Tecnología para la competencia
Modesto Montoya (*)
Con la globalización de la economía, las empresas basadas en el conocimiento crecen más que aquellas basadas en la mano de obra barata, la que ya no constituye una ventaja como era en el pasado. Para crecer o seguir en el mercado, las empresas basadas en el conocimiento necesitan innovación permanente de sus servicios o productos. El conocimiento mismo ha adquirido gran valor y se puede comercializar en forma de propiedad intelectual. Todo ello nos lleva a la necesidad de investigación, la que es costosa, y está al alcance solo de grandes compañías. Es más, para poder investigar, las empresas necesitan asociarse con otras compañías y con los centros de investigación nacionales o extranjeros. ¿Existen en el Perú las condiciones para una colaboración academia-empresa, que permita innovar, vender propiedad intelectual y competir en el mercado internacional?
En los años 90, participé como invitado en la Comisión de Política en Ciencia y Tecnología (Compolcyt) de la Confiep. Al principio, nos reuníamos empresarios y académicos para ver cómo promover la relación academia-empresa, y hacer el proyecto de préstamo del BID para contar con un fondo para la innovación, la ciencia y la tecnología (Fincyt). Pero, poco a poco, nos íbamos quedando solo académicos. Entre los contados empresarios que mostraron interés constante estaba el ingeniero José Valdez. Hasta ahora, en las conferencias sobre innovación tecnológica, o sobre relación empresa-academia, asisten prácticamente solo académicos.
La falta de interés por la investigación y la innovación tecnológica tiene raíces histórico-culturales. Esto se agrava con los magros resultados que han dado los aislados esfuerzos de la empresa o la academia por acercarse mutuamente y llevar a cabo proyectos conjuntos.
La experiencia muestra que la solución de los problemas tecnológicos de las empresas requiere un tratamiento interdisciplinario. En el Perú, cuando se lleva un problema de esa naturaleza a un centro de investigación, este no lo puede resolver solo y es difícil que se asocie con otros centros, lo que conlleva una serie de dificultades, al punto que se abandona el esfuerzo de colaboración.
Lo más grave es que los centros de investigación del Estado son microscópicos, comparados con los que cuentan las empresas internacionales. Además, esos centros están desarticulados entre sí, de modo que poco pueden hacer para enfrentar un problema tecnológico real. La desarticulación se agrava con la distancia física que hay entre sus locales, y con el virtual colapso del transporte público.
Como consecuencia de lo anterior, la empresa no tiene confianza en los centros peruanos de investigación: cuando la necesita, contrata los servicios de investigación del extranjero. Los centros de investigación, por su lado, ven una empresa privada sin interés por sus esfuerzos de investigación. Y así se forma el círculo vicioso que mina los esfuerzos por investigar en el Perú. En consecuencia, pocas son las empresas que desean usar los fondos del Fincyt.
Si queremos generar confianza en la ciencia y la tecnología peruanas, tenemos que poner recursos para ofrecer una plataforma tecnológica seria. Para ello, se requiere la construcción de un polo científico y tecnológico (PCT), en el que se encuentren -si fuera posible- todos los laboratorios de investigación organizados como instituto de investigación interdisciplinaria, un centro de información, un centro de convenciones, un museo de ciencia y tecnología, y las empresas interesadas en innovar.
Ello permitiría que haya una sola ventanilla tecnológica, ante la cual las empresas puedan plantear sus problemas con cierta esperanza de éxito. Pero también donde los científicos e ingenieros de diversas disciplinas puedan abordar, interdisciplinariamente, la investigación de nuevos productos o procesos, los que, luego de patentarlos, puedan ser comercializados.
Desde los años 70, los Estados Unidos se dieron cuenta del inmenso valor que tiene el conocimiento, y poco a poco logró introducir los derechos de la propiedad intelectual en las negociaciones sobre comercio internacional. El TLC firmado entre Estados Unidos y Perú es parte de esa estrategia. El TLC fortalece esos derechos, en particular el de las patentes. En tal sentido, para aprovechar el TLC, en lo que respecta a las patentes, y no condenar al país a ser un eterno vendedor de sus recursos naturales, es necesario, desde ahora, empezar el mencionado polo científico tecnológico del Perú.
(*): Miembro de la Academia Nacional de Ciencias del Perú.
En los años 90, participé como invitado en la Comisión de Política en Ciencia y Tecnología (Compolcyt) de la Confiep. Al principio, nos reuníamos empresarios y académicos para ver cómo promover la relación academia-empresa, y hacer el proyecto de préstamo del BID para contar con un fondo para la innovación, la ciencia y la tecnología (Fincyt). Pero, poco a poco, nos íbamos quedando solo académicos. Entre los contados empresarios que mostraron interés constante estaba el ingeniero José Valdez. Hasta ahora, en las conferencias sobre innovación tecnológica, o sobre relación empresa-academia, asisten prácticamente solo académicos.
La falta de interés por la investigación y la innovación tecnológica tiene raíces histórico-culturales. Esto se agrava con los magros resultados que han dado los aislados esfuerzos de la empresa o la academia por acercarse mutuamente y llevar a cabo proyectos conjuntos.
La experiencia muestra que la solución de los problemas tecnológicos de las empresas requiere un tratamiento interdisciplinario. En el Perú, cuando se lleva un problema de esa naturaleza a un centro de investigación, este no lo puede resolver solo y es difícil que se asocie con otros centros, lo que conlleva una serie de dificultades, al punto que se abandona el esfuerzo de colaboración.
Lo más grave es que los centros de investigación del Estado son microscópicos, comparados con los que cuentan las empresas internacionales. Además, esos centros están desarticulados entre sí, de modo que poco pueden hacer para enfrentar un problema tecnológico real. La desarticulación se agrava con la distancia física que hay entre sus locales, y con el virtual colapso del transporte público.
Como consecuencia de lo anterior, la empresa no tiene confianza en los centros peruanos de investigación: cuando la necesita, contrata los servicios de investigación del extranjero. Los centros de investigación, por su lado, ven una empresa privada sin interés por sus esfuerzos de investigación. Y así se forma el círculo vicioso que mina los esfuerzos por investigar en el Perú. En consecuencia, pocas son las empresas que desean usar los fondos del Fincyt.
Si queremos generar confianza en la ciencia y la tecnología peruanas, tenemos que poner recursos para ofrecer una plataforma tecnológica seria. Para ello, se requiere la construcción de un polo científico y tecnológico (PCT), en el que se encuentren -si fuera posible- todos los laboratorios de investigación organizados como instituto de investigación interdisciplinaria, un centro de información, un centro de convenciones, un museo de ciencia y tecnología, y las empresas interesadas en innovar.
Ello permitiría que haya una sola ventanilla tecnológica, ante la cual las empresas puedan plantear sus problemas con cierta esperanza de éxito. Pero también donde los científicos e ingenieros de diversas disciplinas puedan abordar, interdisciplinariamente, la investigación de nuevos productos o procesos, los que, luego de patentarlos, puedan ser comercializados.
Desde los años 70, los Estados Unidos se dieron cuenta del inmenso valor que tiene el conocimiento, y poco a poco logró introducir los derechos de la propiedad intelectual en las negociaciones sobre comercio internacional. El TLC firmado entre Estados Unidos y Perú es parte de esa estrategia. El TLC fortalece esos derechos, en particular el de las patentes. En tal sentido, para aprovechar el TLC, en lo que respecta a las patentes, y no condenar al país a ser un eterno vendedor de sus recursos naturales, es necesario, desde ahora, empezar el mencionado polo científico tecnológico del Perú.
(*): Miembro de la Academia Nacional de Ciencias del Perú.