen de las empresas con cultura innovadora es el objetivo social, lo demás es pluralidad de pensamientos.

Ahora bien, cuál inferencia transitiva, los tres conceptos involucrados en la producción de ideas originales son: la cultura innovadora, el más importante de ellos, que provee a todos los niveles de la organización de las licencias necesarias para contravenir los mitos de la industria, el pensamiento innovador que, avalado por la primera, cuestiona lo que ya existe y promueve la generación de nuevas ideas y, por último, la innovación que es el fruto de los dos anteriores (siempre y cuando el consumidor le de valor al concepto creado).

CULTURA INNOVADORA PPT

La cultura innovadora, entonces, no garantiza la innovación, pero si establece las condiciones mínimas para su existencia. Dicho lo anterior, si usted afirma, por un lado, que su empresa tiene una cultura innovadora mientras que, por el otro, prohíbe que sus trabajadores contravengan las creencias de su industria, es como querer irse al cielo sin estar dispuesto a morir en el intento.

Hasta aquí, es hora que usted mismo responda a la pregunta que plantea el título de este artículo: ¿Acaso mi empresa tiene una cultura innovadora? Déjeme ayudarlo: si los productos que usted fabrica siguen pareciéndose a los de sus competidores, la respuesta es un rotundo no, porque esto significa que nadie en su organización ha sido capaz de abandonar los linderos racionales de su industria.

Entonces, ya sabe que para tenerla no basta con colocar en su oficina uno de esos letreros que dicen “Tenemos una cultura innovadora”, aunque haya sido pintado con Sherwin-Williams lavable.

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Jr. de la Unión s/n 1era cuadra Cercado de Lima, Lima, Perú – Frente a la Pileta de la Plaza Mayor del Centro Histórico de Lima. Adjunto foto del establecimiento para que no se pierda:

palacio

 

3. Habiendo leído cientos de posts publicados en una conocida red de profesionales cuyo nombre comienza con “L” y en los que de forma refinadamente huachafa y con disfrazada egolatría, sus autores anuncian tener el “Honor” de haber sido elegidos para participar como oradores de tal o cual evento, no quiero quedarme atrás y he decidido hacer mi propia alocución:

 Tengo el “honor” y el beneplácito de anunciar que mañana (“hoy”, si usted lee este artículo mañana; “ayer”, si recién lo lee pasado mañana y así sucesivamente por los siglos de los siglos) no participaré como speaker en conferencia alguna porque nadie me ha invitado a una sola. Este humilde servidor quiere agradecer infinitamente tan amable gesto a todas las organizaciones públicas y privadas involucradas en este esfuerzo, mismas que han hecho posible mi ausencia en tan magníficos eventos. A todas ellas dedico mi profundo reconocimiento (y mi profundo sueño porque esto significa que no tendré que levantarme temprano). Muchas gracias.

 

 

 

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