The Economist: El mundo no ha aprendido las lecciones de la crisis financiera

Los bancos son más seguros, pero mucho de lo que ha salido mal desde el 2008 podría volver a ocurrir.

Diciembre de 2007. Mientras los grandes bancos mundiales sufrían la crisis y se desplomaban sus activos, Lehman Brothers publicó resultados anuales récord, con un beneficio neto de US$ 4,200 millones. (Foto: AFP)

Por: Redacción Gestión

Cuando los historiadores miran hacia atrás a comienzos del siglo XXI, identifican dos impactos sísmicos. El primero fueron los ataques terroristas del 11 de setiembre del 2001; y el segundo, la crisis financiera mundial que explotó hace más de diez años con el colapso de Lehman Brothers. El 11 de setiembre condujo a guerras, la bancarrota de Lehman a un ajuste de cuentas económico y político. De la misma manera en que la lucha continúa, el ajuste de cuentas está lejos de terminar.

Lehman fracasó después de perder dinero en préstamos tóxicos y valores vinculados al mercado inmobiliario de Estados Unidos. Su bancarrota desencadenó el caos. El comercio cayó en todos los países sobre los que informa la Organización Mundial del Comercio. El crédito suministrado a la economía real se redujo, tal vez US$ 2 billones solo en Estados Unidos. Para limitar su endeudamiento, los gobiernos recurrieron a la austeridad. Habiendo agotado el alcance para reducir las tasas de interés, los banqueros centrales recurrieron a la flexibilización cuantitativa (creación de dinero para comprar bonos).

Así como las causas de la crisis financiera fueron muchas y variadas, también lo fueron sus consecuencias. Le puso turbo al auge populista de hoy, planteando dudas sobre la desigualdad de ingresos, la inseguridad laboral y la globalización. Pero también cambió el sistema financiero. La pregunta es: ¿lo cambió lo suficiente?

Derrochar es humano
Una de las formas (la equivocada) de juzgar el progreso sería esperar el fin de las crisis financieras. Las turbulencias bancarias sistémicas son una característica de la historia humana. El FMI ha contado 124 de ellas entre 1970 y el 2007. No hay duda de que volverán a ocurrir, sabiendo que los buenos tiempos generan autocomplacencia. Tome en cuenta que la administración Trump está desregulando las finanzas durante un boom económico y que la Reserva Federal aún no ha planteado requisitos de capital contracíclico. Incluso cuando prevalece la prudencia, ningún regulador es un juez perfecto del riesgo.

Una mejor prueba es si la probabilidad y el tamaño de las crisis se pueden reducir. En eso, las noticias son buenas y malas.

Primero, lo bueno. Los bancos ahora deben financiarse con más capital y menos deuda. Dependen menos de la actividad comercial para ganar dinero y de los préstamos al por mayor a corto plazo para financiar sus actividades. Incluso en Europa, donde pocos bancos obtienen grandes ganancias, el sistema en su conjunto es más fuerte de lo que era. Los reguladores han reforzado su supervisión, especialmente de las mayores instituciones que son demasiado grandes para quebrar.

En ambos lados del Atlántico, los bancos están sujetos a pruebas de estrés periódicas y deben presentar planes para su propio cierre ordenado. Los mercados de derivados del tipo que derribó a AIG, una aseguradora, son más pequeños y seguros. Las renovadas políticas de pago deberían evitar una repetición de la injusticia de los banqueros que toman dinero público mientras se embolsan enormes paquetes de pago: en el 2009, el personal de los cinco mayores bancos recaudó US$ 114,000 millones.

Sin embargo, muchas lecciones han sido ignoradas. Tomemos, por ejemplo, los errores de los legisladores después de la crisis. El estado no tuvo más remedio que respaldar a los bancos en quiebra, pero tomó la decisión imprudente de abandonar a los hogares insolventes. Tal vez 9 millones de estadounidenses perdieron sus hogares en la recesión; el desempleo aumentó en más de 8 millones. Mientras que los hogares pagaron la deuda, el gasto del consumidor se vio devastado.

Han sido necesarios diez años completos para que el estímulo económico compensatorio restaure la salud de la economía de Estados Unidos. Muchas de las economías de Europa todavía sufren de una débil demanda agregada. Las políticas fiscales y monetarias podrían haber hecho más antes para lograr la recuperación. Fueron impedidas por preocupaciones en su mayoría fuera de lugar acerca de la deuda pública y la inflación. El hecho de que este fallo no sea más ampliamente reconocido es un mal augurio para la respuesta de política la próxima vez.

El estancamiento ha alimentado inevitablemente el populismo. Y, al buscar chivos expiatorios y soluciones simplistas que los castiguen, el populismo ha hecho más difícil enfrentar los verdaderos problemas a largo plazo que la crisis ha expuesto. Tres se destacan: la vivienda, las finanzas en dólares offshore y el euro.

Para compartir bien
La forma exacta de la próxima crisis financiera no está clara; de lo contrario, seguramente se evitaría. Pero, de una forma u otra, es probable que involucre propiedades. Los gobiernos de los países ricos nunca han conciliado apropiadamente el deseo de impulsar la propiedad de una vivienda con la necesidad de evitar auges peligrosos en el crédito familiar, como a mediados de la década del 2000. En Estados Unidos, la reticencia a enfrentar esto significa que el contribuyente suscribe el 70% de todos los nuevos préstamos hipotecarios.

En todas partes, las regulaciones alientan a los bancos a prestar para la propiedad en lugar de otorgar préstamos a las empresas. El riesgo se mitigará solo cuando los políticos adopten reformas fundamentales, como la reducción del endeudamiento de los hogares, con hipotecas de riesgo compartido o limitaciones de préstamos (vía ratios) asociadas al valor de la propiedad. En Estados Unidos, los contribuyentes deberían salir del podrido negocio de garantizar la deuda hipotecaria. Tristemente, es poco probable que los populistas se enfrenten a ello.

Luego, el dólar. La crisis se extendió a través de las fronteras porque los bancos europeos se quedaron sin los dólares que necesitaban para devolver sus préstamos extendidos en dólares.

La Fed actuó como prestamista de último recurso para el mundo, ofreciendo a los extranjeros US$ 1 billón de liquidez. Desde entonces, las deudas en dólares offshore casi se han duplicado.

En la próxima crisis, es poco probable que el sistema político de los Estados Unidos permita que la Reserva Federal actúe como el respaldo de este vasto sistema, incluso después de que Donald Trump deje la Casa Blanca. Encontrar formas de hacer que las finanzas offshore en dólares sean seguras, como la agrupación de las reservas en dólares entre los países de mercados emergentes, depende de la cooperación internacional de una forma que está, rápidamente, pasando de moda.

El surgimiento del nacionalismo también impide que Europa resuelva los problemas estructurales del euro. La crisis mostró cómo los bancos de un país y su gobierno se entrelazan: el Estado lucha por obtener préstamos suficientes para respaldar a los bancos, que se ven afectados por la caída del valor en la deuda pública.

Este "bucle fatal" permanece mayormente intacto. Hasta que Europa comparta más riesgos a través de las fronteras nacionales —ya sea a través de los mercados financieros, las garantías de depósitos o la política fiscal— el futuro de la moneda comunitaria europea seguirá en duda. Un colapso caótico del euro haría que la crisis del 2008 pareciera un picnic.

Los gobiernos han hecho que la economía sea más segura, pero todavía tienen muchas lecciones que aprender. Y la fractura geopolítica hace que las finanzas globalizadas sean aún más difíciles de manejar. Una década después de que Lehman fracasara, las finanzas tienen una cantidad preocupante de cosas por arreglar.