¿La crisis después de la crisis?
Enrique Castillo Paredes (*)
Los últimos meses del año pasado y los primeros de este, el Gobierno y los empresarios señalaban que, a pesar de la crisis mundial y de sus severos efectos en otras economías, nuestro país había soportado a pie firme el vendaval, constituyéndose en uno de los pocos en el ámbito mundial que no había presentado cifras macroeconómicas negativas y que podía ofrecer estabilidad a los
inversionistas.
No se entiende por eso, cómo es que desde el Estado y desde los sectores empresariales surgen una serie de iniciativas, acciones o hechos que poco ayudan a mantener la tranquilidad y la estabilidad, y que, por el contrario, generan un clima de incertidumbre y una polarización que en nada van a colaborar a bajar los decibeles de las campañas políticas electorales que se nos vienen.
En el ámbito político, comentábamos en una columna anterior sobre los riesgos de una polarización entre los tildados de montesinistas y quienes vienen enarbolando las banderas contra la corrupción. Y en medio de esta batalla ya declarada, el Gobierno resbala y en su intento de no irse de bruces, de tumbo en tumbo, cae finalmente de manera aparatosa por el caso Crousillat, dejando la sensación de que su intención era controlar las críticas y la información.
El partido de Gobierno, por otra parte, con todos los reflectores prendidos y apuntándole, se enfrasca en una tremenda disputa interna cuyo final deja un mal sabor, porque se percibe que gran parte del final de la crisis Crousillat se debe a un cruce de lanzas entre autoridades apristas producto de resentimientos no cerrados. El MEF y el Tribunal Constitucional se enfrentan abiertamente por un fallo referido a los aranceles, en una situación en la que parece que ninguno de los dos conoce bien sus prerrogativas y límites. El Congreso discute la fusión de los organismos reguladores que no pueden hasta ahora completar sus directorios, y el Ejecutivo impulsa la fusión de la Conasev y la SBS, entidad esta última que no ha enfrentado adecuadamente el tema de la garantía del secreto bancario, ni el del uso que los bancos pueden hacer de los dineros que los ahorristas tienen en sus cuentas, dando marchas y contramarchas en el asunto de si los bancos pueden embargar las cuentas para cobrar acreencias, y enfrentándose al Indecopi, otro organismo estatal, de manera pública.
En medio de todo esto, a los banqueros, siempre preocupados en no hacer olas para no generar incertidumbre en el mercado, no se les ocurrió mejor idea que hacer anuncios que motivaron al mercado precisamente a salir corriendo a las calles para deshacerse de dólares sellados, llevando la cotización del billete verde a los niveles más bajos, en complicidad con el estacional pago de
impuestos.
Pero no contentos con eso, deciden, sin información previa y sin una aclaración adecuada, embargar los ahorros en cuentas.
Todos harían bien en pensar sus movimientos para evitar que se produzca una crisis después de la crisis. La estabilidad no es un hito estable sino un esfuerzo cotidiano que se deriva del respeto a la institucionalidad y de la necesidad de darle predictibilidad al sistema.
(*): Periodista.
inversionistas.
No se entiende por eso, cómo es que desde el Estado y desde los sectores empresariales surgen una serie de iniciativas, acciones o hechos que poco ayudan a mantener la tranquilidad y la estabilidad, y que, por el contrario, generan un clima de incertidumbre y una polarización que en nada van a colaborar a bajar los decibeles de las campañas políticas electorales que se nos vienen.
En el ámbito político, comentábamos en una columna anterior sobre los riesgos de una polarización entre los tildados de montesinistas y quienes vienen enarbolando las banderas contra la corrupción. Y en medio de esta batalla ya declarada, el Gobierno resbala y en su intento de no irse de bruces, de tumbo en tumbo, cae finalmente de manera aparatosa por el caso Crousillat, dejando la sensación de que su intención era controlar las críticas y la información.
El partido de Gobierno, por otra parte, con todos los reflectores prendidos y apuntándole, se enfrasca en una tremenda disputa interna cuyo final deja un mal sabor, porque se percibe que gran parte del final de la crisis Crousillat se debe a un cruce de lanzas entre autoridades apristas producto de resentimientos no cerrados. El MEF y el Tribunal Constitucional se enfrentan abiertamente por un fallo referido a los aranceles, en una situación en la que parece que ninguno de los dos conoce bien sus prerrogativas y límites. El Congreso discute la fusión de los organismos reguladores que no pueden hasta ahora completar sus directorios, y el Ejecutivo impulsa la fusión de la Conasev y la SBS, entidad esta última que no ha enfrentado adecuadamente el tema de la garantía del secreto bancario, ni el del uso que los bancos pueden hacer de los dineros que los ahorristas tienen en sus cuentas, dando marchas y contramarchas en el asunto de si los bancos pueden embargar las cuentas para cobrar acreencias, y enfrentándose al Indecopi, otro organismo estatal, de manera pública.
En medio de todo esto, a los banqueros, siempre preocupados en no hacer olas para no generar incertidumbre en el mercado, no se les ocurrió mejor idea que hacer anuncios que motivaron al mercado precisamente a salir corriendo a las calles para deshacerse de dólares sellados, llevando la cotización del billete verde a los niveles más bajos, en complicidad con el estacional pago de
impuestos.
Pero no contentos con eso, deciden, sin información previa y sin una aclaración adecuada, embargar los ahorros en cuentas.
Todos harían bien en pensar sus movimientos para evitar que se produzca una crisis después de la crisis. La estabilidad no es un hito estable sino un esfuerzo cotidiano que se deriva del respeto a la institucionalidad y de la necesidad de darle predictibilidad al sistema.
(*): Periodista.