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La reforma militar inconclusa

En medio de la crisis mundial y los traumas generados por la amenaza de una pandemia, Latinoamérica debe asistir una vez más a un debate inacabable: las repercusiones que genera el anuncio chileno de comprar armas, una actitud que el Gobierno peruano advierte que creará un desequilibrio en la región y desembocaría en una carrera armamentista.

Los vecinos del sur alegan que necesitan reemplazar material bélico obsoleto y niegan que su propósito sea amedrentar a los peruanos. Y lo podrían hacer, pues son ingentes los recursos permanentes que poseen los militares chilenos, merced a la transferencia de parte de los ingresos por la venta de minerales. En tanto, en el Perú crecen las voces para dotar de mayores fondos para renovar un equipo bélico principalmente adquirido en la década de 1970, durante el gobierno de Velasco.

Nadie dice que no deba renovarse el armamento, pero la cuestión de fondo es que el gasto debe obedecer a una organización renovada en las Fuerzas Armadas, y a un sistema de financiamiento para comprar pertrechos militares que no disminuya los gastos en salud, educación y otras necesidades.

La antigüedad y falta de equipos ya afectan a nuestros soldados cuando deben enfrentar a los narcoterroristas que siguen operando en el VRAE.

El tema, en consecuencia, no debería ser traído a colación cada vez que Chile anuncia compra de armas, porque la comunidad internacional comenzaría a comentar que los nervios nos matan. Pero tampoco debe ser planteado si antes, o paralelamente, no se pone en marcha una imperiosa reforma de nuestras instituciones castrenses, cuya dirección y administración requiere mostrar resultados concretos y, por supuesto, mayor transparencia.

La pregunta es de dónde sacar el suficiente dinero para efectuar las adquisiciones que se necesitan, porque no se puede aceptar que se aproveche el momento para insistir en utilizar una porción del canon para financiar la compra de material bélico, cuando el propósito de ese instrumento debe ser diferente.

En resumidas cuentas, debemos alentar la modernización de nuestras fuerzas militares, pero de ninguna manera privilegiar los gastos que se hagan en armas, porque estas, definitivamente, son menos urgentes que los libros y las aulas.