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Prevención de desastres

Jesús Vidalón (*)

Es un fracaso para la sociedad global que un sismo de grado 7.3 haya causado en Haití más de 110,000 muertes y pérdidas que triplican el producto bruto de ese país. Nada se puede hacer para evitar fenómenos naturales extremos, sin embargo, que estos se conviertan o no en desastres -con grandes pérdidas en vidas humanas e infraestructura- sí depende del nivel de vulnerabilidad y, por tanto, de las acciones u omisiones de la población y sus autoridades.

Haití es solo un ejemplo. El tsunami de Indonesia en el año 2004, cobró más de 100,000 vidas fundamentalmente por la ausencia de un sistema de alerta temprana. Y en nuestro caso, el terremoto del 15 de agosto del 2007 causó gran destrucción también por la mala práctica constructiva pero además por la informalidad, la inexistencia de control urbano y la falta de incorporación efectiva de criterios de riesgo a la planificación de la ciudad.

Recientemente gran parte del Cusco sufrió los embates de huaicos y avenidas. Colapsaron puentes y viviendas y los poblados se inundaron. Es cierto que se vienen produciendo las lluvias más intensas de los últimos 20 o 30 años, pero los puentes deberían estar diseñados para periodos de retorno de 50 años, los cauces deberían estar descolmatados y las cimentaciones protegidas, las viviendas no deberían estar ubicadas en las quebradas o en las riberas de los ríos y los sistemas de desagüe y de drenaje pluvial podrían estar mejor diseñados. Indeci, el Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento y el PNUD están haciendo un buen trabajo para lograr que cada vez más ciudades y distritos del país tengan estudios de microzonificación, mapas de peligro y planes de uso de suelo, instrumentos fundamentales para prevenir desastres. No obstante, los mapas de peligro y planes de uso de suelo muchas veces terminan archivados en los anaqueles de las municipalidades y no se usan de manera efectiva, por ejemplo, para reubicar a la población alojada en zonas de muy alto riesgo o para desarrollar programas de mitigación o planes de contingencia en las zonas de peligro alto o medio. Lo que es peor, miles de construcciones y agrupamientos humanos continúan estableciéndose en áreas de alto peligro.

La preparación y el compromiso de las autoridades locales, que deben liderar los esfuerzos de planeamiento urbano sostenible, y en general las tareas de prevención y de mitigación, son fundamentales.

Pensando, para empezar a aterrizar, solo en Lima, todo candidato a alcalde debería leer concienzudamente el libro "Reducción de Desastres Naturales" de Julio Kuroiwa y luego asumir el compromiso formal de: i) respetar la continuidad de los funcionarios del Sistema Nacional de Defensa Civil, ii) completar los estudios de microzonificación y planes de uso de suelo en todos los distritos de la capital; iii) resolver de manera masiva la problemática de los tugurios del centro de Lima; iv) reubicar a las familias ubicadas a las márgenes del río Rímac y en general en zonas de muy alto riesgo; v) construir muros de contención y reforzar las viviendas ubicadas en laderas en zonas de riesgo mitigable; vi) desarrollar planes de contingencia completos frente a tsunamis, los que servirán solo si se da pase a la adquisición de la red sísmica de alerta temprana con comunicaciones satelitales.

(*): Ex viceministro de Vivienda y Urbanismo.