2010/03/19

Crímenes imperceptibles

Carlos A. Anderson (*)

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¿Existe el crimen perfecto? La literatura y la cinematografía están repletas de ejemplos que muestran que este, en realidad, no existe. Que al final siempre se encuentra al culpable. O que -como en el clásico de Dostoievski, "Crimen y Castigo"- al final, la conciencia es la que obliga al propio asesino a confesar su crimen.

Hasta antes de la aparición frente al gran público de los videos de la corrupción fuji-montesinista, el crimen perfecto, o para ser más precisos, los crímenes perfectos, se cometían a diario en los pasillos del Poder Judicial y en las oficinas vetustas de abogados inescrupulosos. Movidos por el poder y la tentación del dinero se hacían y deshacían fortunas, se hacían y destruían reputaciones y se llevaba a cabo todo tipo de entuertos. Y todo sucedía a la sombra, entre tinieblas y con notable sigilo.

Este modus operandum fue la gran contribución del fuji-montesinismo a las prácticas de la corrupción, demostrando que el robo y la codicia eran posibles sin necesidad de la ostentación y mediocridad de la que hicieron gala los apristas durante el primer gobierno del presidente García. Lo más interesante del "modelo de gestión" de la corrupción de los 90 fue que no parecía tener un efecto mayor sobre la decisión de los agentes económicos y, en particular, de los extranjeros, quienes a contra-corriente, venían con sus capitales a esta suerte de El Dorado en medio de un gran optimismo.

Lo que no sabían, quienes así pensaban, era que muy por el contrario, los inversionistas estaban más que enterados de las reglas de juego, por lo que entre sus cálculos a la hora de determinar "una tasa de riesgo o de descuento" imponían un adicional por el así llamado "riesgo jurídico y/o institucional". Es decir, el riesgo de que en el país de los ciegos, sea el tuerto con plata el verdadero rey. La frase que se repetía -y, por desgracia, se repite una y otra vez- era que la justicia peruana constituía un verdadero "black hole" (agujero negro). Así, con cinismo y no con inocencia se castigaba y se castiga la rentabilidad intrínseca de los proyectos de inversión en la economía peruana.

Y es que, ni los cambios repetidos de ministros en la cartera de Justicia, ni los millones de dólares que el Banco Mundial ha otorgado para ayudar a una "reforma judicial" han hecho mella sobre el caótico estado de cosas. Jueces con pinta y actitudes mafiosas, abogados que sin el terno a rayas parecerían más bien matones a sueldo o sicarios de la mafia colombiana, decisiones judiciales que compiten en nivel de descaro, procesos de selección de jueces titulares y suplentes dignos de ser estudiados por una junta de médicos en siquiatría, todos en conjunto contribuyen día a día a solidificar la percepción de un Poder Judicial terminalmente enfermo por el cáncer de la corrupción.

La actitud complaciente -o por lo menos sin un claro sentido de rechazo, hartazgo y vergüenza compartida- de los otros dos poderes del Estado, el Legislativo y Ejecutivo, parecieran indicar que la podredumbre no se limita al Poder Judicial sino que a este punto es ya sistémica.

Así las cosas, ¿con qué cara puede un candidato decente decir que es prosistema? Y de la misma forma, ¿cómo desacreditar a aquellos candidatos que se autoproclaman antisistema? ¿Hacen mal quienes maniqueamente pretenden establecer categorías morales a partir de una visión estrictamente político-económica de la sociedad? No. La verdadera prueba entre los buenos y los malos no viene por apoyar o no a la economía de mercado. Resulta de responder con un verdadero sentido de horror ante las inequidades, arbitrariedades y corruptela de un sistema político-judicial-electoral que desde hace un buen tiempo ya huele sospechosamente a cadáver. De lo contrario, estaremos ante la prueba viviente de que los crímenes perfectos sí existen y son made in Peru.

(*): Economista.

canderson@europapartners.com