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La pobreza de las ideas

Carlos A. Anderson (*)

El crecimiento rimbombante de la economía y la aparente reducción a paso acelerado de los niveles de pobreza nos plantean una seria interrogante: ¿Si la realidad es así de linda, cómo explicar que el presidente Alan García, supuesto artífice de tan meritorio acierto, sea –de lejos– uno de los presidentes más impopulares de América Latina? Las encuestas de opinión apuntan a viejos y conocidos temas–la sombra de corrupción y la sensación de desbarajuste social, entre otros– como importantes variables explicativas. Pero, las mismas encuestas no dejan lugar a dudas sobre el papel preponderante de la pobreza y la desigualdad como factores que carcomen la popularidad presidencial. Es en medio de este entramado que surge un debate entre economistas de uno y otro color acerca del crecimiento, la pobreza y la distribución en el Perú. He aquí mi pequeña contribución.

Primero, debo dejar sobre la mesa mi tremendo escepticismo acerca de la bondad de las cifras en debate. Ya en otras oportunidades he dejado constancia –en esta misma columna– de mis discrepancias con mediciones tales como el PBI mensual y la línea de pobreza. El primero es un invento peruano (no conozco ningún otro país más o menos serio que las produzca) y la segunda es una estafa intelectual. La pobreza no es solo un tema de ingresos. La pobreza es multidimensional y se relaciona con la incapacidad de las personas para satisfacer las necesidades básicas, como lo acaba de reconocer la propia Naciones Unidas que a través del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) se apresta a adoptar a partir de este año el Índice Multidimensional de Pobreza (IMP) en su próximo Informe sobre el Desarrollo Humano.

El IMP, del cual la revista The Economist nos ha dado, en su penúltima edición, un apetitoso abreboca, muestra –por ejemplo– que así medida, la pobreza extrema en el Perú es el doble de lo que señala la "línea de pobreza" de US$1.25 al día. Dato supremamente importante para comenzar a entender mejor la paradoja de la insatisfacción en medio de tanta bonanza. En su defensa, el gobierno y sus admiradores recalcan que a diferencia del gobierno anterior del presidente Toledo, la administración aprista no ha esperado a que se produzca de manera natural el famoso "chorreo" sino que ha actuado proactivamente a través de importante programas de inversión social y que "el Perú Avanza". Y tienen razón. El Perú Avanza, pero a paso de tortuga y con un desagradable tufillo a corrupción, en comparación a lo que demandan el stock de necesidades sociales y permiten las amables circunstancias de la economía peruana.

En medio de este debate, han surgido algunas voces que reclaman que el verdadero problema no es la pobreza ni la necesidad de distribuir mejor los frutos del crecimiento económico. El verdadero problema –señalan– es el de "la falta de oportunidades". En efecto, un niño desnutrido, hijo de padres paupérrimos, difícilmente estará en condiciones de competir de igual a igual en la vida con un niño bien nutrido, criado en un hogar capaz de satisfacer sus necesidades más elementales. Por lo tanto, debería ser un objetivo del gobierno –de cualquier gobierno– darle al que no las tiene las condiciones necesarias para que pueda competir en igualdad de condiciones y aprovechar las oportunidades de desarrollo y crecimiento que se condicen con una vida digna.

Pero esto no se logra con tan solo desearlo. Hace falta poner recursos –como el Plan Juntos, Joven Emprendedor, Agua para Todos, Vaso de Leche, etc.–, pero en cantidades infinitamente mayores. ¿Con qué recursos? Con los recursos que se obtienen de una tributación justa, donde los impuestos directos sean mayoría. Ah, "pero eso significa redistribuir el ingreso a través de un esquema distinto de tributación". Sí pues, igual como se hace en todos los países civilizados del planeta. He allí el verdadero problema, no en desear simplemente que mejoren las oportunidades. Para decirlo con todas sus letras, no se trata de desarrollar nuevas ideas acerca de cómo enfrentar la pobreza extrema. Se trata, para comenzar, de hacer a un lado la pobreza de ciertas ideas que la ortodoxia local ha elevado a la categoría de dogma. Eso y poco más.

(*) Economista.