Mercadeo y gestión humana: Las dos caras de la reputación corporativa

Las personas ya no desean simplemente “trabajar para una empresa”, anhelan en cambio ser parte de un movimiento que impacte a la sociedad y tener la oportunidad de “hacer la diferencia”.

Por Ismael Cala

Recientemente, LinkedIn publicó el listado actualizado de las compañías donde todo el mundo anhela trabajar. Allí coexisten las marcas más emblemáticas, aquellas que representan los productos y servicios preferidos por el mercado global, entre ellas, Alphabet, Amazon, Facebook y Apple.

La estrategia de comunicación de dichas empresas, lejos de enfatizar los atributos de sus productos y servicios, consiste fundamentalmente en transmitir la filosofía, identidad, propósito y valores que promueven.

Estas marcas poseen una personalidad propia, representan un estilo de vida y una forma muy distintiva de ver y hacer las cosas. Muchas de ellas han transformado el mundo, rompiendo paradigmas e impactando en los aspectos más neurálgicos de nuestra cotidianidad.

Están intrínsecamente asociadas a emociones específicas. Cuando pensamos en ellas, la palabra innovación invade de inmediato nuestra mente.

Así, conectando con nuestras emociones de forma auténtica, es como estas organizaciones han logrado posicionarse como líderes del mercado global, logrando atraer, fidelizar y expandir una comunidad mundial ya no de consumidores, sino de seguidores leales que se han convertido voluntariamente en sus principales embajadores.

Tales empresas también han logrado atraer y comprometer al mejor talento. La coherencia es su valor fundamental, puesto que, apoyadas en una estrategia de comunicaciones integradas, se preocupan por vivir los valores que predican, fuera y dentro de las paredes de sus oficinas. En consecuencia, ganan credibilidad, respeto y admiración. Sus colaboradores sienten verdadero orgullo de pertenencia.

Las personas ya no desean simplemente “trabajar para una empresa”, anhelan en cambio ser parte de un movimiento que impacte a la sociedad y tener la oportunidad de “hacer la diferencia”.

Quieren ser protagonistas de un cambio positivo, aspiran a añadir valor a un proyecto que les permita poner sus talentos y pasiones al servicio de una causa o propósito mayor.

Y es que, si dedicamos un tercio de nuestras vidas a trabajar, más vale que lo hagamos en algo que llene nuestra existencia de significado. Los colaboradores necesitan enamorarse de la misión de la empresa y asumirla como propia.

En pocas palabras: queremos sentirnos realizados y ser felices. Y ese anhelo no se queda en casa cuando nos marchamos al trabajo, sino que persiste en nuestras mentes y corazones las 24 horas del día.

Las organizaciones dispuestas a abrazar este principio humano son las que logran atraer, comprometer y capitalizar el mejor talento.

Sin embargo, por lógico y obvio que parezca este razonamiento, muchas empresas reaccionan con escepticismo y austeridad cuando se trata de hacer inversiones en su estrategia de gestión humana.

Nadie pone en duda la importancia de la compensación salarial y el paquete de beneficios, pero resulta obvio que ha quedado en el pasado la fórmula transaccional que reduce la relación laboral a un intercambio de trabajo por dinero. Es en el salario emocional donde definitivamente se deben concentrar los esfuerzos de “employer branding” en este momento.

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