Por qué la gente aún vive y muere en los vertederos de basura

En el mundo en desarrollo, los vertederos a cielo abierto son la forma más común de deshacerse de las crecientes mareas de desechos que acompañan el crecimiento económico. Algunos basurales son pequeños.

(Bloomberg) Cuando una montaña de basura colapsó en el fétido basural de Reppi, en las afueras de Addis Abeba, el lunes, al menos 82 personas murieron.

Podría haber sido peor: cientos de personas viven sobre Reppi, el mayor vertedero de desechos de Etiopía, gente que trata de ganarse la vida rescatando lo que los residentes de la ciudad descartan. A pesar de los bien conocidos peligros, y los mejores esfuerzos del gobierno, lo han hecho durante décadas.

Y esto no es tan inusual. En el mundo en desarrollo, los vertederos a cielo abierto son la forma más común de deshacerse de las crecientes mareas de desechos que acompañan el crecimiento económico.

Algunos basurales son pequeños. Otros, como Reppi, son vastos y ondulados paisajes de residuos, sede de negocios de reciclado y de viviendas ad-hoc. Allí pueden encontrarse niños, ganado y remolinantes nubes de polvo, bolsas de plástico y pájaros oportunistas. Tales vertederos se ciernen como uno de los desafíos sanitarios y ambientales más apremiantes de este siglo.

Según el Banco Mundial, las ciudades generarán 2,200 millones de desechos sólidos para el 2025, frente a los 1,300 millones del 2010. Los basurales a cielo abierto, típicamente ubicados en los bordes de las áreas urbanas, son el destino primario de la basura.

Esto conlleva una variedad de peligros potenciales, entre ellos la contaminación del agua, pérdida de la biodiversidad, aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero y la propagación de enfermedades transmitidas por mosquitos, como el paludismo.

Los accidentes como el de Addis Abeba son solo el peligro de más alto perfil.Sin embargo, el tratamiento de los desperdicios es uno de los servicios más caros ofrecidos por los gobiernos. Los costos del manejo global de los desechos sólidos probablemente lleguen a US$ 376.000 millones en el 2025, desde US$ 205,000 millones en el 2012.

Algunas ciudades gastan hasta la mitad de sus presupuestos en el manejo de desperdicios, y dedican el grueso de este a la recolección y transporte. (En India, esos costos representan tres cuartos de los presupuestos para desechos sólidos). No debería sorprender, entonces, que más de la mitad de la población mundial no tenga acceso alguno a una recolección regular de la basura.

Los vertederos a cielo abierto ofrecen una solución efectiva desde el punto de vista del costo a ese problema. Comparados con el compostaje, la metanización y otros posibles remedios, el vertido de basura sigue siendo la forma más barata y fácil de deshacerse de esta en los países pobres.

Los vertederos también sostienen vastos programas informales de reciclado, a menudo mucho más eficientes que los administrados por municipalidades en zonas más ricas. Cualquier esfuerzo por mejorar el manejo de desperdicios en el mundo en desarrollo debe tomar en cuenta estas ventajas.

Y como lo demuestra Addis Abeba, la respuesta no es tan simple como construir instalaciones más modernas. El año pasado, la ciudad abrió lo que se suponía que era un relleno sanitario sofisticado, completo con revestimiento para impedir la filtración al agua subterránea, protocolos para reducir el polvo y puntos de acceso controlados.

Pero un mal manejo, las disputas con los agricultores residentes en las cercanías y los crecientes costos, todos ellos le han dado una nueva vida al basural de Reppi, de 30 hectáreas, junto con todos sus peligros.

Abordar problemas tan intratables requerirá más creatividad. Las herramientas con que manejan la basura los países más ricos –como la reducción de los desperdicios y los proyectos de conversión de desechos en energía– no funcionan tan bien en ciudades más pobres, donde los presupuestos son limitados, abunda la corrupción y faltan habilidades técnicas.

Lo que esas ciudades necesitan son métodos baratos y seguros de manejar su basura. Y eso comienza con la construcción de vertederos más baratos y seguros.

Los gobiernos municipales deberían seguir el ejemplo de los proyectos del Banco Mundial en lugares como Tanzania, donde los trabajadores del sector informal de desechos son subsidiados sobre la base del número de hogares a los que brindan servicios y dependiendo de que transporten la basura a sitios de eliminación aprobados, que pueden reducir los riesgos ambientales.

Otro ejemplo prometedor es el de Brasil, donde ejércitos de recolectores de basura están organizados en cooperativas, que entonces las municipalidades incorporan a sus planes formales de manejo de desechos.

Estos enfoques basados en comunidades utilizan una fuerza laboral ya calificada, y brindan el apoyo necesario para cambios más radicales en el manejo de los desechos.

En última instancia, la construcción de mejores vertederos de basura supone equilibrar las inquietudes de salud pública con las demandas de los presupuestos ajustados y los pueblos vulnerables.

No es un tema que tenga probabilidades de motivar a celebridades o cineastas de documentales. Pero como demostró Addis Abeba esta semana, es asunto de vida o muerte.

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